“Democracia sin el pueblo”
Prolegómenos de la Revolución Mexicana

MANUEL LÓPEZ DE LA PARRA**

 

Estamos en vísperas de la conmemoración del primer centenario del estallido de la Revolución Mexicana, que como sabemos tuvo lugar el 20 de noviembre de 1910, considerada como uno de los grandes movimientos sociales suscitados durante el transcurso del siglo XX.
Sin embargo, la historia política de México está jalonada por tres grandes revoluciones, dos de ellas ocurrieron durante el siglo XIX. Estas revoluciones fueron las siguientes: Revolución de Independencia (1810-1821), Revolución de Reforma (1833-1857), y Revolución Mexicana (1910-1920).
Pero cabe precisar que el triunfo de la causa liberal, tras derrotar a las huestes conservadoras que propiciaron la instauración del llamado Segundo Imperio, encabezado por el archiduque Maximiliano de Habsburgo, Juárez instaura la República en 1867, ocupando la presidencia de México, bajo diferentes condiciones, entre 1857-1871. Entonces Díaz promueve un movimiento revolucionario contra Juárez, primero, y luego contra Sebastián Lerdo de Tejada. Tras derrotar a éste ocupa la presidencia de la República en 1876 y en los periodos 1877-1880 y 1884-1911. Su gobierno fue una dictadura afín al Partido Liberal. Al fin de cuentas, fue derrocado por la Revolución Mexicana, en su primera fase, la revolución maderista; entonces se exilia en París, en donde muere en julio de 1915.
Gobernó al país por espacio de treinta años con mano militar, siendo por tanto una dictadura sangrienta que propicia, no obstante, el desarrollo capitalista en México mediante las inversiones extranjeras.
Desde hace algún tiempo, para la historiografía moderna, en especial para la mexicana, el tema del porfiriato ha dejado de ser tabú, por lo que en tiempos recientes los trabajos de esta índole son abundantes porque además que están realizados con metodologías y técnicas de novísima generación, se trata de indagar y esclarecer puntos oscuros o poco investigados del mapa que deberá integrar la historiografía del porfiriato, que como resulta evidente, hay espacios de esta historia que están muy crecidos, por ejemplo, la economía, y otros flacos de preguntas y respuestas. En esta línea se encuentra, a guisa de ejemplo, El porfiriato, debido a la autoría de Mauricio Tenorio Trillo y Aurora Gómez Galvarriato, publicado en coedición por el Fondo de Cultura Económica y el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) en 2006.
El porfiriato, como dictadura, al igual que otras dictaduras que han existido en América Latina, así como en otras partes del mundo, son consecuencia de causas y efectos de carácter político, cuyo punto visible es el intríngulis del poder; del ejercicio del poder absoluto y radical en beneficio directo e indirecto de una clase social predominante.
Puede ser que el modelo de dictadura que adoptó Díaz conocida en algunos aspectos, sea lo que los politólogos modernos consideran como un paradigma de una “dictadura democrática”, aunque no se ha explicado en qué consiste esta forma de gobierno. Todas estas postulaciones nos conducen a recordar la feliz expresión de Maurice Duverger, con aquello de “democracia sin el pueblo”, al que le dedicó en especial todo un libro.
La dictadura es por esencia un gobierno autoritario ejercido al margen de la ley. No puede concebirse una dictadura que no tenga estas características. Hay que añadir que la dictadura, por esencia, tiene un cierto énfasis represivo. Es un gobierno duro.
El dictador es el gobernante que, usurpándolos, reúne en sus manos todos los poderes del gobierno y los ejerce autoritariamente y sin limitaciones jurídicas ni temporales.
Por tanto, podemos observar que dentro de este contexto, se sitúa a la perfección el gobierno de Porfirio Díaz, como dictador, como jefe supremo de un México que luchaba por alcanzar la estabilidad política y la paz social que no se había logrado debido a un periodo prolongado de un desajuste caótico de la administración pública, caos financiero, agio a ultranza, luchas intestinas, anarquía militar, hegemonía del clero y de los militares, tres grandes intervenciones extranjeras, pérdida de más de la mitad del territorio nacional, y también la dictadura de otras características, la de Santa Anna –Don Antonio López de Santa Anna y Pérez Lebrón–, considerado por los historiógrafos modernos como el “seductor de la patria”.
