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Los agrocombustibles comprometen el futuro de México
México llega a la era de los agrocombustibles con un campo en
crisis profunda por el abandono económico y social del Estado,
el cual terminó por hacer depender al país de la
importación de alimentos y empobreció a sus habitantes
obligándolos a emigrar. Así tenemos que mientras el
país expulsó a 2 millones de personas a Estados Unidos en
busca de trabajo entre 2000 y 2005 (en gran parte campesinos), lo cual
ubica a México como el primer exportador de mano de obra en el
mundo, según datos del Banco Mundial, en el mismo periodo
importó 71 mil 416 millones de dólares de productos
agropecuarios y agroalimentarios. Asimismo, el país padece una
crisis del agua, la cual escasea y se contamina, al tiempo que se
privatiza y mercantiliza en beneficio de las GET, y experimenta la
llegada de las GET genéticas, que contaminaron el maíz
nativo de México, poniendo en riesgo la diversidad
genética, ensayan con sus productos a cielo abierto con el
riesgo de infectar otros cultivos y esclavizan a los productores con
sus llamados “paquetes tecnológicos”; además,
el petróleo se agota y la nación depende del hidrocarburo
en términos financieros y energéticos, en un contexto en
el que el país no ha desarrollado fuentes alternativas de
energía; por otra parte, la economía registra repuntes
inflacionarios por una crisis alcista de precios de los productos
básicos desde inicios de 2007, como resultado de las alzas
especulativas de los alimentos, ocasionadas por el dominio que tienen
las GET en la cadena agroalimentaria y agroindustrial, y por la
dependencia alimentaria que tiene el país de los productos
importados; conjuntamente, los salarios se encuentran en permanente
rezago respecto a la inflación por los topes salariales y los
rebotes inflacionarios, situando la pérdida del poder
adquisitivo del salario mínimo en 80.4% entre 1976 y 2007;
qué decir de los niveles de desnutrición del país:
el gobierno federal reconoce que la población en pobreza
alimentaria se ubica en 14.4 millones de personas.
Revisemos las previsibles consecuencias que la llegada de la
agroenergía implicará para México, a partir de la
circunstancia histórica que vive el país:
I. La producción de agrocombustibles en México
llevará a la extensión del modelo agroindustrial de
exportación en el campo, el cual tenderá a desplazar
aún más la producción de alimentos por insumos de
exportación para los agroenergéticos, profundizando la
dependencia alimentaria que tiene el país con el exterior.
II. La previsible disminución de la producción de
alimentos en el mercado interno por la extensión de los cultivos
para los agroenergéticos, agudizará la
especulación de los productos con su consiguiente escasez y
aumento de precios, impactando negativamente el poder adquisitivo de
los salarios.
III. La producción de agrocombustibles en México
intensificará el uso de agrotóxicos que erosionan los
suelos, destruyen los ecosistemas y contaminan el aire y el agua. Las
empresas interesadas en producir agroenergéticos
intentarán apropiarse de las tierras más productivas e
irrigadas en lugar de las temporaleras, en una situación en la
que escasea el agua y se tiende a privatizar en pocas manos;
además, intentarán expandir la frontera agrícola
de exportación a costa de la deforestación de los bosques.
IV. La presencia de las GET genéticas en el país
facilitará el uso de semillas genéticamente modificadas
para la producción de agroenergéticos, por lo que se
intensificará la contaminación de las semillas
originarias de México, pero con un riesgo mayor, debido a que
las semillas transgénicas para agrocombustibles (maíz,
soya, trigo, etc.,) no son aptas para consumo humano.
V. La creciente presión económica y política sobre
los campesinos para que vendan sus tierras o para que se
“reconviertan” a la producción de
agroenergéticos con la oferta de subsidios y mediante la
contratación de los llamados “paquetes
tecnológicos”, esclavizará a los productores y los
llevará a la quiebra, ello cuando la Unión Americana
endurece sus políticas antimigratorias y la economía
mexicana registra un estancamiento crónico y es incapaz de
ofrecer suficientes empleos para la población.
La llegada de los agrocombustibles a México significa un riesgo
y una oportunidad para el país. Un riesgo debido al tipo de
producción hegemónico, relacionado con el modelo
agroindustrial de exportación, dominado por las GET, que implica
control de la tierra y el agua, uso de agrotóxicos y
transgénicos, desplazamiento de la producción de
alimentos por la de agroenergéticos, la destrucción de
ecosistemas, el despojo de las comunidades de sus tierras, la
pérdida de la biodiversidad genética de los cultivos, la
contaminación del aire y el agua, la erosión de los
suelos, la desertificación y el aumento del calentamiento global
del planeta, entre otros impactos, al tiempo que excluye a los
campesinos, colocando al país en una crisis alimentaria mayor a
la que ya experimenta, la cual se traduce en disminución de la
producción nacional de granos, importación creciente de
alimentos, desabasto y alzas especulativas de comestibles e insumos,
con la consiguiente afectación a los salarios y los niveles de
nutrición de la población. No obstante, los
agroenergéticos pueden significar una oportunidad para el
país, si la producción y distribución de
éstos se genera desde los intereses de la nación y de las
comunidades campesinas e indígenas, es decir, libres del control
de las GET, en donde los agrocombustibles queden supeditados a la
seguridad y autosuficiencia alimentaria que requiere la nación
bajo un sistema productivo sustentable, contrario al modelo
tecnológico agroindustrial homogenizante que destruye la
naturaleza y tiende a privatizarla; en donde la economía
campesina sea revalorada como un sector estratégico en el
desarrollo nacional, capaz de producir los alimentos para la
población, los insumos para la industria, pero también de
generar agroenergéticos y de contribuir en verdad con la
disminución del calentamiento global del planeta, siempre y
cuando los sistemas productivos se relacionen con tecnologías
alternativas como la agricultura orgánica, que opera libre de
agrotóxicos y de transgénicos, mediante los cuales el
país pueda aprovechar y respetar el conocimiento ancestral
colectivo que poseen los campesinos e indígenas sobre
biodiversidad, sistemas de cultivo y comportamiento de las variedades
nativas (maíz, frijol, chile y calabaza, por ejemplo), y
utilizarse para darle al país seguridad y autosuficiencia
alimentaria, así como autosuficiencia energética y de
empleos que retengan a la población en sus comunidades de
origen. Recordemos también que la economía campesina,
además de darnos de comer, nos provee de aire puro, agua limpia
y conserva la compleja biodiversidad de los cultivos, plantas y
animales, climas moderados, paisajes y la cultura en la que los
mexicanos nos reconocemos y entendemos de dónde venimos; pero
que también puede ser la respuesta de a dónde vamos. De
no replantear el patrón agroindustrial exportador, que se ofrece
como única salida al desarrollo, así como el modelo
económico en su conjunto, las GET terminarán por tener el
control monopólico de los alimentos, de los energéticos,
de las semillas, que son la base de la cadena alimenticia; de los
códigos genéticos de los seres vivos, que son la base de
la vida en la tierra y el aire, y acabarán por cobrarnos por
cada bien, no importa si son en realidad propiedad colectiva de la
nación, ni si son patrimonio común de la humanidad o
bienes compartidos que debieran estar al resguardo del Estado. No
obstante, el proceso de mercantilización y privatización
está en marcha.
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