Morelos antes de 1810*

CARLOS HERREJÓN**

 

De Valladolid a Tahuejo
Bajo el reinado de Carlos III, siendo virrey de Nueva España el marqués de Cruillas, nació José María Morelos y Pavón el 30 de septiembre de 1765 en la ciudad de Valladolid de Michoacán, cabeza de obispado que gobernaba entonces Pedro Anselmo Sánchez de Tagle.
Fueron sus padres el carpintero José Manuel Morelos Robles y Juana María Guadalupe Pérez Pavón y Estrada. Él, originario de la hacienda de Zindurio, al poniente de Valladolid, provenía de familias de criollos y mestizos avecindados en Acámbaro, Pátzcuaro, Zamora y Tarímbaro. Ella, nacida en Querétaro, tenía sus raíces criollas en el pueblo de Apaseo, junto a Celaya. Antes de José María habían procreado a Nicolás, y después a María Antonia. Los padrinos de José María, bautizado el 4 de octubre, fueron Lorenzo Zendejas y Cecilia Sagrero.1
Por 1774 el carpintero Manuel Morelos se ausentó del hogar, en virtud de una grave desazón familiar, yéndose a San Luis Potosí en compañía de su hijo Nicolás.2 Mientras, el niño José María terminaba el aprendizaje de las primeras letras en la escuela que en la misma Valladolid había establecido su abuelo materno, José Antonio Pérez Pavón.3 La penuria obligó a José María a buscar trabajo en lugar de continuar los estudios, como era su deseo, pues se sentía inclinado al estado eclesiástico desde sus primeros años.4
A los catorce, José María Morelos se fue a trabajar hasta San Rafael Tahuejo, un rancho o hacienda que la comunidad de Parácuaro, cerca de Apatzingán, tenía arrendado a un tío suyo en segundo grado, Felipe Morelos Ortuño, primo hermano de su papá.5 En Tahuejo vivió José María hasta los veinticuatro años, aprendiendo labores del campo, particularmente lo relacionado con los productos de esa región, el añil y el piloncillo. También se familiarizó con menesteres de la construcción y de la ganadería (persiguiendo a un toro se rompió la nariz).6 Y ayudó a su tío, que no sabía escribir, en la contabilidad de la unidad agrícola.7
Es también muy probable que teniendo el tío de Morelos algunas recuas para comerciar, José María haya intervenido en ello, de manera eventual, efectuando varios viajes, particularmente a Valladolid, México y hasta Acapulco.8
Mientras, el padre de Morelos había retornado al hogar, y esto, al parecer, propició que José María buscara la forma de reanudar el estudio, volviendo también él a Valladolid hacia 1789, para inscribirse en las clases de gramática del Colegio de San Nicolás, cuyo rector era entonces don Miguel Hidalgo y Costilla.

La pretensión de la madre
Simultáneamente al ingreso escolar, su madre inició unas diligencias tendientes a que se reconociera a su hijo José María como el beneficiario de una capellanía fundada en Apaseo por Pedro Pérez Pavón, bisabuelo de Morelos.9 En general, una capellanía era una institución consistente en un capital cuyos réditos percibía el beneficiario o capellán con la obligación de celebrar por sí o por otros determinadas acciones litúrgicas, especialmente misas.
En la capellanía fundada por Pedro Pérez Pavón quedaba un capital de 2 mil 800 pesos, la obligación de decir 28 misas al año; y por voluntad del fundador, el capellán había de ser su hijo natural José Antonio. Pero si éste no tomaba el estado eclesiástico había de darse la capellanía a algún descendiente de los hermanos del fundador que sí abrazase el estado clerical.10 Así, pues, la descendencia directa del probable primer capellán no se mencionaba como beneficiaria. Y éste era el caso de José María Morelos. No obstante, su madre argumentó que por ser descendiente directo, habían de dársela a su hijo. Esta pretensión originó un largo pleito con la propia parentela que disputaba la capellanía, y puso de manifiesto el carácter tesonero de la madre de Morelos.

Los estudios del hijo
Por su parte, José María hubo de aplicarse con singular empeño a los cursos de gramática latina en 1790 y 1791, bajo la dirección de José María Alzat y Jacinto Moreno,11 de tal manera que el segundo mentor se expresó de él en términos sumamente elogiosos.12
A continuación Morelos emprendió los estudios de artes o filosofía en el Seminario Tridentino de la misma ciudad, siguiendo el texto de Antonio Goudin13 y teniendo de maestro a Vicente Pisa de 1792 a 1794.14 Con éxito presentó acto público de esta materia en la iglesia de la Merced de Valladolid en febrero de 1795,15 obtuvo el primer lugar,16 y en abril de ese año recibía en México el grado de bachiller en artes por la Real y Pontificia Universidad.17
Inscrito en los cursos de teología moral y teología escolástica del mismo Seminario Tridentino, sólo prosiguió los primeros a lo largo de 1795, teniendo por maestro a José María Pisa18 y siguiendo como texto manual el Prontuario de la teología moral de Francisco Lárraga, reformado por Grosin.19 Llevando con aplauso estos estudios, entró al estado clerical, diciembre de 1795, con testimonios favorables sobre su conducta y su familia.20