Pero la dictadura de Díaz fue diferente, más compleja, más radical, más profunda, más cerebral, que tuvo como lema fundamental aquello de “Poca política y mucha administración”, que se complementaba con otros como aquello de “No me alboroten la caballada” y “Mátalos en caliente”. Se dice que el dictador Díaz era parco en la palabra, pero cuando hablaba era sencillamente contundente.
El poder de Díaz era omnímodo. No solamente nombraba a los gobernadores de las entidades federativas, sino también a los integrantes del Congreso, a los presidentes municipales y a los jefes políticos; ejerció un poder absoluto. Federico Gamboa narra en su Diario un hecho aleccionador a este respecto, cuando por la generosidad del dictador se le concede el nombramiento de subsecretario de Relaciones Exteriores.
En realidad, aunque no estén de acuerdo los autores modernos, Díaz gobernó, no para el pueblo, al que sólo se utilizó como fuerza de trabajo, maniatada y sojuzgada, y cuando quiso protestar fue sometido por la fuerza de las armas; sino para los intereses representados por el capitalismo europeo –francés e inglés–, principalmente, y en segundo lugar por el norteamericano, y de ahí el choque con el presidente Taft, cuando se entrevista con él en el año 1907, y por lo poco que se conoce de esa entrevista, no aceptó ciertas condiciones leoninas que le proponía el mandatario estadounidense.
Díaz resultó beneficiado personalmente por el apoyo dado a los grandes consorcios europeos de la época, que lo favorecieron de manera discreta, haciéndolo accionista de varias de esas grandes empresas. De esa manera, durante su exilio en París, pudo disfrutar de una vida cómoda, holgada, junto con su esposa, doña Carmelita, como siempre la llamó el pueblo.
Ya desde esos tiempos hay crónicas de personajes de la “gente bonita” que lo visitó en su exilio dorado, como Fernando Blumenkron, quien en 1911 publicó un panfleto titulado “Porfirio Díaz en el destierro. Impresiones de viaje y entrevistas con el ex presidente de México efectuadas recientemente en París” (Talleres Tipográficos de El Ahuizote, México); a lo largo del texto, que como señalaba el periódico El Imparcial, hay que escuchar de alguna manera la voz del ausente, ya que durante su largo mandato, jamás dejó escuchar su voz ni dejó conocer sus propósitos si no fue por conductos extraños a la opinión pública nacional.
El caso es que Díaz durante su exilio en Europa recibió varias ofertas para que estableciera su nuevo hogar. Es el caso del rey Alfonso XIII de España, que insistió en que se quedara en ese país, “la madre patria”.
Con más acopio de información y utilizando una nueva tecnología, uno de sus biznietos, Carlos Tello Díaz, publicó un libro, El exilio. Un retrato de familia (México, Cal y Arena, 1993), en donde relata y analiza la estancia de su ilustre ancestro en París. Con su aparición, la opinión pública quedó sorprendida porque ciertamente no se conocía con tanto detalle la estancia de este personaje, todavía de controversia, y cuyos restos continúan en el Cementerio de Montparnasse, en París, porque, a pesar de los años transcurridos, las veces que se ha hablado de repatriarlos es motivo de protestas enconadas…
Orientado como estaba en favorecer al capital y su fortalecimiento, el régimen porfirista gobernó para un reducido grupo de extranjeros y terratenientes tanto nacionales como de fuera del país. De ahí su característica como régimen oligárquico. El estado porfirista no respondía en forma positiva a las demandas populares. Al contrario, ejercía la más violenta represión contra las acciones de las masas campesinas, obreras y pequeñoburguesas. Durante todo el porfirismo hubo movimientos de resistencia, en su mayoría locales, aunque expresaban un malestar generalizado. Es visto que hubo momentos en que los conflictos sociales disminuían, pero más adelante regresaban en forma corregida y aumentada, ya que las cuestiones de fondo nunca tenían respuesta favorable para los trabajadores. De esta manera, la presión social fue creciendo y los enfrentamientos aumentando de violencia y de número.
