La lucha por la jornada de ocho horas

GREGORIO SELSER*

 

Los trágicos sucesos de mayo de 1886, aunque reconocen como punto de arranque la bomba que en la noche del 4 mató e hirió a algunos policías cerca del Haymarket Square (Plaza del Mercado del heno), tenían como único origen la lucha en que estaba empeñada la clase trabajadora de Estados unidos en favor de la jornada de las ocho horas de labor.
El movimiento en procura de ese régimen laboral se había iniciado en 1829, al solicitarse las ocho horas en la legislatura del estado de New York. A mediados del siglo se formaron las Grandes Ligas de Ocho Horas en las principales ciudades y centros manufactureros del norte. La Guerra de Secesión interrumpió las demandas, pero a su término se reanudaron con cierto éxito en no pocos estados. Hacia 1886, en diecinueve estados y un territorio ya existían leyes que estatuían jornadas laborales máximas entre ocho y diez horas, aunque, por supuesto, con cláusulas de escapatoria que hacían posible jornadas “legales” más largas. De ahí que la regla fuese, en general, las jornadas que variaban entre catorce y dieciocho horas, y que, como apunta Samuel Yellen en su obra American Labor Struggles (Las luchas del trabajo en América), la legislatura de Minnesota encontrara “necesario imponer una multa de 25 a 100 dólares a cualquier funcionario o empleado de una compañía de ferrocarril que obligase a un maquinista o fogonero a trabajar más de dieciocho horas diarias, salvo en caso de urgente necesidad”. Las condiciones laborales seguían más o menos esa tónica. Anota Mauricio Dommanget en su Historia del primero de mayo al referirse a los trabajadores de Chicago, por ejemplo, que “vivían en su mayoría en las peores condiciones”; que “muchos trabajaban aun catorce o diez y seis horas diarias, partían al trabajo a las 4 de la mañana y regresaban a las 7 u 8 de la noche, o incluso más tarde, de manera que jamás veían a sus mujeres y sus hijos a la luz del día. Unos se acostaban en corredores y desvanes, otros en chozas donde se hacinaban tres o cuatro familias. Muchos no tenían alojamiento; se les veía juntar restos de legumbres en los recipientes de desperdicios, como los perros, o comprar al carnicero algunos céntimos de recortes […]. La generalidad de los empleadores tenía una mentalidad de caníbales […]. Sin embargo, la prensa no tomaba en serio el movimiento en demanda de las 8 horas, y el Illinois State Register llegaría a considerarlo ‘indignante’, entre otras por las siguientes ‘razones’: […] una de las más consumadas sandeces que se hayan sugerido nunca acerca de la ‘cuestión laboral’ es el llamado ‘movimiento de ocho horas’. La cosa es realmente demasiado tonta para merecer la atención de un montón de lunáticos […] y la idea de ‘hacer huelga’ en procura de las ocho horas es tan cuerda como la de ‘hacer huelga’ para conseguir paga sin cumplir las horas”.
La verdad era que, no obstante el crecimiento de organizaciones obreras como The Noble Order of The Knights of Labor (La Noble Orden de los Caballeros del Trabajo), la inmensa mayoría de la clase trabajadora estaba peor en la década del 80 que en la del 70. Observa Yellen que “los jornales bajaron y se multiplicaron las horas de trabajo bajo la continua presión de algunos factores económicos, como por ejemplo los precios que fueron obligados a descender por la enconada competencia entre mayoristas y especuladores. Por lo demás, las reservas de la fuerza de trabajo fueron inundadas por una migración del campo a las ciudades, por una ola de inmigración que constituyó la máxima del siglo y por el agotamiento de las tierras de dominio público. Además de la presión que ejercían estos factores, el obrero se vio frente a pools de fabricantes, recientemente formados en las industrias principales”.
Los dirigentes de los Knights no se animaron a encarar una exigencia “tan revolucionaria” como la de la jornada más corta y permitieron que lo hiciera la más débil y joven Federation of Organized Trades and Labor Unions of the United States and Canada (Federación de Gremios y Uniones Organizados de Estados Unidos y Canadá), antecesora de la American Federation of Labor (AFL = Federación Norteamericana del Trabajo), que en ocasión de su Cuarto Congreso, el 7 de octubre de 1884, aprobó una moción presentada por Gabriel Edmonston por la que se resolvía “que la duración legal de la jornada de trabajo desde el 1° de mayo de 1886 será de ocho horas” y recomendaba a las organizaciones sindicales de su jurisdicción que trataran de “hacer promulgar leyes de acuerdo con esta resolución a partir de la fecha establecida”.
La resolución despertó interés entre los obreros esquilmados por las continuas reducciones de salarios, la jornada indefinida y la creciente desocupación. Una reducción legal de la jornada al menos proveería trabajo a más desocupados. La depresión de 1884-1885 acentuó el sentimiento de solidaridad, y a medida que se acercaba la fecha clave del 1° de mayo de 1886 parecía crecer la combatividad de los trabajadores. Pero, contradictoriamente, esa misma pujanza asustó a los líderes de la Noble Orden, que en principio se habían sumado a la reivindicación. Trataron de reducir la demanda y al no lograrlo intentaron retirarse del movimiento. Estaban asustados porque una disposición de la Iglesia prohibía a los católicos afiliarse a la Orden, lo cual implicaba que perderían el apoyo de gran número de italianos e irlandeses. Pero, además, su temor obedecía a que se hablaba demasiado de socialismo y revolución. Así se explica que el 13 de marzo de 1886 el líder principal de los Knights, Terence V. Powderly, Gran Maestro Trabajador, remitiera la siguiente circular secreta a las uniones adheridas: “Ningún grupo de Caballeros del Trabajo debe hacer huelga el 1° de mayo en procura del sistema de ocho horas bajo la impresión de que con ello obedece órdenes de la sede central, pues esa orden no se ha dado ni se dará. Ni el patrono ni el empleado están educados para las necesidades del plan de jornada corta. Si alguna rama de los gremios o algún grupo se encuentra en tales condiciones, recuérdese que hay muchos que ignoran totalmente cuanto se refiere al movimiento. De los sesenta millones de habitantes que tienen Estados Unidos y Canadá, nuestra Orden cuenta quizás con trescientos mil. ¿Podemos nosotros, antes del 1° de mayo, moldear el sentimiento de esos millones en favor del plan de la jornada corta? Es insensato, pensarlo. Aprendamos por qué tienen que ser reducidas nuestras horas de trabajo y enseñémoslo luego a otros”.
Tiempo después, la difusión masiva de este texto entre los trabajadores iba a producir, como consecuencia, el repudio de éstos y el comienzo de la declinación total de la Noble Orden. No obstante, este sucio juego del líder Powderly nada tenía que envidiar al enfrentamiento abierto del periodismo. Pese a que las organizaciones gremiales recomendaban prudencia a sus afiliados para no dar pie a las provocaciones, la agitación crecía a medida que se acercaba la fecha, pero no debido a la huelga anunciada sino al agravamiento de las malas condiciones económicas, a tal punto que en abril de 1866 obligaron al presidente de los Estados Unidos, Grover Cleveland, a manifestar en un discurso: “Las condiciones presentes de las relaciones del capital y el trabajo son muy poco satisfactorias, y esto en gran medida se debe a las ávidas e inconsideradas exacciones de los empleadores”.