De Valladolid a Uruapan
La necesidad de contribuir al sostenimiento de su familia lo condujo desde enero de 1796 a Uruapan, cuyo párroco Nicolás Santiago de Herrera le había ofrecido el oficio remunerado de preceptor de gramática y retórica. A distancia y con el grado de subdiácono, tuvo que continuar el estudio de la teología moral, yendo y viniendo de Uruapan a Valladolid.
La muerte de su padre Manuel, ocurrida por este tiempo, agravó la precaria situación familiar, de modo que José María se apresuró a concluir la carrera eclesiástica, solicitando la promoción al grado siguiente, el diaconado, en agosto de 1796. Como no había logrado obtener la capellanía fundada por su bisabuelo, José María tenía que ordenarse a título de administración, es decir, ser ministro de la iglesia disponible para cualquier puesto que al arbitrio del obispo requiriese el cuidado de las almas, de donde pudiera también obtener su sustentación. Ordenarse a título de administración implicaba además un examen previo precisamente sobre moral, rúbricas y administración parroquial. Con las preocupaciones de su familia y de su magisterio vino a presentar el examen y obtuvo la aprobación con la nota de positivo ínfimo. Entre los sinodales estuvieron Vicente Gallaga, tío de Hidalgo, y Manuel de la Bárcena.21
Ordenado diácono, septiembre de 1796, Morelos regresó a Uruapan. Acicateado por la mediocre nota que rompía su brillante trayectoria académica, prosiguió por su cuenta el estudio de materias morales y rúbricas, distinguiéndose por su participación en las reuniones periódicas que con el nombre de conferencias eclesiásticas debían tener los clérigos de cada partido para mantenerse en el hábito del estudio y la reflexión de grupo.22 Los libros que en aquel tiempo o después redondearon su formación eclesiástica, además de la Biblia y el Oficio Divino, fueron el Directorio Moral y el Examen de ordenados de Francisco Echarri, los tratados de Blas de Benjumea y el Itinerario para párrocos de indios de Alonso de la Peña Montenegro.23
Al mismo tiempo, Morelos sacaba adelante a sus alumnos uruapenses de gramática y retórica y desempeñaba funciones propias del diaconado, ensayándose de modo especial en el ministerio de la palabra.24 A pesar de que apenas había iniciado los estudios de teología escolástica, podía ya ordenarse de presbítero, puesto que los de moral se consideraban suficientes para el título de administración, medio con el que contaba Morelos para subvenir al sostenimiento de su madre viuda y de su hermana doncella. Según parece, su hermano Nicolás también vivía en la pobreza y se había desentendido de colaborar en esa obligación.

Ordenado sacerdote
Así, pues, sin abandonar el deseo de continuar algún día los estudios de teología escolástica, Morelos se decidió a entrar de lleno en el ministerio sacerdotal, ordenándose de presbítero, a los 32 años de edad, el 21 de diciembre de 1797 en la capilla del obispo fray Antonio de San Miguel,25 frente a una imagen de la Guadalupana, pintada por Cabrera. Entre los compañeros de ordenación estaba José Sixto Berdusco.
Volvió Morelos a Uruapan para seguir colaborando con el cura Herrera, pero grande fue su sorpresa, cuando el 31 de enero de 1798 recibía nombramiento como cura interino de Churumuco y La Huacana,26 hecho que lo honraba, a pesar de tratarse de una región difícil y alejada, pues en un obispado como el de Michoacán el exceso de clérigos y la consiguiente competencia hacían reñida la obtención de curatos. De modo que la promoción inmediata al frente de uno de ellos, sin mayores influencias, debía ser un caso más bien raro, explicable en Morelos por su madurez, de algún modo promovido por el obispo.
Con grande ilusión y llevándose a su madre y a su hermana, Morelos se dirigió a Tamácuaro de La Huacana, residencia cural de aquel extenso partido –cerca de tres mil habitantes diseminados en cien localidades–,27 para cuya atención contaba con un auxiliar, el sacerdote Miguel Gómez.28
Un medio complementario de sustentación para los párrocos era la colocación de la bula de la Santa Cruzada entre sus feligreses, condicionado, sin embargo, a la garantía de un fiador. El novel presbítero presentó al efecto a su tío Felipe Morelos, que ya había aprendido a firmar, mas finalmente la gestión no tuvo éxito.29
Por otra parte, la madre y la hermana de Morelos no resistieron el clima: moribunda llegó la primera a Pátzcuaro, en diciembre de 1798. En esos mismos días Morelos supo que ya lo iban a quitar de La Huacana, y solicitó su cambio para tierra fría. A distancia arregló los funerales de su madre.30 De La Huacana había enviado un donativo solicitado por la mitra vallisoletana,31 y todavía de ahí, enero de 1799, remitió el padrón del cumplimiento de iglesia de su jurisdicción, así como unas diligencias matrimoniales,32 rutinas ambas de cualquier parroquia.

Cura de Urecho
Según se dice, en marzo de ese año fue nombrado cura interino de Carácuaro. Sin embargo, a lo largo de mayo del mismo 1799 lo encontramos en otra parroquia de Tierra Caliente, San Antonio Urecho, limítrofe de La Huacana, fungiendo como cura encargado en lugar de Rafael Larreátegui que lo era interino.33 Entre los poblados tocantes a Urecho estaba la hacienda de Santa Efigenia, a cuyo oratorio se trasladó un día Morelos para oficiar en un casorio.34