En este contexto, por ejemplo, destacan las luchas campesinas, pues es bien sabida la forma en que fueron tratados a lo largo de toda esta época, en donde la hacienda y el gran latifundio fueron los símbolos característicos de cómo se ejercía el dominio en esta actividad económica. Es bien conocida la forma en que los campesinos fueron gravemente afectados por el despojo de sus tierras y la destrucción de sus comunidades. Aquí están los orígenes del por qué la lucha emprendida por Zapata va a enarbolar la consigna de “Tierra y Libertad”, pues la tenencia de la tierra, como primer factor de la producción significaba el meollo de todas y cada una de las luchas agrarias de la época, situación que a la fecha no está esclarecida del todo (La tierra, ¿es de quien la trabaja?).
A todo esto, el gobierno se justificaba sosteniendo que de esta manera se les incorporaba al “progreso” –a la modernidad, como se les diría ahora. Sin embargo, durante toda la dictadura los campesinos se sublevaron contra esta forma de “progreso”.
A partir de 1875 se reinicia la rebelión de los yaquis, encabezados primero por Cajeme; a su muerte en 1887, los comanda Tetabiate. La lucha por la defensa de sus tierras se prolongó hasta 1926. El gobierno porfirista declaró concluida la guerra en 1902, pero en realidad continuó el acoso contra los yaquis que en castigo son enviados como esclavos a Yucatán. Durante la Revolución los yaquis apoyaron a Obregón con la esperanza de recuperar sus tierras, pero éste también los defraudó y terminó reprimiéndolos cuando ya no los necesitaba.
También los mayos se sublevaron en Sonora a partir de 1891. Sus tierras fueron entregadas a las compañías mineras de Santa Rosita.
Desde mediados del siglo XIX, los mayas se sublevaron en Yucatán en protesta por la explotación de que eran objeto y por el robo de sus parcelas que eran empleadas para la producción de caña de azúcar y henequén. Remontados a las selvas de Quintana Roo ofrecieron una dura resistencia a las tropas porfiristas. Pero, al final de cuentas, fueron vencidos por un ejército moderno dotado con medios de transporte y armas muy superiores. Para acabar la rebelión que hostigaba los intereses del grupo en el poder, la “casta divina” yucateca optó por venderlos como esclavos en las plantaciones de caña de azúcar y tabaco en Cuba, sustituyéndolos por indios yaquis.
Estas fueron las rebeliones más prolongadas, pero a lo largo del porfiriato hubo muchas más. En 1877 hubo rebeliones agrarias en la Sierra Gorda de Querétaro, Hidalgo, Guanajuato, Michoacán, Guerrero, Oaxaca, Distrito Federal, Durango y Coahuila. Muchas veces se pretendía justificar la represión acusando a los campesinos de “comunistas” (¿?).
En 1878 se produjo otro levantamiento en la Huasteca. Al año siguiente se efectuó el Primer Congreso Campesino con las miras de resolver los problemas que les afectaban, sobre todo el referente a sus tierras. No hubo respuesta positiva pero sí muchos ataques de la prensa liberal.
Fue notable la agitación en la Sierra de Puebla provocada por Alberto Santa Fe en 1879, que coincide con la huelga de los peones de algunas haciendas en el estado de Morelos.
De 1879 a 1881 se registra un nuevo levantamiento en toda la Huasteca potosina encabezada por Juan Santiago al grito de muerte a todos los que llevaban pantalón. La sublevación se extiende a algunas regiones de la Huasteca hidalguense.
Hay levantamientos campesinos en Juchitán en 1882 y en Papantla, Veracruz, en 1884. Estos vuelven a repetirse en 1891.
En 1892 las tierras del pueblo de Tomóchic fueron entregadas a la Chihuahua Mining Co. El pueblo se levantó en armas por esta acción y por el intento de prohibirle el culto de la Santa de Cabora, una muchacha que respondía al nombre de Teresa Urrea. Fue masacrado por las tropas porfiristas.
Este hecho es muy conocido en sus detalles por el relato de un joven teniente del Ejército Federal que participó en esa contienda, Heriberto Frías, y que por haber publicado ese relato fue objeto de represión. El cura de Zumpahuacán, México, Felipe Castañeda, en 1894 encabeza una rebelión que abarcó parte de Guerrero y del Estado de México. En ese mismo año el pueblo de Temósachic, vecino de Tomóchic, se rebela y corre la misma suerte que éste.
