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SEPTIEMBRE 2011– NÚMERO 118
Periódico mural en
el cual de manera breve se da cuenta de temas económicos,
políticos e históricos conyunturales. Su
distribución es extensiva a todas las organizaciones
sociales y
laborales que lo soliciten. |
Impuesto genocida
El 19 de septiembre pasado la Suprema Corte de Justicia de la
Nación (SCJN) acordó gravar a los trabajadores que
perciben salarios mínimos por debajo del llamado
“mínimo vital”. Es decir, obligan a pagar impuestos
a las personas cuyos ingresos no les permiten cubrir sus necesidades
físicas ni culturales. Situación en la que se encuentra
la mitad o más de la población nacional.
Los jueces del más alto tribunal del país aseguran que su
decisión se tomó contemplando otros mecanismos que
salvaguardan el derecho al mínimo vital, independientemente del
tipo de ingreso que se perciba. Ellos declararon constitucional, por
mayoría de votos, el artículo 177 de la Ley del Impuesto
sobre la Renta (ISR), que establece el pago de impuestos para los
trabajadores, incluidos quienes reciben el salario mínimo.
La SCJN se negó a conceder amparos a particulares que reclamaron
la inconstitucionalidad de estas disposiciones porque, según
ellos, el cobro de impuestos al “mínimo” no afecta
los recursos que la población destina a la satisfacción
de sus necesidades más elementales, a la adquisición de
medicinas, agua y productos destinados a la alimentación.
Seguramente los magistrados no tomaron en cuenta que el ajuste
macroeconómico que ha vivido el país desde la
década perdida de los años ochenta afectó
especialmente al salario. Entre 1981 y 1987 se vivió una
caída sistemática de las remuneraciones que aún no
recupera los niveles de 1970. Probablemente no están enterados
que el mal llamado salario mínimo, en términos de poder
adquisitivo, constituye tan sólo el 20% o 25% de lo que
representaba en 1976.
No obstante es obvio que los magistrados sí conocen que 20.5
millones (45.2%) de la población ocupada, sólo recibe
entre uno y tres salarios mínimos, mientras que 3.5 millones
(7.7%) no reciben ingresos por su trabajo y 5.7 millones (12.6%) gana
hasta un salario mínimo. Por lo que de una población
ocupada de 45.4 millones, 65.4%, es decir, 29.7 millones se ubican en
niveles de ingresos precarios, muy precarios o prácticamente
inexistentes.
La SCJN también está al tanto de que en 2010, 37.1
millones de personas ocupadas ganaban hasta cinco salarios
mínimos; cantidad que únicamente alcanzaba para cubrir
66.5% de una Canasta Básica Indispensable (CBI) de apenas 40
productos. En ese año más de 80% de la población
ocupada tenía dificultades para comprar la Canasta Básica
y cubrir el “mínimo vital” contemplado en la
Constitución como salario mínimo.
Todos sabemos, y más los integrantes de la SCJN, que de acuerdo
al artículo 123 constitucional, “toda persona tiene
derecho al trabajo digno y socialmente útil”. Y que
“los salarios mínimos generales deberán ser
suficientes para satisfacer las necesidades normales de un jefe de
familia en el orden material, social y cultural, y para proveer la
educación obligatoria de los hijos”, que hoy incluye la
preparatoria.
Sin embargo, los jueces de la SCJN tomaron una decisión
desatinada que raya en la ilegalidad, al gravar ingresos y salarios
cuyo monto se encuentra por debajo del “mínimo
vital”. Son doblemente responsables de ilegalidad porque, a
contracorriente de lo contemplado en la Constitución, han
respaldado año con año la promulgación de salarios
mínimos ilícitos; salarios que permanecen por debajo del
mínimo vital, de lo requerido para la supervivencia del grueso
de la población mexicana. Así se contribuye a la
destrucción del principio de ciudadanía en que se
asentaba el Estado mexicano desde 1917.
En los hechos, los magistrados han sido y son congruentes con el nuevo
régimen jurídico y político neoliberal que
vacía al Estado mexicano de sus contenidos nacional-populares en
beneficio de la oligarquía mexicana y de los capitales y
gobiernos imperialistas.
Estamos convencidos que los señores magistrados, tan respetuosos
del orden establecido, comparten la preocupación de la
Secretaría de Hacienda, así como el grito de los grandes
empresarios: “¡Todos deben pagar impuestos! ¡Nada de
privilegios ni paternalismos! ¡Ya basta de la cultura del no
pago!”
Sin embargo, hace no mucho, “el Banco Interamericano de
Desarrollo, el BID, con base en una encuesta (McKinsey&Company,
2009), subrayó que de las grandes empresas que operan en
México 48% no paga impuestos; 25% paga de 4% a 50% de lo que
fiscalmente le corresponde y sólo 28% de ellas paga por arriba
de 50% de sus obligaciones tributarias, lo que no quiere decir que lo
haga al ciento por ciento, ello en un país que registra la
recaudación más baja del continente, donde las finanzas
públicas se recargan en los causantes cautivos; fundamentalmente
los trabajadores” y en el despilfarro de los recursos y divisas
petroleras.
Entre los ejemplos más destacados de la cultura del no pago y
del paternalismo estatal, se encuentran “las 30 principales
empresas que operan en el país y que obtuvieron en 2010,
ingresos netos totales por 2 billones 379 mil 501 millones de pesos,
una utilidad bruta de 835 mil 364 millones, y que sólo pagaron
99 mil 797 millones de pesos de impuestos”.
La decisión de la SCJN es otra vuelta de tuerca que ahonda el
desastre nacional y radicaliza la crisis social que tiene en su haber a
innumerables víctimas; entre otras, a más de 7 millones
de jóvenes sin empleo y sin escuela; a más de 8 millones
de personas de la tercera edad que viven en la pobreza y a más
de 13 millones de indígenas pobres. Violencia, impunidad,
inseguridad, miedo y pobreza, son los trofeos que hoy exhiben los
adoradores del “Becerro de Oro”, los promotores del
“Libre Mercado”.
Los recursos existentes bastan para dar empleo útil y digno a
mexicanos y mexicanas sin entorpecer el crecimiento de la
economía; alcanzan para asegurar por lo menos un mínimo
vital. Pero esto es incompatible con los ingresos de personas como el
empresario Carlos Slim, por mencionar al más reputado, que
durante el pasado año obtuvo hasta 55 millones de dólares
por día, usufructuando infraestructura del Estado, y
beneficiándose del deterioro de los salarios y de la
precarización del trabajo. Políticas laborales que se
complementan con dispositivos fiscales regresivos, que les quitan a los
pobres para darle a los ricos.
La alta burocracia que hoy gobierna, espera que los mexicanos y
mexicanas sucumbamos por inanición, desesperanza y miedo.
Nosotros esperamos y trabajamos por mantener y ampliar nuestros
derechos laborales y sociales, base de la verdadera soberanía
nacional, de la democracia popular y de la justicia social por las que
lucharon Hidalgo, Morelos, Juárez, Flores Magón, Villa y
Zapata.
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