Problemas llegando a Carácuaro
Por consiguiente, con seguridad Morelos se estableció en Carácuaro a partir de junio de 1799. Y apenas tenía alrededor de medio año al frente de esta parroquia, cuando los naturales del mismo pueblo se dirigieron al obispo San Miguel para solicitarle que se cambiara la manera que tenían de contribuir al sustento del párroco y del culto: en lugar de pagar por tasación, querían hacerla por arancel. La tasación era una cuota fija impuesta a la comunidad, además de utensilios culinarios y de ciertos servicios. El arancel en cambio se imponía sólo en numerario, en razón de la atención parroquial recibida, individual o colectiva. Los solicitantes añadieron una queja contra Morelos: “nos regaña y se enoja con nosotros y aun nos maltrata”.
El obispo remitió a Morelos la petición quejosa de los indios. Sensiblemente molesto contestó el párroco recién llegado, rechazando el pago por arancel y la acusación. De admitirse aquella forma de pago, los indios se entregarían “con más descuido al ocio” y lo del regaño era reprehensión paternal sobre “lo que deben hacer con sus respectivos superiores”. Por sugerencia de Morelos la mitra inquirió al párroco anterior, Eugenio Reyes, a la sazón en Valladolid. Su contestación, en diciembre de 1799, cerró el incidente a favor de Morelos.35 Por el tono del escrito quejoso de los indios se trasluce la mano de un picapleitos de oficio.
A pesar de la solución favorable, Morelos no quedó a gusto. A mediados de 1800 mandó solicitud al obispo, pidiéndole lo sacara de Tierra Caliente, porque padecía de herpes y porque deseaba concluir los estudios de teología.36 Todo esto era verdad, pero había otra razón para renunciar a la parroquia. Morelos sólo era cura interino. No tenía todos los derechos ni la estabilidad de un cura propio. El obispo San Miguel no tardó en elevarlo de rango entre 1801 y 1802.

Paisaje de la parroquia
En la categoría de cura propio Morelos tomó con entusiasmo la atención general de la parroquia y en especial la construcción de la iglesia en Nocupétaro. La población andaba por los 2 500 habitantes esparcidos en numerosas rancherías.37 Los principales núcleos eran éstos además de la cabecera: los pueblos de Nocupétaro y Acuyo; las haciendas de San Antonio, Las Huertas, Cutzián, El Platanal y Guadalupe; las estancias de Santa Cruz, las de Cutzián (entre ellas Atijo), Santa Teresa, La Parota, El Sauz y Cerro Prieto.38 Lugares todos ellos dispersos, que habían surgido aprovechando el ensanchamiento de una cañada, la pendiente suave de un cerro o de una loma, o en fin, lo parejo de una mesa. El resto, una interminable geografía montuosa, despoblada y surcada por numerosos ríos y arroyos que dejaban sedientas las partes altas y hacían imposible el tránsito en tiempo de aguas.
Los tres pueblos de Carácuaro, Nocupétaro y Acuyo disponían de tierras comunales de labranza y cerros para el pastoreo, pero rentaban buena parte de ellas. Los latifundistas vivían en Valladolid y nunca o muy tarde en tarde se asomaban al rumbo, como José María Anzorena, dueño de San Antonio y Las Huertas; Rafael Guedea, de Guadalupe y Josefa Solórzano, de Cutzián.
La gente vivía del cultivo del maíz, la caña, el chile y el frijol, así como de la cría de ganado: becerros, potrillos y muletos;39 productos todos que por los problemas de comunicación con dificultad sólo a veces salían al comercio, excepto en el caso de Cutzián, al parecer más organizado en ese sentido.40
En resumen, el cuadro general de la parroquia era una población escasa y muy diseminada, en su mayoría indios ladinos y mestizos. Distancias enormes y caminos tortuosos. Todo pintoresco, pero resintiendo la escasez de diversos efectos por la falta de comercio.

Un negocio fructífero y discreto
En tales condiciones el párroco de Carácuaro podía sobrevivir como sus predecesores, pero no podía atender como quisiera toda la parroquia sin buenos caballos, ni emprender obra alguna de construcción o beneficencia sin fondos mayores que la tasación y demás derechos parroquiales. Además tenía que mantener a su hermana Antonia que había vuelto a Valladolid. Y aunque habituado a privaciones, no se resignaba a mal comer ni a descuidar el ahorro para un futuro incierto. Por otra parte, la esperanza de obtener la capellanía de su bisabuelo se iba desvaneciendo, pues sus parientes habían ganado el pleito y la apelación no prosperaba.41 De modo que Morelos echó mano de su ingenio y de las experiencias de Tahuejo, comprendiendo que el comercio era un medio a su alcance para obtener buenos ingresos y proporcionarlos también a los productores de su feligresía. Junto al cumplimiento fiel de las tareas ministeriales había que encontrar un discreto lugar para el negocio. El mercado, naturalmente, sería Valladolid.
Probablemente con los ahorros sacados de La Huacana y de dos años que llevaba en Carácuaro compró una casa en Valladolid por agosto de 1801, frente al callejón de Celio y junto a unos jacales que habían sido de su padrino Lorenzo Zendejas.42 Alojó en ella a su hermana Antonia, y habiendo separado un local para tienda, lo rentó a Miguel Cervantes, buen hombre de Guanajuato, que simultáneamente se convirtió en el necesario contacto de Morelos para recibir y vender los productos de Carácuaro, así como para remitir efectos de la ciudad.43 De paso, el tal Cervantes figuraba como el comerciante, pues a los clérigos les estaba vedado ese oficio y aunque la mitra se diera cuenta de todo, lo aprobaba tácitamente, pues se trataba de un precepto eclesiástico, excusable cuando había justa causa, siempre que el clérigo no desatendiese sus obligaciones. Así que Morelos organizó un equipo de arrieros con los cuales mandaba granos, aguardiente y ganado, en tanto que Cervantes le remitía telas, herrajes y otros enseres conseguibles en los almacenes de Valladolid, particularmente en la tienda de Isidro Huarte, mercader preferido por Morelos para sus operaciones.44
Parte de los ahorros eran destinados a su hermana Antonia, en tal forma que ella los pudiera hacer producir más: en 1803 Morelos le mandó mil pesos en reales con los que ella concurrió para ir a medias en una tienda de pulquería. A su vez Antonia le prestaba a José María para comprar mercadería citadina. Luego de hacerse del rogar, Antonia se casó con Miguel Cervantes el 12 de abril de 1807.45 En tal forma, el agente de Morelos quedó confirmado en su puesto. En 1807 y 1808 aparece pagando a Rafael Urioles en nombre de Morelos46 y en junio de 1810 con poder general del cura de Carácuaro obtiene un préstamo hipotecario de mil pesos, de Pascual de Alzúa, yerno de Isidro Huarte, sobre la casa de Morelos en Valladolid,47 misma que habitaba Cervantes y que había sido agrandada con una planta alta, con dinero y por indicaciones del cuñado sacerdote, que también sabía de albañilería y arquitectura.
Probablemente con el préstamo de los mil pesos Morelos completó para pagar el rancho de La Concepción, en términos de su propia parroquia, donde se prometía, a mediados de 1810, hacer buenas inversiones de ganado mayor, puercos o chivos.48