Por 1896 se registran nuevos levantamientos en Papantla y en Soteapan, Veracruz.
La lucha campesina en Nayarit fue constante desde los años setenta del siglo XIX. En 1900 estalla un levantamiento más amplio en Acaponeta y en Compostela.
Por otra parte, sumando a los trabajadores fabriles, los mineros, los ferrocarrileros, los portuarios y los petroleros, para 1910 eran casi 860 mil obreros. Se trataba de una nueva clase que había nacido casi toda durante el porfirismo, si bien ya había empezado a manifestarse desde mediados del siglo XIX. Provenía en buena medida de los campesinos despojados de sus tierras y de los artesanos arruinados por la competencia con las fábricas (Ramón Ruiz Eduardo, La Revolución Mexicana y el movimiento obrero (1911-1923), México, Era, 1979).
En un principio se habían adoptado formas de organización mutualista y cajas de ahorro, en las cuales se pagaba una cuota para el fondo de ayuda del que se podía echar mano en caso de una necesidad urgente. A mediados del siglo XIX influían entre los obreros y artesanos las ideas de Charles Fourier y de Pierre Proudhon.
El Gran Círculo de Obreros de México, fundado en 1870, después de un lapso de crisis se reestructuró en 1879 como Gran Círculo Nacional de Obreros de México. Predominaban las ideas del cooperativismo y del anarquismo debido a la actividad emprendida por La Social, organización fundada por Plotino Rhodakanati, en donde también se instaba a que las mujeres participaran en las luchas sociales. Se argüía que era necesario destruir el aparato represivo de la clase dominante, pero que era inútil reemplazar el gobierno por otras personas porque el poder corrompe. Estas ideas eran divulgadas por El Socialista, publicación influyente que dio a conocer por primera vez el Manifiesto Comunista de Marx y Engels en 1884.
Las demandas de los trabajadores obreros durante todo el porfiriato estaban orientadas a mejorar sus condiciones de trabajo, aumentar su salario, reducir la jornada laboral, obtener el pago de días festivos y otras prestaciones. De aquella época datan la gran huelga de los trabajadores de la fábrica Hércules, en Querétaro, duramente reprimida; la de los tipógrafos de la imprenta del gobierno en México y las de los mineros en El Rosario, en Sinaloa.
El dictador Díaz tuvo una política dual frente a estas primeras organizaciones obreras, logrando disminuir su influencia y para la década de los años noventa del siglo XIX había decaído mucho su actividad. La compra de algunos líderes y la represión de otros, había surtido sus efectos.
La presencia del capital extranjero representó gran impulso al desarrollo fabril. Con él llegaron técnicas y obreros calificados que recibían un salario más elevado que el de los mexicanos aunque realizaran la misma labor; tenían mejores condiciones de vida, más prestaciones y ocupaban puestos de capataces y supervisores.
La situación que guardaban los trabajadores era desastrosa, tanto en las fábricas como en las minas, campos petroleros y demás fuentes de trabajo, tanto en aquellos organismos de propiedad extranjera como en los nacionales, a lo que se añadía la discriminación racial.
Los brotes de reacción ante estas condiciones no se hicieron esperar, y la respuesta más ostensible era la de carácter nacionalista. La exigencia que más se generalizó fue aquella de que todos los obreros disfrutaran paridad laboral, de manera semejante con los extranjeros.
Fue la huelga el recurso más representativo en esa época, pero estaba estrictamente prohibida cualquier manifestación de esta índole, y es obvio destacar que las huelgas que estallaron en esos años fueron cruelmente reprimidas.
Pero no obstante su prohibición, la historia de la época registra, de 1881 a 1911, unas 250 huelgas. Desde 1905 la situación de los trabajadores se hizo más crítica y el número de movimientos huelguísticos se incrementó. En el año 1907 hubo huelgas de importancia en distintos puntos del país, en la inteligencia de que la mitad de ellas se registraron en el Distrito Federal y el resto en los estados de Veracruz y Puebla.