La huelga del 1° de Mayo de 1886
Los diarios respondían con acritud a la movilización. El 29 de abril dijo el Chicago Mail: “Además de las 8 horas (los trabajadores) querrían todo aquello que puedan sugerir los más locos socialistas o anarquistas”. El 1° de mayo mismo escribió el New York Times: “Las huelgas para obligar al cumplimiento de la jomada de ocho horas pueden hacer mucho para paralizar la industria, disminuir el comercio y frenar la renaciente prosperidad del país, pero no podrán lograr su objetivo”. El mismo día podía leerse en el Philadelphia Telegram: “El ‘elemento laboral’ ha sido picado por una especie de tarántula universal, se ha vuelto ‘loco de remate’. ¡Pensar en estos momentos precisamente en iniciar una huelga por el logro del sistema de ocho horas!” Y el día antes de los sucesos de Chicago, el 3 de mayo, decía el Indianapolis Journal: “Los desfiles callejeros, las banderas rojas, las fogosas arengas de truhanes y demagogos que viven de los ahorros de hombres honestos pero engañados, las huelgas y amenazas de violencia señalan la iniciación del movimiento”.
De todos modos, el 1° de mayo de 1886 no menos de 190,000 trabajadores hicieron huelga en Estados Unidos por una jornada más corta, en tanto que otros 150,000 obtenían satisfacción a sus demandas en ese sentido con la simple amenaza del paro. A fines de ese mismo mes, sectores patronales accedieron en acordar esa jornada legal a otros 50,000 obreros, y antes de que terminara el año un total de 250,000 trabajadores gozaría de esa conquista. El éxito fue tal que la Federación de Gremios y Uniones Organizadas expresó su júbilo con estas palabras: “Jamás en la historia de este país ha habido un levantamiento tan general entre las masas industriales […]. El deseo de una disminución de la jornada de trabajo ha impulsado a millares de trabajadores a afiliarse a las organizaciones existentes, cuando muchos, hasta ahora, habían permanecido indiferentes a la agitación sindical”.
No habría, empero, conquista sin mártires. Y es claro que los hubo, porque la burguesía no aceptó las cosas fácilmente. En Milwaukee la represión policial de la huelga produjo nueve muertos y hubo enfrentamientos callejeros con resultados diversos entre policías y manifestantes, en Filadelfia, Louisville, St. Louis, Baltimore y Chicago. En esta última el sector patronal adoptó represalias contra los huelguistas en formas de lock-out, lo que no hizo más que agravar la situación de parálisis el 2 y 3 de mayo, con unos 40,000 obreros belicosos en pie de guerra.