El constructor caritativo
Pero a Morelos le gustaba el ministerio y el culto. En última instancia estos objetivos estimulaban sus afanes comerciales. Por eso gran parte de su dinero fue a dar a la iglesia de Nocupétaro, concluida en 1802, y a sus anexos: casa cural, casa del campanero y sepulturero y casa del sacristán. Finalmente, también de su peculio, construyó un amplio cementerio, cuyas últimas almenas se estaban colocando a principios de 1809, por cierto con albañiles que había traído de un barrio de Valladolid.49 Y como no faltaban desvalidos en su parroquia, allí terminaban sus ahorros: “Soy un hombre miserable, decía, más que todos, y mi carácter es servir al hombre de bien, levantar al caído, pagar por el que no tiene con qué y favorecer con cuanto puedo de mis arbitrios al que lo necesita, sea quien fuere.”50
Por este modo de ser le pareció impropio empeñarse en obtener la capellanía del bisabuelo, cuando su pariente José Romualdo Carnero, tal vez más necesitado que el cura de Carácuaro, aspiraba a la capellanía. Morelos, pues, se desistió del intento en agosto de 1805, reservando su derecho para el caso que no la obtuviera su pariente. Esta situación sobrevino pronto, porque Carnero dejó el seminario por casarse.51

Consigue la reducida capellanía
No habiendo ya opositores a la capellanía, Morelos reanudó los trámites por medio de su apoderado José Nazario María Robles. No tardó en llegar la resolución del juez de testamentos y capellanías: el diez de abril de 1806 se reconocía a José María Morelos como capellán. Sin embargo, el capital no estaba en efectivo ni prestado. Quienes lo habían tenido a depósito irregular habían sido Manuel de Ortega y María Manuela Magaña, garantizando el préstamo con una casa y un olivar en Celaya. No sabemos por qué, el juzgado de capellanías secuestró la casa. Y ahora le tocaba a Morelos procurar que la finca no se destruyera y promover su avalúo, pregón y remate, para asegurar en esa forma el principal y poner al corriente la paga de réditos.52 ¿Se desplazaría a Celaya el cura de Carácuaro?
La verdad es que eran demasiadas vueltas para un capital que reducido a 2 764 pesos y cuatro reales, no iba a proporcionar réditos cuantiosos. Así se demostró, cuando por fin en octubre de 1809 Morelos recibió los correspondientes al año de 1807: 62 pesos y 4 reales. Al efecto se había trasladado a Valladolid desde el mes anterior y en ceremonia especial había recibido de manos del conde de Sierra Gorda la canónica posesión de la dichosa capellanía, obsesión de la madre de Morelos.53
En poderes, cartas y algunos viajes, bastante tiempo le había quitado el asunto al cura de Carácuaro, bien entretenido en su rincón de Tierra Caliente administrando la parroquia, dando bendiciones y organizando arrieros.

Nocupétaro a la cabeza
Desechadas las pretensiones de los indios de Carácuaro y ya con el rango de cura propio Morelos se había dedicado a solucionar un grave problema de administración parroquial: la ubicación adecuada de la cabecera.
La estrechez de Carácuaro contrastaba con Nocupétaro, pueblo éste con mejor temperamento, más poblado y de gente trabajadora. Carácuaro sobre un ancón en el recodo de un río; Nocupétaro en una planada y más equidistante del resto de la parroquia. Por todo esto Morelos fijó su residencia en la segunda población y al poco tiempo emprendió la construcción de la iglesia que concluyó en 1802. Al año siguiente inició los trámites para que jurídicamente se cambiase la cabecera a Nocupétaro. Recibió el apoyo mayoritario del partido y aunque la mitra vallisoletana estuvo de acuerdo, de momento no se pudo autorizar el cambio, pues se trataba de un caso reservado al rey, al virrey o al presidente de la audiencia.54 En algún modo el objetivo se logró ya que al menos desde enero de 1809, Morelos asentaba que en Nocupétaro “se ha radicado la cabecera”.55
Ante la actuación de Morelos parece que los de Carácuaro se fueron doblegando y que por las buenas trataron de ganarse al párroco, que aunque prefería a Nocupétaro, frecuentemente se hallaba en Carácuaro, lugar de donde fechaba varias de las misivas y nombre que mantuvo anexo a su título: “cura y juez eclesiástico de Carácuaro”. Por lo demás, el juzgado real del partido, donde se hallaba un subdelegado dependiente de Ario, siguió radicado en Carácuaro. Durante la gestión parroquial de Morelos, se fueron sucediendo en esa subdelegación Francisco Díaz, Vicente Guerrero y Ramón Brabo.56
La extensión y geografía de la parroquia deparaban no pocos problemas para su debida atención. De modo especial la hacienda de Cutzián se hallaba muy distante y por camino difícil. Por acudir a ella, se dejarían de visitar lugares más importantes. Esto fue lo que contestó Morelos cuando en 1802 el obispo San Miguel le pasó un reclamo del hacendado de Cutzián porque el párroco no atendía suficientemente. Morelos añadía que por las razones señaladas un párroco anterior, Francisco Xavier Ochoa, había fundado una capellanía y erigido capilla en aquella hacienda para asegurar su atención; pero en parte por la desidia de los mismos hacendados y residentes se había frustrado el intento.57
Morelos insistió en que se fundase la capellanía, pero ante la prolongada irresolución, planteó en 1807 esta alternativa: Que se desmembrara la hacienda de Cutzián del curato de Carácuaro para agregarla al de Turicato, como más cercano. Aprovechó la ocasión para plantear solución semejante respecto a otros lugares de difícil cuidado: Que también la hacienda de Santa Cruz convenía desmembrarla de Carácuaro y agregarla a Turicato; mientras que las estancias de Atijo y La Parota había que dárselas a Churumuco.58 Una propuesta de esta naturaleza no era frecuente por parte del párroco que resultaría afectado, pues en principio significaba disminución de feligreses, y en consecuencia, de ingresos. No obstante, Morelos tramitó el asunto en descargo de su conciencia.59
La respuesta de la mitra desechó la alternativa, inclinándose por la primera solicitud de Morelos: urgir la fundación de capellanía en Cutzián.60 Sin embargo, todavía en julio de 1809 el cura de Carácuaro denunciaba que no se había hecho efectiva la fundación de la capellanía de Cutzián, “con lo que tengo descargada mi conciencia, aunque nada se ha remediado”.61

