Geometría enajenada:
Lima y Ciudad de México

Segunda Parte

JORGE FUENTES MORÚA**

 

VI. Las sendas
Las experiencias vitales, la formación intelectual de Arguedas y Revueltas se aprecian nítidamente tanto en El Sexto como en El apando. Las situaciones límite cobran vida en estos relatos obligando a los autores a manifestar claramente sus puntos de vista. Las circunstancias narradas no fueron ajenas a sus propias vidas, pues Arguedas vivió la experiencia del presidio en El Sexto; por su parte Revueltas ya había sufrido la prisión en la Correccional para Menores de la Ciudad de México y también había sido recluido en dos ocasiones en el temible penal de las Islas Marías antes de haber estado encarcelado en el Palacio Negro de Lecumberri, donde redactó El apando. Estos hechos dotan de cierto sentido autobiográfico a estos relatos. La experiencia en las mazmorras mueve las fibras más profundas de los seres humanos, pero particularmente la de los presos políticos quienes terminan sometidos al encarcelamiento cuando su propósito, su proyecto histórico consistió en alcanzar la libertad y la justicia.1 Estas consideraciones son válidas porque Arguedas y Revueltas en dos aspectos no fueron presos comunes, primero porque los dos fueron presos políticos y segundo porque los dos disponían de notable sensibilidad, cultivada y orientada por la inteligencia, talentos desarrollados por el trabajo intelectual fincado en las mejores tradiciones culturales y filosóficas latinoamericanas y europeas. No es fácil, más aun es imposible, tratar de saber el modo como asumieron estos escritores y militantes el absurdo al encontrarse recluidos en lugares tan violentos e irracionales como El Sexto y Lecumberri, pero lo que sí es posible conocer es el modo como racionalizaron y expresaron literariamente su presidio. En El Sexto Arguedas relata minuciosamente el modo como estaba configurada la sociedad peruana, al parecer un régimen de castas en el cual la procedencia étnico racial resultaba determinante. Negros en primer término: Puñalada mostrando como único argumento de su predominio sobre el resto de los presidiarios su corpulencia, su descomunal fuerza y su servilismo ante la gendarmería y el director del penal; también un joven negro administrador de la celda –burdel– controlada por Puñalada; el negro ranchero quien armado de un palo distribuía las raciones apaleando a los desobedientes; el negro idiotizado mostrando su voluminosa prominencia genital por unas monedas, el negro viejo y danzante, pidiendo limosna por unos cuantos pasos de baile; el negrito, uno de los amantes de otro de los siniestros amos de El Sexto, Maravi. La migración asiática a Perú también tiene sus presos en El Sexto, El Japonés. Son pocas las menciones de blancos y criollos, probablemente Pacasmayo. Los indígenas están en los extremos; de una parte Cámac, quien encarna al indio, al campesino proletarizado, convertido en minero y como proletario luchando contra el imperialismo norteamericano, del otro lado Libio Tasaico, injustamente acusado de robo por su patrona y ya en El Sexto violado por Puñalada y su grupo de negros. Los policías, el inspector, el médico, el soplón apodado El Pato, ellos todos parecen mestizos pero también los son dos personajes fuertes y redentores Gabriel y El Piurano, Don Policarpo Herrera, contienen el poder de la razón y el de la fuerza, respectivamente. El análisis político es riguroso, las contradicciones políticas de la sociedad peruana son representadas al interior del presidio: a) la dictadura militar; b) la oposición aprista; c) la oposición comunista; d) la presencia del imperialismo norteamericano apoderándose de la principal riqueza de Perú, la minería; e) los reclamos democráticos de quienes sin tener militancia partidaria reclaman una trasformación justiciera para el Perú. El relato también presenta aspectos de la crisis social peruana: barrios marginales donde proliferan individuos miserables como El Puñalada o donde se refugian seres humanos enloquecidos como Clavel. El escritor no olvidó los más mínimos aspectos para describir las casas de lámina de los marginados, ni la pestilencia de sus calles. Los presos mueren de modo violento pero también de enfermedad, el estigma propio de la promiscuidad sexual, sífilis. La escritura de Arguedas manifiesta claramente su formación como antropólogo, historiador y literato sin olvidar su dominio del quechua.