La policía ataca a los obreros en Chicago
Resulta curioso que el tan temido 1° de mayo hubiese transcurrido tan pacíficamente en toda la ciudad, contrariando las más negras predicciones, y que, en cambio, el 3 –no previsto para ninguna huelga general– resultase como resultó. En realidad, los 6,000 obreros madereros que se reunieron a un cuarto de milla al norte de las fábricas de maquinarias agrícolas McCormick Harvester Works lo habían hecho para elegir una comisión de huelga que debía entrevistar a representantes de la patronal, sin ninguna relación con el reclamo de la jornada de las ocho horas. Allí escucharon a un conocido líder anarquista alemán Hessois Auguste Spies, director del periódico en aquel idioma Chicagoer Arbeiter-Zeítung (Diario de los Trabajadores de Chicago).
Mientras Spies hablaba a la multitud un pequeño grupo de asistentes al acto se separó del mismo y atacó a unos esquiroles (rompehuelgas) que salían del aserradero luego de cumplida su labor. El problema con esquiroles y pinkertons (policía privada empresarial) se remontaba a febrero de ese año, cuando McCormick había despedido masivamente a unos 1,400 obreros en respuesta a un pedido de éstos en el sentido de que no se dejase cesantes a algunos de sus compañeros que habían participado en una huelga anterior. E. L. Bogart y C. M. Thompson apuntan en The Industrial State 1870-1893 que “la fuerza policial de Chicago reflejó la hostilidad de la clase empleadora en lo que concierne a las huelgas per se (‘salvajes’ o espontáneas) como prueba de que los hombres se habían colocado al margen de la ley y el orden. Durante estos meses de intranquilidad para un escuadrón de la policía montada o un destacamento en estrecha formación constituía un pasatiempo dispersar a cachiporrazos a cualquier grupo de trabajadores. La cachiporra era un instrumento imperial: hombres, mujeres, niños y dueños de tiendas caían bajo ellas por igual. Fue la policía, ayudada por los pinkertons, la que agregó a la contienda el gran fermento de amargura. Para los trabajadores, aportó ejemplos concretos y odiosos de la autocracia contra la cual protestaban”.
El grupo de obreros madereros, no mayor de 200, no previó que con su acción iba a provocar una masacre. Porque lo cierto es que la policía, frustrada por no haber podido actuar a su gusto el sábado 1°, no tardó en acudir en defensa de los esquiroles, pero esta vez apelando a las armas de fuego como suplemento de las cachiporras. Los carromatos policiales más el sonar de los disparos llamaron la atención de los asistentes al mitin, que seguían escuchando a Spies. El acto se disolvió rápidamente mientras los obreros procuraban acudir en ayuda de sus compañeros, pero la policía también los esperaba a ellos y “disparó deliberadamente” a mansalva, a pesar de que los veían huir: hubo seis muertos como mínimo y no menos de cincuenta heridos, todos obreros. (…)