El sacerdote compañero
Vinculados a las cuestiones de geografía parroquial aparecen datos aislados sobre sacerdotes colaboradores de Morelos o colegas vecinos. En 1803 solicitaba un compañero para su dilatada jurisdicción.62 Todavía no se lo daban al año.63 Pero al menos desde 1808 ya figura un vicario de Carácuaro, que sin duda es el mismo de 1809 y 1810, José María Méndez Pacheco.64
En general las relaciones de Morelos con los párrocos vecinos fueron cordiales, y en algunos casos, muy fraternales. Ayudaba con frecuencia al cura de Purungueo, Santiago Ignacio Hernández, a quien asistió en su última enfermedad en junio de 1804.65 El siguiente párroco de Purungueo, Manuel Arias Maldonado, también mereció los cuidados de Morelos, especialmente en grave enfermedad durante la primera mitad de 1809. Todo esto lo hacía el cura de Carácuaro, “en obsequio de mi quietud, ministerio y de la caridad que siempre me ha compelido”.66
Otros curas más o menos cercanos eran el de Huetamo, Rafael Larreátegui, a quien había ayudado en Urecho, según vimos. El de Churumuco, Eugenio Reyes Arroyo, el que había declarado a favor de Morelos. El de Urecho, Pablo Delgado, que había estado antes en Dolores, de la intendencia de Guanajuato, y pronto sería también connotado insurgente, al igual que Sixto Berdusco, cura de Tuzantla y compañero de ordenación de Morelos.

Con los de arriba
Las relaciones de Morelos con los superiores y la burocracia eclesiástica parece fueron buenas o al menos, no tirantes. El obispo fray Antonio de San Miguel que lo había ordenado, tenía particular confianza en Morelos, cuya designación de los curatos de Tierra Caliente obedecía a una preocupación general por atender aquella vasta región con gente aclimatada a ella. El mismo prelado, de su propio peculio costeaba en el seminario la formación de 50 muchachos tierracalenteños para destinarlos ya sacerdotes a la comarca de origen.67
Muerto el obispo San Miguel en 1804, sucedió una larga sede vacante en Michoacán que se prolongó prácticamente por el resto del tiempo en que Morelos ejerció el ministerio, pues aunque en 1809 llegaba el obispo Marcos de Moriana y Zafrilla, sólo fue para enfermar y morirse antes de completar un semestre.68
Durante las sedes vacantes gobernaba el cabildo catedral, un cuerpo colegiado que nombraba a un provisor y vicario capitular. En el caso lo fue Juan Antonio de Tapia, que ya había sido en vida del obispo San Miguel su segundo en calidad de vicario general. Con él, pues, tuvo que entenderse Morelos de 1804 a 1809. A mediados de 1810 la figura de primer plano sería el obispo electo Manuel Abad y Queipo, quien ya había destacado como talentoso colaborador de San Miguel. Detrás de los que figuraban y mandaban estuvo un burócrata más permanente: desde antes de San Miguel y hasta 1809 el licenciado Camiña ocupaba puestos relevantes principalmente como secretario de la mitra vallisoletana. No pocos asuntos de las parroquias pasaban por sus manos.

