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A los 72 años del Primero de Mayo
VICENTE LOMBARDO TOLEDANO*
Cuando la burguesía norteamericana, en pleno ascenso, sacrificó a los dirigentes obreros que encabezaron la demanda colectiva de la jornada de ocho horas, hace setenta y dos años, las condiciones de la economía y de la vida social de los Estados Unidos y de los países europeos más desarrollados eran muy distintas a las de hoy. La producción industrial tenía aún muchas de las características del trabajo artesanal. No había industria de automóviles, que se inicia hasta los primeros años de este siglo. La aviación era ignorada. Los ferrocarriles se hallaban en franco desenvolvimiento; pero la navegación era todavía débil y, sobre todo, el régimen capitalista se regía por la ley de la oferta y la demanda basada en la libre empresa, porque aun cuando los monopolios habían comenzado a formarse, carecían de importancia en la orientación y el control de la producción y de las transacciones del mercado doméstico e internacional. Entre 1860 y 1880, culmina el periodo de la libre concurrencia. Sólo después de la crisis de 1900-1903, dominan los cártels y el capitalismo se transforma en imperialismo. El hecho mismo de que los líderes obreros que dirigieron la lucha por las ocho horas hubieran sido artesanos –tipógrafos, zapateros, albañiles, etc.–, demuestra que el escenario en que se realizaba ese gran combate social correspondía a un país que no había llegado a la etapa de plena industrialización y en el cual los propietarios de las fábricas y los transportes amasaban sus fortunas principalmente con el trabajo agotador de los obreros.
Contra las jornadas inhumanas de doce a quince horas diarias de labor, los obreros de Chicago y de otros centros importantes de la economía norteamericana, levantaron la consigna de las ocho horas. Esa reivindicación parecía monstruosa a los dueños de los instrumentos de la producción y los servicios. Las autoridades la calificaron de demanda que iba a arruinar a los empresarios y que detendría el ritmo creciente de la economía nacional. Por eso reaccionaron contra los obreros de un modo violento y especialmente contra sus líderes. No hay en la historia de la lucha de clases una batalla más dramática que la que se inició en 1886. Después del sacrificio de algunos de los conductores de la gran huelga de ese año, la demanda se hizo universal y tuvo y sigue teniendo repercusiones en todos los países. En México, muy tardíamente, por su estructura económica semifeudal, que el movimiento revolucionario comenzó a destruir en 1913, fue la Constitución de 1917 la que elevó a la categoría de norma de nuestro derecho público, la jornada de ocho horas. Sin embargo, el Primer Congreso Nacional de Comerciantes y el Primer Congreso Nacional de Industria reunidos en el mismo año en que entró en vigor la nueva Carta Magna, pidieron la revisión del artículo 123 constitucional, por estimar que concedía a los obreros derechos inaceptables que atentaban contra la propiedad privada, repitiendo los argumentos de la burguesía de los Estados Unidos de treinta años atrás. Lo mismo ocurrió en otros países del mundo hasta que la Oficina Internacional del Trabajo, en una encuesta importante realizada en 1925, demostró que la jornada de ocho horas no era sólo justa y necesaria para los obreros, sino que había contribuido en donde se hallaba en vigor, al rápido desarrollo de la producción económica.
El panorama actual es distinto al de 1886. Durante los setenta años transcurridos desde entonces, ha cambiado la estructura social del mundo; el proceso industrialización ha alcanzado niveles muy altos; la burguesía se ha desarrollado y tiene un gran poder económico y político, y el proletariado se ha convertido en una clase determinante no sólo del desarrollo económico nacional e internacional, sino también en una fuerza social y política sin precedente en la historia. El mundo de hoy está integrado por dos mundos diferentes: el capitalista y el socialista. En el capitalista hace ya largos años está dominado por los monopolios; las crisis económicas, congénitas al sistema capitalista de producción, han sido cada vez más frecuentes y de mayor profundidad y alcance; la lucha de clases se ha agudizado; los antagonismos interimperialistas aumentan, la rebelión de los países sometidos al imperialismo cunde y se ha hecho universal. Tratando de salvarse de las crisis cíclicas y de lograr un reparto equitativo entre ellas, las potencias capitalistas provocaron las dos guerras más grandes de todos los tiempos. Por el avance vertiginoso de la ciencia y de la técnica, la producción fabril ha pasado, en breve tiempo, por etapas sucesivas –la producción en serie, la mecanización del trabajo, llamada productividad– ha creado nuevas forma de explotación de la clase obrera, que ésta rechaza porque atentan contra sus derechos elementales, contra su salud y su nivel de vida.