Es cierto que El apando fue redactado en el temible Palacio Negro, Lecumberri. Revueltas, leal tanto a su dicho como a su ironía, había señalado que el Estado le había otorgado becas cada vez que lo encarcelaba, pues las reclusiones presidiarias le permitían estudiar y escribir. Si bien es cierto que una novela suya como Los muros de agua está inspirada en las reclusiones padecidas en el penal de las Islas Marías, sin embargo, no fue escrita en este lugar. En cambio, El apando fue redactado en prisión, configurándose como la expresión literaria de sus reflexiones teóricas, filosóficas y políticas desarrolladas en torno a la problemática de la enajenación planteada en la obra primordial del Marx joven: Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Esta obra se caracteriza por la intensa relación de Marx con la filosofía de Hegel. Poco antes del estallamiento del movimiento estudiantil-popular de 1968, Revueltas reanudó sus investigaciones sobre la conciencia y la enajenación. Por ello ya recluido en Lecumberri continuó desarrollando un conjunto de estudios en torno a la problemática de la conciencia y la enajenación. La reunión de esos trabajos teóricos originó el libro Dialéctica de la conciencia.2 Las obras inmediatamente anteriores a El apando fueron el libro sobre política e historia: Ensayo sobre un proletariado sin cabeza y la novela Los errores. Como puede advertirse la redacción de El apando fue construida sobre andamios cuyas conexiones están constituidas por una argumentación fundada en la razón dialéctica, pues eso es lo que aparece recurrentemente de modo filosófico y literario en: Ensayo sobre un proletariado sin cabeza (1962), luego en la novela Los errores (1964), diversos estudios sobre la conciencia y la enajenación desde 1964 hasta 1974 que dieron lugar al libro Dialéctica de la conciencia. En consecuencia, la coyuntura intelectual en la que fue escrito El apando es la que explica su carácter racionalista-dialéctico. Son personajes sin nombre, de los guardias sabemos que son simiescos y homosexuales mono y mona. Las celadoras encargadas de revisar a las mujeres son lesbianas impersonales. Todos semejan apéndices de las rejas y los muros. Los presos son Albino y Polonio, también El Carajo. De los primeros sólo se sabe que son presos comunes, fuertes físicamente. El Carajo, contrahecho y deforme, cojo y tuerto, adicto mortuorio. Las mujeres son: la madre de El Carajo y las respectivas parejas de Polonio y Albino, Meche, la mujer de Albino, era mujer honrada, ratera sí, pero no se dejaba padrotear, sólo se acostaba con otro hombre por gusto, no le faltaban las propuestas, estaba muy buena por eso incluso hasta con Polonio se había acostado; La Chata, mujer de Polonio, es figurada como una mujer soberbia. Revueltas abunda en la descripción corporal de El Carajo logrando producir en el lector una mezcla de compasión y repugnancia; lo mismo hace con la fisonomía de la madre de El Carajo, madre e hijo encarnan procesos de pauperización física e intelectual los cuales figuran intensamente en la novelística de Revueltas, la humanidad es crecientemente animalizada, degradada. Meche y La Chata son descritas como mujeres bestialmente hermosas dotadas de una ética peculiar y, como la madre de El Carajo, plenamente dispuestas a hacer todo lo necesario para introducir la droga reclamada urgentemente por Polonio y Albino. La única determinación histórica que aparece de modo ubicuo y firme es la capacidad de poder del Estado. La geometría enajenante es resultado de la arquitectura y la ingeniería empleadas para reprimir, vigilar y castigar. La tarea de los monos y las monas es mantener noche y día la mirada vigilante, dar curso al panoptismo calculando todos los movimientos, las acciones y los deseos de los presos. Desde la entrada a Lecumberri inicia el castigo, las mujeres deben padecer el manoseo de las celadoras lesbianas cuya fisonomía no es descrita, sólo su función; reprimir y someter, imponer un erotismo vulgar y disfrazado, mediante tacto vaginal. En consecuencia, los personajes de Revueltas en este relato son descarnados, cumplen una función primordial, podría decirse que lógica, abstracta, unos deben reprimir, vigilar, castigar; otros construyen el delicado vínculo de la libertad, pero tampoco hay una sola libertad, cada quien tiene su margen de libertad, esa edificada mediante el proceso constructivo de las relaciones necesarias para alcanzar los propios satisfactores, sin embargo cada uno de estos modos de luchar por la libertad no son otra cosa que modos de expresión de una necesidad humana fundamental: la libertaria. Es cierto que puede ser enajenada como es la de los personajes habitantes de El apando pero finalmente el escritor cumple su propósito en una coyuntura política que en esos años se caracterizó en México por el ascenso de las luchas democráticas, socialistas y también guerrilleras; por lo anterior Revueltas efectúa un estudio molecular de la coyuntura mexicana de esos años, se trata de un movimiento social cargado de contenidos libertarios que debieron enfrentar un Estado altamente represivo cuyo panoptismo ubicuo vigilaba todos los nichos de la sociedad.