Información política y donativos
Las circulares que mandaba el obispado a las parroquias verdaderamente circulaban, porque se mandaba un original que se iba copiando de curato en curato, dando vuelta, hasta regresar a la curia episcopal. El sistema se llamaba de cordilleras, y el método, derrotero.
Varias de las circulares que llegaron a Morelos contenían rutinas eclesiásticas; pero otras, para los alejados curas de Tierra Caliente, resultaron un boletín de información política. Ya desde Tamácuaro de La Huacana Morelos había recibido circular de la mitra vallisoletana que solicitaba donativo para gastos extraordinarios de la corona española,69 enfrascada en guerras y corrupción. En 1807 recibía otra relativa al impuesto sobre legados y herencias.70 El 10 de abril de 1808 le llegaba la nueva sobre la victoria de Buenos Aires contra los ingleses; y el 3 de diciembre se enteraba que había que mandar otra contribución especial a la real corona.71
De mayor trascendencia fue la circular recibida el 29 del mismo diciembre de 1808, en que se urgía la ayuda para España, pues el recién proclamado Fernando VII estaba cautivo y se organizaba la resistencia. Morelos mandó 20 pesos por él y 10 por su vicario, protestando estar prontísimo a sacrificar su vida “por la católica religión y libertad de nuestro soberano”.72 Las mismas noticias sensacionales, pero en forma más detallada llegaron a Morelos el 15 de abril de 1809: la abdicación de Carlos IV, la proclamación de Fernando VII, su cautiverio, la invasión francesa y la resistencia patriótica. Había que mandar más dinero, especialmente “para indemnizar a los desgraciados habitantes de Zaragoza”. Nueva exigencia de donativo para ayudar a la guerra vino el 28 de noviembre de 1809.73
La natural curiosidad, el sincero interés por la suerte de quien los había de gobernar como suprema instancia y el más natural deseo de saber el fin de los frecuentes donativos, inclinó a muchos a informarse más ampliamente y a considerar los acontecimientos del día de una manera crítica. Tanto más, que los sucesos reseñados habían provocado en la ciudad de México las reuniones independntistas del ayuntamiento, el derrocamiento de Iturrigaray y la represión de los peninsulares. Morelos y los curas de su rumbo preguntaban, comentaban y ataban cabos. Las mismas cabezas de la clerecía michoacana ya habían puesto el ejemplo sobre anteriores sucesos: el obispo San Miguel y Abad y Queipo no había aceptado ciegamente las disposiciones reales sobre inmunidad eclesiástica y consolidación de vales reales. Su análisis crítico y su objeción vigorosa marcaron un precedente.
En tal supuesto, Morelos se mostraba anuente a los donativos, pero cada vez daba menos y al mismo tiempo señalaba que si las cofradías no tenían sobrantes para el socorro pedido, se debía a una disposición real de 1802 que había despojado a los párrocos la dirección de las mismas.74

Con los de abajo
Por su formación y experiencias Morelos podía departir fácilmente con sus iguales, con los de arriba y con los humildes. Pero se sentía especialmente a gusto en un ambiente franco y sencillo. Los años de Tahuejo lo habían capacitado excepcionalmente para convivir con los rancheros, y aunado a esto el carisma sacerdotal, sus cualidades de iniciativa y de mando hacían de él un líder nato de su parroquia.
Como el mejor jinete podía montar; como cualquier arriero, cinchar un burro; como todo buen tierracalenteño, vadear un río; como agricultor conocía los secretos de las nubes y de los surcos, y en fin, hasta concurría con el trabajo de sus manos para levantar su iglesia y labrar su púlpito.
Amigo de tener amigos, lo fue al igual del hacendado Francisco Díaz, como de muchos indios y mestizos que figuran en padrones elaborados cuidadosamente, nombre por nombre, de todos sus feligreses en edad de confesión, hombres y mujeres.
Con una de éstas tuvo amores. Se llamaba Brígida Almonte, soltera y natural de Nocupétaro. Fruto de ellos fue Juan Nepomuceno, nacido el 15 de mayo de 1803. Según parece, la madre murió antes de 1810. En 1809 nació una hija de Morelos, cuyo nombre es desconocido, al igual que el de su madre. Sólo sabemos que a los seis años la niña vivía en Nocupétaro.75 Especialmente con Juan Nepomuceno, Morelos afrontó su responsabilidad paterna de criarlo y educarlo, pero no dejaron de pesarle las reservas a que estaba constreñido por su celibato: no le dio su apellido.
Inflexible en las reprensiones que consideraba justas, como en el incidente con los de Carácuaro, también se fue endureciendo en el resentimiento criollo frente al abuso peninsular. Por la posición que ocupaba disponía de una perspectiva privilegiada para percibir a fondo la tragedia de los explotados y la insolencia de los poderosos. Sus ahorros nunca hicieron de él un magnate. Los juntaba con ahínco y los gastaba con largueza, hasta quedarse otra vez sin nada. En el hambre de 1810 no estuvo al lado de los satisfechos: “Todas las obvenciones tengo fiadas, sin poderlas cobrar, por la hambre que hubo aquí este año. Yo, hubo día que comí con sólo elotes.”76

Se decide por la revolución
La conciencia en Morelos de los problemas políticos se despertó, como vimos, desde 1808, y se agudizó desde mediados de 1809, tiempo especialmente grave para Michoacán, pues en Valladolid se había constituido un foco de conspiradores que tenían contacto con diversos lugares del obispado y en Querétaro. Era un secreto a voces, cuyos rumores debieron llegar a Morelos. Y más que rumores, porque el vecino cura de Urecho andaba comprometido.77
De ser cierta la presencia de Morelos en Valladolid durante las posadas del año de 1809, habría una sugestiva coincidencia con la fecha en que debía estallar la sublevación, e1 21 de diciembre, en cuya noche fueron descubiertos y detenidos los jefes.78 Lo más sorprendente es que entre los aprehendidos días después, como resultado del proceso, estaba Romualdo Carnero,79 el pariente de Morelos, último opositor de la dichosa capellanía, en cuyo favor se había desistido el cura de Carácuaro.
A partir de entonces se incubó en Morelos la idea revolucionaria. Siguió en su ministerio y siguió en sus negocios, pero ya se habían desatado, incontenibles, una serie de reflexiones. En ellas no dejaron de tener parte sus antiguas lecturas: la opresión del pueblo israelita en Egipto y la hazaña libertadora del Éxodo, las tiranías de Antíoco y la rebelión de los Macabeos; la página del moralista Echarri donde consigna los pecados que claman al cielo, entre ellos la explotación del jornalero; y hasta las hazañas de Alejandro Magno escritas por Curcio y traducidas desde los años pasados en San Nicolás. Páginas todas que cobraban un nuevo sentido a la luz de los acontecimientos que conmovían a Europa y despertaban a América.
El poder colonial había sofocado las voces alzadas por la independencia en el año de 1808 y había silenciado las que en 1809 se iban a levantar en la conspiración de Valladolid. En ambos movimientos, militares y abogados llevaban la dirección principal. En 1810 un clérigo de prestigio decidió acaudillar el movimiento libertario, que tomó los visos de mesianismo político y arrollador.
El 20 de octubre de ese año, Morelos se presentó a sus órdenes y le fue dada la misión de libertar el sur de la Nueva España.80 El papel de Morelos en la insurgencia tomó como primera guía las instrucciones de Hidalgo, pero la personalidad del cura de Carácuaro imprimiría al movimiento un sello inconfundible. Ahí se adivina el ingenio práctico del carpintero de Valladolid y del labrador de Tahuejo. Ahí se echa de ver el tesón irreductible de Juana Pavón. Ahí se traslucen la disciplina del colegial de Valladolid, la fe del cristiano y los cálculos del negociante. Ahí continúa el liderazgo con energía y sentido del humor. Ahí, finalmente, se proyectan las luces y las sombras que había recogido Morelos hasta 1810.
Pero la convicción del cura de Carácuaro por la independencia era tan profunda, que se inscribía más allá de su preparación y de su oficio: “Siempre contó con la justicia de la causa, en que habría entrado, aunque no hubiera sido sacerdote.”81

