A diez años de la muerte de Jaime Sabines (1926-1999)

DE LA REDACCIÓN

 

En la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, nació una de las figuras de la poesía mexicana que ha conseguido conciliar el arrastre popular con el reconocimiento de la crítica, Jaime Sabines Gutiérrez.
Al respecto nos señala Carlos Monsiváis: “El poder de convocatoria de Sabines radica, según creo, en la capacidad de animar el placer de la metáfora, recurriendo a elementos cotidianos. Ese don formidable de convertir en expresión sabiniana lo que antes de él pudo ser de cualquiera de nosotros: Yo no lo sé de cierto, lo supongo.” En sus poemas, esta vena entrañable de lo cotidiano está, sin embargo, envuelta en una estética en la que se combina con el dominio de las formas poéticas. Con ello logra dar a los grandes temas de la poesía, el amor, el erotismo, la muerte, la vida, el matiz que hace de sus poemas la sincera expresión de lo singular, alcanzando lo universal del hombre. La poesía de Sabines es realmente su voz, y con ello, la voz de todos nosotros.
Hijo de un militar de origen libanés, que participara en la Revolución, y de una dama de la alta sociedad chiapaneca, el célebre mayor Sabines y la entrañable Doña Luz de sus poemas, inicia su camino en las letras durante la preparatoria, en el periódico escolar que se llamara El Estudiante. No obstante que muchos de sus poemas de esta época eran de mero aprendizaje, algunos de ellos, dada su calidad, alcanzarán a publicarse en Horal, su primer poemario.
En 1945 viaja Sabines a la ciudad de México para estudiar medicina, carrera que abandonaría por seguir sus inclinaciones literarias. Posteriormente regresa a Chiapas por un año, al término del cual vuelve a la ciudad de México, esta vez para inscribirse en la Facultad de Filosofía y Letras donde encuentra figuras de la intelectualidad nacional como Julio Torri, Armando Bolaños e Isla, Julio Jiménez Rueda, Enrique González Martínez, José Gaos y Eduardo Nicol. Asimismo, sus compañeros serían importantes escritores como Sergio Magaña, Sergio Galindo, Emilio Carballido, Rosario Castellanos, Dolores Castro, Luisa Josefina Hernández, entre otros. Ello lo introdujo a las reuniones literarias que se celebraban en casa de Efrén Hernández, donde traba conocimiento con Juan Rulfo, Pita Amor, Guadalupe Dueñas y Juan José Arreola.
Sin embargo, en 1952 se ve obligado a regresar a provincia, ante la enfermedad de su padre. Para entonces había publicado dos libros más: La señal y Adán y Eva.
En 1953, su hermano Juan le cede al poeta su tienda de ropa; éste había contraído matrimonio ese mismo año con la desde ese momento compañera de su vida, Josefa Rodríguez Zebadúa. A partir de entonces se dedicará a la administración de la tienda hasta 1959, año en que regresa a la ciudad de México… “Entonces fue un aprendizaje de humildad –refiere el poeta–, allí se me fue toda la vanidad, esa que tienen los jóvenes. Yo me sentía humillado y ofendido por la vida. ¿Cómo era posible que estuviese en esa actividad, la más antipoética del mundo, la del comerciante?” Sin embargo, de esa condición suya de comerciante surge un libro más: Tarumba, y La espiga amotinada, grupo que formaría junto a Heraclio Zepeda, Juan Bañuelos y Óscar Oliva.
De regreso a la ciudad escribe Diario semanario y poemas en prosa (1961) y comienza la primera parte de su obra cumbre Algo sobre la muerte del Mayor Sabines, poema que escribe a raíz de la muerte de su padre, y que concluiría hasta 1973. También en la década de los sesenta publica Poemas sueltos (1962) y Yuria (1967).
En 1972 aparece Maltiempo y recibe el Premio Xavier Villaurrutia. En esa misma década, aconsejado por su hermano Juan Sabines, inicia su actividad política, de 1976 a 1979, como diputado federal de su estado natal. Más tarde lo sería por el Distrito Federal (1988).
En 1985 recibiría el Premio Nacional de Ciencias y Artes. Ese mismo año había comprado un rancho cerca de los lagos de Montebello. Ahí cultivó la tierra y estuvo en contacto con la naturaleza. Al año siguiente, con motivo de sus 60 años fue homenajeado por la UNAM y el INBA y en 1994 el Senado de la República lo distinguió con la Medalla Belisario Domínguez. Sus últimos años se caracterizarán por el reconocimiento, tanto nacional como internacional, con viajes por el país, así como Europa y Norteamérica; y por un intenso combate contra la enfermedad, en el cual llegaría a sumar hasta 35 intervenciones quirúrgicas.
Después de una larga lucha contra cáncer, el poeta Jaime Sabines muere el 19 de marzo de 1999.

 

Me gustan los aletazos de la lluvia

 

Me gustan los aletazos de la lluvia sobre los lomos de la ciudad flotante.

Desciende el polvo. El aire queda limpio, atravesado de hojas de olor, de pájaros de frescura, de sueños. El cielo recibe a la ciudad naciente.

Tranvías, autobuses, camiones, gentes en bicicletay a pie, carritos de colores, vendedores ambulantes, panaderos, ollas de tamales, parrillas de plátanos horneados, pelotas de un niño a otro: crecen las calles, se multiplican los rumores en las últimas luces del día puesto a secar.

Salen, como las hormigas después de la lluvia, a recoger la miga del cielo, la pajita de la eternidad que han de llevarse a sus casas sombrías, con pulpos colgando del techo, con arañas tejedoras debajo de la cama, y con un fantasma familiar, cuando menos, detrás de alguna puerta.

Gracias te son dadas, Madre de las Nubes Negras, que has puesto tan blanca la cara de la tarde y que nos has ayudado a seguir amando la vida.

JAIME SABINES

 

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