El acto anarquista del 4 de Mayo
Ese 4 de mayo iba a quedar por mucho tiempo en la memoria no sólo de Estados Unidos sino del mundo entero.
Por la mañana la policía disolvió con los consabidos garrotazos una manifestación de 3,000 huelguistas y por la tarde prosiguió su faena con otros grupos. Pero ninguno de ellos tenía nada que ver con el acto que los grupos anarquistas habían dispuesto celebrar a las 19:30 en Haymarket Square, centro del distrito de frigoríficos y aserraderos, apenas a media cuadra de la comisaría de Desplaines Street. El principal orador del grupo, el norteamericano Albert R. Parsons había solicitado el correspondiente permiso policial, que le fue concedido […].
Obtenido el permiso para la realización del acto de los anarquistas, éstos comenzaron a concentrarse en Haymarket Square a las 19:30, calculándose que una hora de mitin nucleaba a unos 3,000 asistentes, entre ellos el propio alcalde de Chicago, Carter H. Harrison, que no sólo había sido quien lo autorizó, sino que quiso por sí mismo comprobar que se realizaba pacíficamente. Los oradores hablaron desde una especie de carromato, a manera de improvisada plataforma. Lo hizo en forma suave el siempre impetuoso Spies. Le siguió el normalmente tranquilo Parsons, quien limitó su disertación al problema de las ocho horas, y a continuación habló el inglés Samuel Fielden. Para entonces –cerca de las 22:00 horas– una amenaza de lluvia ahuyentó a la mayor parte de los participantes. Con ellos se fueron Spies y Parsons.

La bomba de Haymarket Square
Poco después el alcalde Harrison consideró que, una vez que Fielden terminó su discurso y quedando tan pocos presentes, el mitin había concluido. Se marchó entonces y de paso entró en la comisaría de la calle Desplaines para informar que no había habido disturbios y todo estaba terminando pacíficamente. Pero el alcalde no contó con que se hallaba presente el inspector de policía John Bonfield, odiado en todo Chicago por sus antecedentes de brutalidad y sadismo. Según Bonfield, si el acto había terminado no había razón alguna para que permaneciesen en el lugar algunos centenares de oyentes. De manera que, poco después de las 22:00 y a los escasos minutos de retirarse Harrison, Bonfield se puso al frente de unos 180 policías uniformados, con los cuales avanzó hacia el Haymarket Square al tiempo que el capitán Ward intimaba a los oradores y al público a dispersarse, Fielden, desde el carromato, le respondió que el acto había sido autorizado, que era pacífico y que no había concluido aún.
En verdad, como lo señala Yellen, “no había excusa para esta expedición salvo el deseo de Bonfield de propinar otra de sus acostumbradas sesiones de garrotazos” a los manifestantes inermes. Pero en esta ocasión, a diferencia de todas las anteriores, hubo algo así como una anticipación de signo contrario: en momentos en que el capitán Ward se daba vuelta para impartir alguna instrucción a sus subordinados, desde un punto situado en la acera, en dirección sur del carromato, alguien arrojó un objeto contra el grupo policial. El objeto cruzó el aire y estalló con gran estrépito, produciendo bajas entre los uniformados. Es curioso que el anarquista Yellen dé la cifra de siete policías muertos y más de sesenta heridos, siguiendo la información sensacionalista de los diarios de la época, y que historiadores actuales y casi conservadores como Henry Pelling, en su American Labor, sólo mencionen a un policía muerto y otros heridos. En cambio Yellen sí observa que inmediatamente después la policía abrió fuego histéricamente sobre la multitud, mató a varios e hirió a 200, que el vecindario se aterrorizó, se llamó a los médicos y las farmacias se colmaron de heridos.
Nunca se precisó, ni siquiera aproximadamente, cuántos asistentes al mitin murieron en el momento mismo o después. La historia, empero registra detalles de la desaforada represión que siguió a “la bomba” de Chicago: se declararon el estado de sitio y el toque de queda y se detuvo indiscriminadamente a centenares de obreros y dirigentes sindicales, a buena parte de los cuales se apaleó y torturó, inicialmente con el justificativo de que revelaran al responsable de la “masacre de policías”. Se buscaba un culpable… o varios. ¿Y qué mejores “sospechosos” que la plana mayor de los grupos anarquistas de Chicago? ¿Qué mejores “candidatos” a la horca que aquellos a quienes los titulares de los diarios los designaban ya como “brutos asesinos”, “rufianes rojos”, “monstruos sanguinarios”, “fabricantes de bombas”, etcétera?
De modo que se ordenó el arresto del inglés Samuel Fielden, de los alemanes Hessois Auguste Spies, Michael Schwab, Georges Engel, Adolph Fischer y Louis Lingg, y de los norteamericanos Óscar Neebe y Albert. R. Parsons. Todos menos el último fueron arrestados en pocos días, aunque no fueron los únicos, ya que hasta los veinticinco impresores del Chicagoer Arbeiter Zeitung fueron a prisión, por las dudas, y lo mismo ocurrió con los suscriptores del periódico, cuya nómina capturó la policía durante el correspondiente allanamiento…

 

* Tomado de Gregorio Selser, Las luchas sindicales históricas de los obreros en Estados Unidos, México UOM, 1991.
** Periodista y escritor argentino (1922-1991).

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