 

* Estudio introductorio a su obra Morelos, antología documental, México, SEP, 1985.
** Historiador, catedrático de la Universidad Autónoma del Estado de México y de El Colegio de Michoacán.

1 Certificado de la partida de bautismo de José María Morelos. Valladolid, 4 de octubre de 1765.
2 Carlos María de Bustamante, Cuadro Histórico de la América Mexicana, comenzada en quince de septiembre de mil ochocientos diez por el ciudadano Miguel Hidalgo y Costilla, México, t. II, p. 186. Gabriel Ibarrola, Familias y casas de la vieja Valladolid, Morelia, Fimax, 1969, p. 310.
3 Boletín del Archivo General de la Nación, México, abril-junio, 1958, XXIX, n. 2, p. 231.
4 José María Morelos, estudiante de gramática, aspira a la capellanía fundada por su bisabuelo. Valladolid, 13 de julio de 1790.
5 Boletín del Archivo General de la Nación, op. cit., p. 204; Gabriel Ibarrola, op. cit., p. 307; José R. Benítez, Morelos, su casta y su casa en Valladolid (Morelia), Morelia, Gobierno del Estado de Michoacán, pp. 70-71.
6 Lucas Alamán, Historia de México, t. II, p. 316.
7 José María Morelos firma en lugar de su tío Felipe Morelos la manifestación del diezmo, 19 de diciembre, 1785: Archivo Casa de Morelos, vitrina especial.
8 Carlos María de Bustamante, op. cit., loc. cit.
9 Martín Luis Guzmán (ed.), Morelos y la Iglesia Católica, México, Empresas Editoriales, 1948, p. 168.
10 Ibid., pp. 162-163.
11 Boletín del Archivo General de la Nación, op. cit., p. 209.
12 Certificado que extiende Jacinto Mariano Moreno, catedrático del Colegio de San Nicolás, a favor de José María Morelos, Valladolid, 24 de agosto de 1791.
13 Agustín García Alcaraz, La cuna ideológica de la independencia, Morelia, Fimax Publicistas, 1971, Colección Bicentenario 3, p. 172.
14 Boletín del Archivo General de la Nación, op. cit., loc. cit.
15 Registro del acto público de filosofía en que Morelos arguyó y del acto que sustentó, Valladolid, 16 y 20 de febrero de 1795.
16 Certificado que extiende José María Piza, catedrático del Seminario Tridentino de Valladolid, a favor de José María Morelos, Valladolid, 5 de noviembre de 1795.
17 Registro del título de bachiller en artes (filosofía) obtenido por Morelos en la Universidad de México, México, 28 de abril de 1795.
18 Cfr. nota 16; Boletín del Archivo General de la Nación, op. cit., loc. cit.
19 Agustín García Alcaraz, op. cit., p. 173; Boletín del Archivo General de la Nación, op. cit., loc. cit.
20 Enrique Arreguín, A Morelos. Importantes revelaciones históricas, Morelia, Talleres de la Escuela Industrial Militar, 1913, pp. 51-66.
21 Ibid., pp. 51-66; Solicitud de José María Morelos para que sea admitido en el diaconado, Valladolid, agosto de 1796.
22 Certificado del cura de Uruapan, en favor de Morelos, sobre el desempeño de su diaconado, Uruapan, agosto 10 de 1797.
23 Boletín de Archivo General de la Nación, op. cit., loc. cit.
24 Vid. nota 22.
25 E. Arreguín, op. cit., p. 79.
26 Morelos informa al obispo San Miguel que va a recibir curato de Churumuco, Uruapan, 1° de febrero de 1796.
27 Archivo Casa de Morelos, Negocios diversos, año 1800, legajo 2.
28 Autógrafos de Morelos, México, Archivo General de la Nación, 1918.
29 Archivo de Notarías y del registro público de la propiedad, Morelia, Notario Aguilar, v. 195, aa. 1796-1798.
30 E. Arreguín, op. cit., pp. 5-7; José R. Benítez, Morelos su casta y su casa en Valladolid (Morelia), Morelia, Gobierno del Estado de Michoacán, 1964, pp. 48-51.
31 Autógrafos de Morelos, op. cit., 2 de enero de 1799, s/p.
32 E. Arreguín, op. cit., p. 7.
33 Autógrafos de Morelos, op. cit., 2 a 29 de mayo de 1799, s/p.
34 Archivo parroquial de Nuevo Urecho, Libro de matrimonios, julio de 1798 a 13 de marzo de 1813, f. 8. Los originales de las partidas de Morelos fueron solicitados en 1902 por el gobernador Aristeo Mercado. En su lugar se insertaron copias autenticadas. Una de las hojas arrancadas, del Libro de defunciones, es la que apareció facsimilar en Autógrafos de Morelos.