VIII. Las figuras prometeicas
No obstante el entorno y las sensaciones asfixiantes comunicadas por El Sexto y El apando, éstos no constituyen textos cerrados, pues en la escena literaria de los relatos figuran personajes cuyas acciones y cosmovisiones impiden pensar que el círculo opresivo e ignominioso es perfecto y no tiene salidas, ventanas para facilitar la fuga. Tanto en El Sexto como en El apando, la escritura presenta las fisuras por donde se construyen las fugas, las huidas.
El Sexto, debido a su escritura impregnada de realismo histórico, presenta con claridad aquellos personajes que son portadores de energía amorosa cuya traducción a principios políticos puede transformarse en solidaridad, fraternidad, lealtad y la capacidad intelectual y afectiva, suficientemente poderosa para superar los hechos que muestra el presente; ese presente sórdido y pestilente como es la vida en El Sexto. Alejandro Jiménez Cámac es un indígena cuya comunidad agraria fue destruida y sus habitantes han sufrido el proceso de proletarización. Cámac, como otros comuneros, una vez desarticulada la economía comunal ha sido proletarizada, por ello abandonó sus cultivos donde gozaba de la luminosidad y calidez solar, para ser arrojado a la oscuridad de los socavones y tiros de las minas. Cámac, convertido en proletario, abrazó las banderas del comunismo; sugiriendo este personaje cómo ha sido el comunismo peruanizado, tal nacionalización está dada por la asimilación del comunismo desde la tradición comunal indígena. Por ello, Cámac permite recordar las ideas de José Carlos Mariátegui. Cámac está encarcelado en El Sexto debido a su actividad como dirigente proletario entre los mineros; por su participación como militante del Partido Comunista y por su decidido antiimperialismo; conoce las secuelas del imperialismo muy bien, pues ha sido explotado por la minera de Cerro Pasco. Antes de su encarcelamiento en El Sexto, Cámac ya ha estado en otros penales, acusado de delitos urdidos por los poderosos para ocultar cómo el propósito verdadero sólo era castigar a un organizador de sindicatos y huelgas. Cámac es tuerto, un ojo padece extraña enfermedad que lo ciega, el ojo útil además de mirar como cualquier ojo, también tiene la capacidad de ver como el ojo de la Providencia.3 Por ello, este curtido militante comunista con su mirada monocular logra trasmitir sentimientos de justicia, rebeldía, solidaridad, fraternidad, pero sobre todo, un sentimiento de transcendencia y rupturas no sólo con la miseria de El Sexto, también con todas aquellas lacras destructoras de la sociedad peruana. Cámac falleció en el penal y su muerte originó la movilización combativa de los presos políticos, en primer lugar los comunistas; pero también lograron que importantes sectores apristas se solidarizaran con el funeral del viejo luchador proletario. Cámac es un indio y en su idea de comunismo se prefigura otra nación peruana. Ni la corrupción ni la persecución han debilitado el alma acerada de este indio, piedra angular de la nueva peruanidad. Gabriel es un joven militante de las causas democráticas, ajeno a los conflictos políticos vivos aun en El Sexto entre comunistas y apristas. Este joven Prometeo encarna la figura del humanista comprometido con las causas de la igualdad, la justicia y la fraternidad, viejos ideales por Gabriel renovados debido a su origen pueblerino y por su conocimiento de la lengua y la cultura quechua, así construye la fuga de El Sexto a partir de viejos sentimientos, estos le impiden permanecer indiferente o aislado ante las injusticias. Don Policarpo Herrera, El Piurano, reúne las virtudes de un hidalgo pueblerino, de una notabilidad pueblerina incluida su destreza para manejar cuchillos, dagas, chavetas. Don Policarpo ha rebasado los cincuenta años pero su figura no ha perdido nobleza y gallardía, mantiene vivo su valor personal para el combate cuerpo a cuerpo, esta notabilidad pueblerina no pertenece a ninguna organización política; sin embargo su dignidad personal y su rebeldía ante las injusticias constituyen otra vía de fuga, de salida de la prisión. Conviene hacer notar que ninguno de estos tres personajes son limeños, provienen de pequeñas ciudades o de pueblos, en suma de la periferia. En El Sexto existe una perspectiva clara y distinta del significado de la opresión y de la libertad. Incluso el sujeto histórico libertario se perfila claramente integrado por los segmentos sociales de donde provienen los prometeos aquí señalados: indígenas y mestizos, constituyen las piedras angulares de la nueva Nación peruana.
Las figuras prometeicas también aparecen en El apando pero no de manera clara; surgen como conciencias enajenadas cumpliendo con sus tareas libertarias de modo enajenado, cosificado. Entre la desagradable figura de la madre de El Carajo y el mismo repugnante Carajo existe un sórdido amor maternal y filial; la madre está dispuesta a burlar todo el cerco carcelario para llevarle al hijo la droga, ésta le proporciona gran felicidad, le permite fugarse en primer lugar de su contrahecho cuerpo y luego de la misma prisión. Albino y Polonio también son adictos pero están decididos a llevar su huida libertaria más allá del momentáneo placer proporcionado por la adicción. Es verdad, gozan de los amores de La Chata y Meche, ellas les ofrecen otro modo de conquistar la libertad. Además Albino ostenta en el vientre un tatuaje brahamánico, éste le permite ejecutar una danza extraordinariamente sensual. Asimismo Albino y Polonio también son adictos. No obstante, ni los delirios de los narcóticos, ni el alcohol logran resolver su implacable necesidad de libertad auténtica. Por eso ninguna de esas conquistas libertarias así sean enajenantes es suficiente para configurar la auténtica libertad, esa libertad que en la filosofía de Hegel aparece como la lucha entre el amo y el esclavo, como la dialéctica entre el amo y el esclavo. Polonio y Albino emprenden su propia rebelión, logran quedar encerrados con algunos monos y monas, inicia el combate despiadado, violento y desesperado:

…Con un solo y brusco ademán Albino cerró el candado de la puerta que comunicaba con la Crujía. Ahora estaban solos con el comandante y los tres celadores, encerrados en la misma jaula de monos. Cuatro contra tres; no, dos contra cuatro […] ‘Ora vamos a ver de a como nos toca, monos hijos de su puta madre’, bramó Albino a tiempo que se despojaba de su cinturón de baqueta para blandirlo en la pelea. Un garrotazo en pleno rostro, sobre el pómulo y la nariz, le hizo brotar una repentina flor de sangre, sorprendente, como salida de la nada. Polonio y Albino estaban convertidos en dos antiguos gladiadores, homicidas hasta la raíz de los cabellos. La pelea era callada, acechante, precisa, sin un grito, sin una queja. Tiraban a matar y herirse en lo más vivo, con los pies, con los garrotes, con los dientes, con los puños, a sacarse los ojos y romperse los testículos. Las miradas, las actitudes, la respiración, el calculado movimiento de un brazo, el adelantar o el retroceder de un pie, consagrados por entero a la tensa voluntad de un solo y unívoco fin implacable, trasudaban la muerte en su presencia más rotunda, más increíble […] Llegaron de la Comandancia otros monos, veinte o más, provistos de largos tubos de hierro. La cuestión era introducirlos, tubo por tubo, entre los barrotes, de reja a reja de la jaula, y con la ayuda de los celadores que habían quedado en el patio de la Crujía, mantenerlos firmes, con dos o tres hombres sujetos a cada extremo, a fin de ir levantando barreras sucesivas a lo largo y lo alto del rectángulo, en los más diversos e imprevistos planos y niveles, conforme a lo que exigieran las necesidades de la lucha contra las dos bestias, y al mismo tiempo atentos a no entorpecer o anular la acción del Comandante y los tres monos, en un diabólico sucederse de mutilaciones del espacio, triángulos, trapecios, paralelas, segmentos oblicuos o perpendiculares, líneas y más líneas, rejas y más rejas hasta impedir cualquier movimiento de los gladiadores y dejarlos crucificados sobre el esquema monstruoso de esta gigantesca derrota de la libertad a manos de la geometría. Las tres primeras de las cinco barras horizontales que hacían perpendicular con los barrotes de cada reja del cajón, primero como punto de apoyo para los tubos que irían de lado a lado y después como estructuración vertical del espacio, bastaban a los propósitos de la operación, pues la inferior, a la altura de las rodillas, y las de en medio y superior, a los niveles del bajo vientre y del cuello en un hombre de dimensiones regulares –Albino, no obstante, rebasaría con la cabeza la línea superior–, permitirían tender los trazos invasores con los cuales aherrojar, hasta la inmovilidad más completa, al par de rebeldes enloquecidos. Ellos, los gladiadores, eran invencibles, incluso por encima de Dios, pero no podían con esto. Empujaban los tubos hacia arriba, saltaban, forcejeaban de mil maneras, pero al fin no pudieron más. Los celadores entraron a la jaula para sacar al Comandante y a los tres compañeros suyos, convertidos en guiñapos […] Colgantes de los tubos, más presos que preso alguno, Polonio y Albino parecían harapos sanguinolentos, monos descuartizados y puestos a secar al sol…4