De esas fechas datan las huelgas de Cananea en 1906 y Río Blanco, en 1907; a este respecto, Jorge Carrión hace un novedoso recuento en su columna publicada en Excélsior, “Los recuerdos del porvenir”, que bajo el rubro “Cananea revisitada”, interpreta el trasfondo político que configuró dicho movimiento. Por otra parte, el periódico La Jornada, en su edición del 27 de agosto del año en curso, comenta que tras 18 años de duración de un proceso, los obreros ganan juicio a la Compañía Industrial Veracruzana (CIVSA), para que puedan liquidar los bienes de la empresa a fin de cobrar pagos pendientes.
Cabe aclarar que la empresa CIVSA fue uno de los símbolos del movimiento obrero de 1907 en el corredor textil Orizaba-Río Blanco. La citada empresa, conocida originalmente como Fábrica Santa Rosa, es el último de los siete complejos textiles instalados a finales del siglo XIX, en el corredor Orizaba-Río Blanco-Ciudad Mendoza, cuna del movimiento obrero en el país.
Pero quien describe la situación de manera bastante objetiva, precisa y actual es el periodista estadounidense John Kenneth Turner, en su libro ya de corte clásico México bárbaro (Barbarian Mexico), cuya primera edición apareció allá por el año de 1911; es el testimonio desde la óptica de un extranjero que, en forma cruda, analiza la situación social y política de un país de contrastes: la extrema riqueza frente a la extrema pobreza, situación que ya evidenciaba la Revolución de 1910.
La explotación que rayaba en nuevas formas de esclavitud en las tabacaleras y en los plantíos de henequén; el sistema utilizado por los empresarios para proveerse de mano de obra barata, las condiciones de los yaquis, y el origen de las revueltas de este grupo étnico son parte de la temática que Turner aborda en esa obra.
Retomando la cuestión de los movimientos de los trabajadores, hay que señalar las huelgas de la empresa Cananea Consolidated Copper Company, propiedad de un tal William C. Greene, en 1906, y la de Río Blanco en 1907.
La mina de marras era por ese entonces la más importante productora de cobre, metal que exportaba en su mayor parte y que había adquirido especial importancia por el desarrollo de la electricidad.
Era fuente de trabajo para unos 5 mil obreros, y allí se esparció el descontento debido a la situación privilegiada de los obreros estadounidenses frente a los mexicanos, pues éstos llevaban la carga de trabajo más pesada y recibían como salario tres pesos diarios en moneda nacional, mientras que los güeros gringos y los negros también gringos sólo realizaban tareas ligeras y cómodas a cambio de un salario de 5 pesos oro.
Por ese entonces ya se estaban difundiendo las ideas de los Flores Magón, de Esteban Calderón y de Manuel María Diéguez.
Las broncas empezaron cuando los obreros fueron arteramente agredidos por dos hermanos norteamericanos, los Metcalf; respondieron al ataque y en la reyerta perecieron ambos hermanos.
Para dar un escarmiento a los revoltosos, el gobernador Izábal y William C. Greene trajeron de Estados Unidos cerca de 300 rangers bien armados y pertrechados, los que reprimieron a sangre y fuego la revuelta, matando a unos 30 mineros mexicanos; los cabecillas del motín, Baca Calderón y Diéguez fueron apresados y enviados desde ya al castillo de San Juan de Ulúa a purgar una condena de 15 años. Desde entonces ese remoto lugar, Cananea, cobró triste fama, y la reyerta fue motivo de un corrido. El tenebroso caserón de lo que era la cárcel aún subsiste.
La situación de la industria textil en 1906 también era bastante crítica; ante la pérdida de las cosechas nacionales del insumo, había sido necesario importarlo, lo que elevó el costo de las prendas de vestir.
Por cierto, la revista Relatos e historias de México, en su número correspondiente a septiembre de 2009, publica un reportaje relativo a ese histórico conflicto obrero-patronal, antecedente directo de lo que provocaría poco tiempo después, el inicio de la Revolución Mexicana de 1910-1917, debido a la autoría de la investigadora Gema Lozano y Nathal, que lo titula “En el nombre del primer socialista del mundo, a Epigmenio Díaz”, en donde lo novedoso son las fotografías, casi todas ellas inéditas, en las que aparecen imágenes llenas de crudeza, que reflejan las condiciones de los obreros, muchos de ellos más que jóvenes, más bien niños, en los espacios poco adecuados de dicho centro. Se señala que en los talleres textiles de las fábricas de la región de Orizaba, la jornada laboral se excedía a lo largo de doce y catorce horas, según datos del año 1903.