35 Enrique Arreguín, op. cit., pp. 33-39.
36 Morelos solicita trasladarse a Valladolid para curarse y continuar sus estudios. Entre mayo y septiembre de 1800.
37 Raúl Arreola Cortés, Tacámbaro, Carácuaro-Necupétaro, Turicato, México, Gobierno del Estado de Michoacán, 1979, pp. 105-106.
38 Archivo del arzobispado de Morelia, Libro en que consta hecho el reglamento por la contaduría de diezmos…, a. 1804, f. 17.
39 Ibid.
40 Gabriel Ibarrola, op. cit., p. 487.
41 M. L. Guzmán, op. cit., pp. 176-177, 185-187, 199-205.
42 Juan de la Torre, Bosquejo histórico y estadístico de la Ciudad de Morelia… México, Imprenta Ignacio Cumplido, 1883, p. 219. Archivo de notarios y del registro público de la propiedad, Morelia, Notario Aguilar, v. 222, aa. 1810-1812, f. 267.
43 J. R. Benítez, op. cit., pp. 106-108.
44 Ibid., pp. 80-81. Archivo de notarías… v. 229, aa. 1823-1824, f. 13-14.
45 J. R. Benítez, op. cit., loc. cit.
46 Museo de la casa de Morelos, Morelia, cuadros con originales en exposición, planta alta.
47 Archivo de notarías… Notario Aguilar, v. 222, aa. 1810-1812, f. 264v-268.
48 Carta de Morelos a su cuñado Cervantes sobre el envío de ganado y otros negocios. Alude a la insurrección. Carácuaro, 21 de octubre de 1810.
49 Morelos sobre la dificultad de construir cementerios extramuros y sobre el que ya hizo junto con otras obras. Nocupétaro, 27 de julio de 1809.
50 Ultimátum de Morelos al comandante de Acapulco. Acapulco, 30 de abril de 1813.
51 M. L. Guzmán, op. cit., pp. 205-207.
52 Ibid., pp. 211-213.
53 Morelos toma posesión de la capellanía fundada por su bisabuelo, Valladolid, 19 de septiembre de 1809.
54 Wilbert H. Timmons: Morelos. Sacerdote, soldado, estadista, México, Fondo de Cultura Económica, 1983, p. 36.
55 Vid. nota 49.
56 Archivo General de la Nación, Clero secular, v. 53, f. 6; M. L. Guzmán, op. cit., p. 206; Archivo de notarías…, Notario Aguilar, v. 229, f. 265.
57 Wilbert H. Timmons, op. cit., p. 34.
58 Enrique Arreguín, op. cit., pp. 40-43.
59 Carta de Morelos a su apoderado Robles para que tramite la desmembración de algunas haciendas y estancias de Carácuaro, Carácuaro, 13 de abril de 1807.
60 E. Arreguín, op. cit., pp. 44-45.
61 Archivo Antonio Arriaga en Centro de Estudios de la Revolución Mexicana “Lázaro Cárdenas”, en Jiquilpan, Mich. Copia de Respuesta de Morelos a la carta pastoral de 20 de marzo de 1809.
62 Autógrafos de Morelos, op. cit., s/p.
63 Archivo Casa de Morelos, Morelos comunica que ha dado sepultura al cura de Purungueo; doc. en vitrina especial.
64 Carta de Morelos al gobernador del obispado, Juan Antonio Tapia, indicándole que contribuye con 30 pesos para auxilio del rey. Nocupétaro, 30 de diciembre de 1808. Vid. nota 61; E. Arreguín, op. cit., pp. 11-12.
65 Vid. nota 63.
66 Archivo Casa de Morelos, Morelos certifica que ha asistido al cura de Purungueo en su enfermedad; doc. en vitrina especial.
67 José Bravo Ugarte, Historia sucinta de Michoacán, II Provincia mayor e intendencia, México, Jus, 1963, p. 166.
68 Ibid., p. 189.
69 Autógrafos de Morelos, op. cit., s/p.
70 Archivo Antonio Arriaga en Centro de Estudios de la Revolución Mexicana “Lázaro Cárdenas” en Jiquilpan, Mich. Documentos sobre Morelos, v. 8, p. 7.
71 Ibid., p. 14.
72 Vid. nota 64.
73 Archivo Antonio Arriaga…, v. 10, p. 28.
74 Vid. nota 64.
75 Boletín del Archivo General de la Nación, op. cit., pp. 204, 207, 232.
76 Vid. nota 48.
77 José María Miguel i Verges, Diccionario de insurgentes, México, Porrúa, 1969, p. 170.
78 Carlos María de Bustamante, op. cit., t. I, pp. 335-336.
79 José Bravo Ugarte, Historia sucinta de Michoacán, III, Estado y Departamento (1821-1962), México, Jus, 1964, pp. 17-18.
80 Morelos, Documentos inéditos y poco conocidos, Publicaciones de la Secretaría de Educación Pública, 1927, Colección de Documentos del Museo Nacional de Arqueología, t. II, pp. 331-332.
81 Boletín de Archivo General de la Nación, op. cit., p. 227, Declaración del propio Morelos ante la Inquisición.

Regresar | Contacto | © 2007 UOMVLT