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DICIEMBRE, 2007 – NÚMERO 91

Periódico mural en el cual de manera breve se da cuenta de temas económicos, políticos e históricos conyunturales. Su distribución es extensiva a todas las organizaciones sociales y laborales que lo soliciten.

Los agrocombustibles comprometen el futuro de México

 

México llega a la era de los agrocombustibles con un campo en crisis profunda por el abandono económico y social del Estado, el cual terminó por hacer depender al país de la importación de alimentos y empobreció a sus habitantes obligándolos a emigrar. Así tenemos que mientras el país expulsó a 2 millones de personas a Estados Unidos en busca de trabajo entre 2000 y 2005 (en gran parte campesinos), lo cual ubica a México como el primer exportador de mano de obra en el mundo, según datos del Banco Mundial, en el mismo periodo importó 71 mil 416 millones de dólares de productos agropecuarios y agroalimentarios. Asimismo, el país padece una crisis del agua, la cual escasea y se contamina, al tiempo que se privatiza y mercantiliza en beneficio de las GET, y experimenta la llegada de las GET genéticas, que contaminaron el maíz nativo de México, poniendo en riesgo la diversidad genética, ensayan con sus productos a cielo abierto con el riesgo de infectar otros cultivos y esclavizan a los productores con sus llamados “paquetes tecnológicos”; además, el petróleo se agota y la nación depende del hidrocarburo en términos financieros y energéticos, en un contexto en el que el país no ha desarrollado fuentes alternativas de energía; por otra parte, la economía registra repuntes inflacionarios por una crisis alcista de precios de los productos básicos desde inicios de 2007, como resultado de las alzas especulativas de los alimentos, ocasionadas por el dominio que tienen las GET en la cadena agroalimentaria y agroindustrial, y por la dependencia alimentaria que tiene el país de los productos importados; conjuntamente, los salarios se encuentran en permanente rezago respecto a la inflación por los topes salariales y los rebotes inflacionarios, situando la pérdida del poder adquisitivo del salario mínimo en 80.4% entre 1976 y 2007; qué decir de los niveles de desnutrición del país: el gobierno federal reconoce que la población en pobreza alimentaria se ubica en 14.4 millones de personas.
Revisemos las previsibles consecuencias que la llegada de la agroenergía implicará para México, a partir de la circunstancia histórica que vive el país:
I. La producción de agrocombustibles en México llevará a la extensión del modelo agroindustrial de exportación en el campo, el cual tenderá a desplazar aún más la producción de alimentos por insumos de exportación para los agroenergéticos, profundizando la dependencia alimentaria que tiene el país con el exterior.
II. La previsible disminución de la producción de alimentos en el mercado interno por la extensión de los cultivos para los agroenergéticos, agudizará la especulación de los productos con su consiguiente escasez y aumento de precios, impactando negativamente el poder adquisitivo de los salarios.
III. La producción de agrocombustibles en México intensificará el uso de agrotóxicos que erosionan los suelos, destruyen los ecosistemas y contaminan el aire y el agua. Las empresas interesadas en producir agroenergéticos intentarán apropiarse de las tierras más productivas e irrigadas en lugar de las temporaleras, en una situación en la que escasea el agua y se tiende a privatizar en pocas manos; además, intentarán expandir la frontera agrícola de exportación a costa de la deforestación de los bosques.
IV. La presencia de las GET genéticas en el país facilitará el uso de semillas genéticamente modificadas para la producción de agroenergéticos, por lo que se intensificará la contaminación de las semillas originarias de México, pero con un riesgo mayor, debido a que las semillas transgénicas para agrocombustibles (maíz, soya, trigo, etc.,) no son aptas para consumo humano.
V. La creciente presión económica y política sobre los campesinos para que vendan sus tierras o para que se “reconviertan” a la producción de agroenergéticos con la oferta de subsidios y mediante la contratación de los llamados “paquetes tecnológicos”, esclavizará a los productores y los llevará a la quiebra, ello cuando la Unión Americana endurece sus políticas antimigratorias y la economía mexicana registra un estancamiento crónico y es incapaz de ofrecer suficientes empleos para la población.
La llegada de los agrocombustibles a México significa un riesgo y una oportunidad para el país. Un riesgo debido al tipo de producción hegemónico, relacionado con el modelo agroindustrial de exportación, dominado por las GET, que implica control de la tierra y el agua, uso de agrotóxicos y transgénicos, desplazamiento de la producción de alimentos por la de agroenergéticos, la destrucción de ecosistemas, el despojo de las comunidades de sus tierras, la pérdida de la biodiversidad genética de los cultivos, la contaminación del aire y el agua, la erosión de los suelos, la desertificación y el aumento del calentamiento global del planeta, entre otros impactos, al tiempo que excluye a los campesinos, colocando al país en una crisis alimentaria mayor a la que ya experimenta, la cual se traduce en disminución de la producción nacional de granos, importación creciente de alimentos, desabasto y alzas especulativas de comestibles e insumos, con la consiguiente afectación a los salarios y los niveles de nutrición de la población. No obstante, los agroenergéticos pueden significar una oportunidad para el país, si la producción y distribución de éstos se genera desde los intereses de la nación y de las comunidades campesinas e indígenas, es decir, libres del control de las GET, en donde los agrocombustibles queden supeditados a la seguridad y autosuficiencia alimentaria que requiere la nación bajo un sistema productivo sustentable, contrario al modelo tecnológico agroindustrial homogenizante que destruye la naturaleza y tiende a privatizarla; en donde la economía campesina sea revalorada como un sector estratégico en el desarrollo nacional, capaz de producir los alimentos para la población, los insumos para la industria, pero también de generar agroenergéticos y de contribuir en verdad con la disminución del calentamiento global del planeta, siempre y cuando los sistemas productivos se relacionen con tecnologías alternativas como la agricultura orgánica, que opera libre de agrotóxicos y de transgénicos, mediante los cuales el país pueda aprovechar y respetar el conocimiento ancestral colectivo que poseen los campesinos e indígenas sobre biodiversidad, sistemas de cultivo y comportamiento de las variedades nativas (maíz, frijol, chile y calabaza, por ejemplo), y utilizarse para darle al país seguridad y autosuficiencia alimentaria, así como autosuficiencia energética y de empleos que retengan a la población en sus comunidades de origen. Recordemos también que la economía campesina, además de darnos de comer, nos provee de aire puro, agua limpia y conserva la compleja biodiversidad de los cultivos, plantas y animales, climas moderados, paisajes y la cultura en la que los mexicanos nos reconocemos y entendemos de dónde venimos; pero que también puede ser la respuesta de a dónde vamos. De no replantear el patrón agroindustrial exportador, que se ofrece como única salida al desarrollo, así como el modelo económico en su conjunto, las GET terminarán por tener el control monopólico de los alimentos, de los energéticos, de las semillas, que son la base de la cadena alimenticia; de los códigos genéticos de los seres vivos, que son la base de la vida en la tierra y el aire, y acabarán por cobrarnos por cada bien, no importa si son en realidad propiedad colectiva de la nación, ni si son patrimonio común de la humanidad o bienes compartidos que debieran estar al resguardo del Estado. No obstante, el proceso de mercantilización y privatización está en marcha.

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