El bautizo del primer socialista del mundo, en Río Blanco, o sea Epigmenio Díaz, fue el gesto de un ritual colectivo que coincidió con el final de un periodo sindical marcado por un anarquismo-socialismo que dio esperanza a sus seguidores de que era posible un mundo mejor e incluso sellar una generación con el acto simbólico de un bautizo socialista, señala Gema Lozano y Nathal, en su citado artículo.
Retomamos nuestro comentario acerca del histórico conflicto obrero-patronal de la fábrica de Río Blanco. La escasez de algodón en México y su consecuente importación, decíamos, ocasionó que la ropa en general subiera de precio. Esto provocó que disminuyera la venta y que los patrones se esforzaran por culpar a los obreros del costo de la crisis. El Centro Industrial de Puebla expidió un reglamento muy opresivo contra los obreros. En protesta, el 4 de diciembre de 1906 los obreros de las fábricas existentes de Puebla declararon la huelga. Esta se extendió rápidamente a Tlaxcala y a Orizaba. Don Porfirio intervino como árbitro, pero su decisión fue contraria a los intereses laborales de los trabajadores. No era de esperar otra disyuntiva. El Gran Círculo de Obreros Libres organizó una asamblea con los trabajadores de la fábrica de Río Blanco; este círculo fue fundado por miembros del Partido Liberal Mexicano. En ellas se rechazó de plano la decisión del dictador y decidieron continuar la huelga. Al otro día, 7 de enero, los empleados de una tienda de raya agredieron a los obreros que estaban obstruyendo el acceso a la fábrica. En respuesta, los obreros quemaron la tienda de raya y se produjeron graves disturbios en Orizaba, Nogales y Santa Rosa. Las tiendas de raya, las casas de empeño y la casa de un representante de la empresa fueron atacadas. El ejército federal intervino por órdenes supremas: “Mátalos en caliente”, expresión que forma desde entonces en el vocabulario clásico de lo que es la “política a la mexicana”. Fue realmente terrible la masacre entre los trabajadores huelguistas, pues la huelga se consideraba como un acto de lesa sociedad, ataque injustificado y sin razón a la sacrosanta solidez de la propiedad privada. Se calcula que fueron asesinados a mansalva unos 400 trabajadores, y 200 apresados, pero además numerosos desaparecidos…
Pero a todo esto queda una cuestión fundamental que permaneció indeleble en la mente de los mexicanos de esos tiempos; ciertamente el conflicto de Cananea duró sólo unos días, sus consecuencias, años. Lo mismo podría aseverarse respecto a Río Blanco. Ambos movimientos estremecieron la estructura del porfiriato, pusieron de relieve la intolerancia de la dictadura y sobre todo, su incapacidad para dar una respuesta adecuada a las demandas de los trabajadores. No podía ser de otra manera, pues todo estaba regido por la consigna de cuño positivista “poca política y mucha administración”. Pero cabe recordar que a pesar de la represión, la solidaridad se dio por todo el país. En ambos casos el ejército de la dictadura había actuado en contra de los trabajadores mexicanos para proteger intereses de los inversionistas extranjeros. Esto dio lugar al incremento del sentimiento nacionalista y al repudio a un régimen que por obsoleto no estaba ya en condiciones de atisbar la realidad. Los cambios que se estaban suscitando en un nuevo siglo…
Aunque estamos conscientes de que la historiografía moderna ha estado tratando de replantear la dictadura porfirista, hay que reconocer que a pesar de lo realizado y que consiste básicamente en sentar las bases para construir el México contemporáneo –una de cuyas instituciones para alcanzar este propósito lo sería la necesaria creación de la Universidad Nacional, el 22 de septiembre de 1910, próxima, como se ve a cumplir su primer siglo de existencia al servicio de los intereses de México–, al porfiriato lo considera, por ejemplo, Lorenzo Meyer, como la oligarquía madre de todas las elites, caracterizado por fortunas surgidas al amparo del poder político (Excélsior, 30 de diciembre de 1993).