Muy lejos está ya la demanda de la jornada de ochos horas.
Hace setenta años trabajar 84 horas a la semana representaba para los obreros una gran reivindicación. En la actualidad, la demanda es por 40 horas a la semana, con pago de 48 y, además, la no aplicación de sistemas agotables para el trabajador, la garantía de un salario mínimo vital, la escala móvil de los salarios, los seguros contra todos los riesgos profesionales y sociales, el pleno empleo, el seguro para los desocupados, la solución del problema de la habitación y otras reivindicaciones esenciales.
En 1886 había muy pocos sindicatos. En la actualidad, gran parte de la clase obrera de los países capitalistas está organizada y sus sindicatos, lo mismo que los dirigentes de ellos, cuando realmente son defensores de los intereses de la clase que representan, luchan por las nuevas demandas, con la experiencia que les han dado el tiempo y el combate del proletariado en otras partes del mundo. Hace dos años, a iniciativa de los trabajadores de la fábrica Olivetti, de Turín, Italia, se reunió una Conferencia Europea para organizar la lucha común por la semana de 40 horas, y se han llevado a cabo numerosas reuniones profesionales para concertar la acción unida de los trabajadores, reclamando ese derecho. Las huelgas se han desarrollado en ritmo ascendente en los países capitalistas. La movilización de las masas trabajadoras ha adquirido proporciones desconocidas a principios de este siglo. El proletariado en la mayor parte de las naciones desarrolladas, ha adquirido una conciencia política extraordinaria y lucha por las grandes demandas del pueblo y de la humanidad. En el movimiento por la paz entre todos los Estados, la clase obrera ocupa el lugar de vanguardia. En la gran pelea por la independencia de los países coloniales, los trabajadores se hallan también a la cabeza de los diversos sectores sociales que exigen la libertad de su patria. Y en los países socialistas, como la clase obrera se halla en el poder, los sindicatos se esfuerzan, de acuerdo con el régimen, por elevar constantemente el nivel de vida de la población laboriosa y ofrecerle el libre acceso a todos los beneficios de la civilización y la cultura. A esto se debe que el Primero de Mayo sea conmemorado por los trabajadores de todos los países de la Tierra, independientemente del grado de evolución que tengan sus pueblos y del régimen social establecido en ellos.
En muy pocas partes del mundo, como en el México de hoy, gran parte de la clase obrera conmemora el Primero de Mayo no para levantar las demandas del proletariado y de los demás sectores sociales que viven de su esfuerzo, sino para reiterar su adhesión a los hombres que gobiernan, cualesquiera que sean, y que no representan los intereses de la clase trabajadora, porque vivimos en el régimen capitalista. Pero la experiencia de nuestro país demuestra que no ha sido ésa la conducta de los dirigentes obreros y campesinos. Esa misma experiencia asegura que, en el porvenir, la clase trabajadora recobrará su independencia respecto del poder público y marchará con los trabajadores de los demás países semicoloniales y coloniales, en defensa de sus derechos propios, de las grandes demandas de sus pueblos y de las reivindicaciones de carácter nacional.
Nacionalismo, sí. Esta palabra que tanto desagrada a los jefes de los monopolios de los países imperialistas, encierra toda una doctrina política. Quiere decir independencia nacional, derecho al progreso con autonomía respecto del extranjero, régimen social propio dictado por el pueblo, fraternidad entre todos los países y entre todos los hombres, paz duradera en el mundo. En cambio, el nacionalismo de las potencias imperialistas significa explotación de los débiles por el fuerte, custodia política y militar de los pueblos atrasados por una nación poderosa.
En los últimos setenta años la clase obrera ha implantado el socialismo desde Alemania hasta China, abarcando un territorio inmenso y continuo, que habitan mil millones de seres humanos. Al celebrarse el centenario de la huelga de Chicago, en 1986, el socialismo será el régimen social determinante de la historia, y entonces los mártires de la jornada de ocho horas serán todavía más grandes de lo que hoy son, porque los hombres que dedican su vida a la obra de construir una sociedad justa, constituyen el patrimonio principal del penoso acceso del hombre, desde las cavernas hasta la felicidad.
* Artículo aparecido en la revista Siempre! el 14 de mayo de 1958.
** Político mexicano (1894-1968), fundador de la Universidad Obrera de México.