El apando fue redactado en la Cárcel Preventiva de la Ciudad de México (Lecumberri), durante los meses de febrero-marzo de 1969. El movimiento estudiantil y popular había iniciado en julio de 1968. Durante los meses de julio, agosto y septiembre los estudiantes libraron verdaderos combates contra la policía y los granaderos, incluidos algunos choques con militares. Escuelas, calles y avenidas se convirtieron en campos de batalla, pronto los reclusorios fueron quedando saturados, en las redadas se capturaron cientos de estudiantes quienes fueron trasladados inmediatamente a los reclusorios y después de la masacre del 2 de octubre de 1968 también el Campo Militar No. 1 sirvió para encarcelar y torturar a la mayor parte de los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga.
La lucha de Albino y Polonio en el presidio, en la celda, atravesada por barrotes de metal, cuadriculó el territorio, configurando una metáfora sobre lo que había sucedido paulatinamente en la ciudad de México. Su territorio había sido convertido en una extensa cuadrícula acotada por las fuerzas represivas en sus distintas facetas: patrullas policíacas, camiones de granaderos, vehículos militares, policías uniformados, policías “secretos”, delatores, “orejas”, etcétera.
La Plaza de Tlatelolco fue convertida el 2 de octubre de 1968 en una enorme celda, en un cajón como aquel donde Albino y Polonio combatieron a monos y monas en lucha desigual hasta quedar brutalmente golpeados casi descuartizados. El 2 de octubre los estudiantes terminaron acorralados en el gigantesco cuadrilátero formado por la Plaza de Tlatelolco, rodeada de edificios multifamiliares. Los comandantes militares, policíacos y parapolicíacos cruzaron, atravesaron, ensartaron el enorme espacio del cuadrilátero configurado por la Plaza de Tlatelolco, no con tubos de hierro sino con ráfagas de ametralladoras y otras armas automáticas, fuego cruzado. Del cielo también descendieron las barras de hierro, pues desde los helicópteros los disparos acribillaron a los estudiantes. Los disparos de los vehículos militares artillados ensartaron a los estudiantes convertidos en cuentitas hasta formar un collar de cuerpos, sangrantes. La entereza de Revueltas le permitió redactar El apando, paradójica proclama libertaria desde su crujía; sin embargo, el escritor no perdió lucidez, por eso no dejó de lado los síntomas de la decadencia. Por eso Ventura es como Cámac, puede ver más que los ojos de todos, sus miradas de cíclope son alentadoras y optimistas; El Carajo también es tuerto pero la mirada de su único ojo es turbia, criminal. Es la visión monocular de la derrota, del mismo modo que el combate de Albino y Polonio constituyen la evidencia del poder de la pasión libertaria.

 

* Profesor-investigador, Departamento de Sociología Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa.

1 Revueltas entrevistado por la escritora Elena Poniatowska, resumió la relación dialéctica entre libertad y prisión con el aforismo siguiente: “Si luchas por la libertad tienes que estar preso, si luchas por alimentos tienes que sentir hambre”, en A. Revueltas y P. Cheron (comps.), Conversaciones con José Revueltas, Era, México, 2001, pp. 196-207.
2 J. Revueltas, Dialéctica de la conciencia, Obras Completas 20, Era, México, 1986.
3 “Su ojo sano era como una estrella, por la limpieza y la energía” […] “–Sí –le dije–. Cámac era distinto; su único ojo tenía más poder y claridad que los dos de todos nosotros. Era tierno y enérgico como nuestras cordilleras”. J. M. Arguedas, El Sexto, edición digital pp. 5 y 58. En la novela Los días terrenales (1949) existe un indio de larga trayectoria política, primero magonista, después comunista, el Tuerto Ventura protege a los cuadros del Partido Comunista que hacen trabajo en esa región, su único ojo es sobrenatural. “Estaba a punto de llegar el solemne, activo y afanoso minuto en que la compuerta fuese levantada, pero Ventura, con su gran y penetrante ojo de cíclope quizá descubrió algo fuera de orden”. J. Revueltas, Los días terrenales, edición crítica, E. Escalante (coord.), CONACULTA, México, 1992, p. 12. Es notable esta coincidencia, pues Revueltas y Arguedas presentan a Ventura y a Cámac como indígenas militantes en las filas del comunismo, además son tuertos y el ojo sano evoca las representaciones sobre la Providencia. Esta concordancia recuerda las tendencias intelectuales comunes en las que se formaron Arguedas y Revueltas.
4 J. Revueltas, El apando, Obras Completas 7, Era, México, 1991, pp. 53-56.

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