Gracias a ese paradigma don Porfirio pudo vivir un exilio dorado en Europa, reconocido tácita o abiertamente por los gobiernos de varios países europeos como hombre de Estado e indiscutible creador del México moderno, aunque hay que admitir que lo realmente interesante para los estudiosos de la historia del poder en México, no son las formas de vida en el exilio de los porfiristas –don Porfirio, a mayor abundancia, vivió, y vivió con lujo, por los dividendos de las acciones que había comprado en el Banco de Londres y México (por cierto el banco comercial más antiguo de México, ahora por la acción de la modernidad, convertido en el Banco Santander…), y ciertos bienes raíces vendidos en vísperas de la Revolución, así como de los recursos de su segunda esposa, doña Carmelita Romero Rubio. Su hijo, el coronel Porfirio Díaz Ortega, vivió del paquete de acciones que generosamente le obsequió la Compañía Mexicana de Petróleo “El Águila”–, sino la manera vertiginosa en que la conquista del poder político permitió a un oaxaqueño de clase media, Porfirio Díaz Mori, emparentar y dominar a la riqueza preexistente.
Fue un momento coyuntural único, porque Díaz, que con mano militar había logrado pacificar el país, creó el escenario propicio para que se cumpliera el pendiente de que México ingresara a la órbita del mundo capitalista, porque se había hecho un país en donde ya prevalecía lo que ahora se llama “Estado de derecho”, por lo tanto proclive a la inversión pública y privada extranjeras. Pero hubo que promoverse sobre la marcha cambios sociales y estructurales de gran aliento, porque México era un país de campesinos sin tierras; había además una escasa clase de obreros fabriles, y por lo tanto, la clase media era incipiente. El proyecto porfirista radicalizó en muchos aspectos esta situación socioeconómica y política, pues al final de su dictadura, que a pesar de todo cumplió un ciclo modernizador, en el México de la primera década del siglo XX, había una escasa elite de familias que detentaban el poder, y en donde Carmelita jugaría un papel primordial; allí estaban ubicados el grupo de los “científicos”, que también se enriquecieron al amparo del poder político.
Muy cercana ya la conmemoración del primer centenario del inicio de la Revolución Mexicana, hace tiempo, Jean Meyer, en vísperas del octogésimo aniversario de dicho movimiento social y político, en su ensayo “La difícil revolución”, señalaba que “pensándolo bien, la Revolución Mexicana no se puede considerar como algo familiar, evidente, fácil de entender. Al contrario, el fenómeno nos resulta cada vez más extraño”, y diríamos más lejano e increíble para las nuevas generaciones de mexicanos (Textual, El Nacional, v. II, a. 2, noviembre de 1990). Ahora bien, ¿podría efectuarse de nueva cuenta esa especie de fenómeno pendular? El escenario es semejante pues se detectan condiciones que configuran un cuadro en verdad crítico.

Bibliografía
La Revolución Mexicana. Textos de su historia (Manifestación de rebeldía), F1233, R-48.
Luis Barrón, Historias de la Revolución Mexicana, FCE.
Arnaldo Córdova, La ideología de la Revolución Mexicana (La formación del nuevo régimen), Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM.
“A ochenta años de la Revolución Mexicana”, Textual, El Nacional, v. II, n. 19, 19 de noviembre de 1990.
Fernando Blumenkron, Porfirio Díaz en el destierro, Talleres Tipográficos de El Ahuizote, México, 1911.
Francisco González, Historia de México (2), Del porfirismo al neoliberalismo, Ediciones Quinto Sol, Textos Universitarios, México, 1991.
John Kenneth Turner, México bárbaro, Editores Mexicanos Unidos, México, 2007.
Carlos Tello Díaz, El exilio: Un retrato de familia.
Mauricio Tenorio Trillo y Aurora Gómez Galvarriato, El porfiriato, FCE, Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), México, 2006.
Jorge Carrión, “Cananea revisitada”, Excélsior, 25 de abril de 1988.
Lorenzo Meyer, “La madre de todas la elites (Oligarquía porfirista, el ejemplo)”, Excélsior, 30 de diciembre de 1993.
Andrés T. Morales, “Obreros ganan juicio a CIVSA; se rematará el edificio para pagarles”, La Jornada, 27 de agosto de 2009.
Relatos e historias de México, a. II, n. 13, septiembre de 2009.

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