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Sindicalismo y modernidad
HUGO CUENCIA ZÚÑIGA*
Tradicionalmente se ha dicho que los sindicatos son grupos de trabajadores que se organizan dentro de una empresa para exigir y conseguir mejoras para su calidad laboral. En el marco de lo que sería una historia de los sindicatos, la visión y los objetivos de éstos, las conceptualizaciones teóricas han evolucionado, tanto en sus métodos de acción como en su visión de ellos mismos y los empleadores, pasando de una visión de lucha y confrontación directa contra el poder estatal y su natural enemigo patronal, a una visión que pretende ser moderna e integradora, con el fin de evitar su desaparición y lograr un mayor entendimiento con su empleador. Sin embargo, con el paso del tiempo, los patrones también han evolucionado y ven a los sindicatos tanto como una amenaza a sus organizaciones como un poderoso aliado para la mejora de la productividad y la calidad laboral.
De esta manera, las empresas han ideado estrategias para poder abordar las peticiones de los sindicatos y poder convivir con ellos en una aparente armonía, pero también han desarrollado otras estrategias para librarse de ellos o evitar su conformación. Todas estas maniobras tendrán un grado de validez dependiendo del caso en el que se aplicarán y la organización con la que se está tratando.
Un elemento central a considerar es la causa o motivo por la cual se crean los sindicatos dentro de una empresa, las dificultades que se pueden producir para la aceptación y convivencia entre la empresa y las organizaciones sindicales, la supresión de éstas por parte de la empresa y cómo los trabajadores tradicional y legalmente enfrentan y resuelven sus problemas al interior de la misma organización.
Pero en el marco de las actuales luchas sociales y ante la embestida de las organizaciones emergentes de la sociedad civil, podemos afirmar que ésta, en su búsqueda de soluciones traslada el poder de la lucha organizada a formas de resistencia que en el fondo constituyen un retroceso político y social de gran calado; de ahí que surge con plena validez la pregunta: ¿realmente se tiene conocimiento de lo que es un sindicato?
Generalmente se tiene una idea vaga de los sindicatos, se les conoce como grupos de trabajadores organizados que siempre están exigiendo mejoras a la empresa… Esto no responde en modo alguno a lo que es un sindicato. Una respuesta legaloide, “que no certera del todo”, define al sindicato como la asociación de trabajadores o patrones, constituida para el estudio, mejoramiento y defensa de sus respectivos intereses. De la anterior definición podemos señalar que las organizaciones sociales, cualesquiera que éstas sean, no tendrían razón de ser frente a las estructuras sindicales, en función del grado de organización y experiencia teórica que se presume debieran tener los sindicatos; pero la realidad político-social y organizativa de estos organismos dista mucho de ser y cumplir su papel histórico fundacional.
En el México de principios del siglo XX, recién instalada la clase revolucionaria emergente en el poder, se asientan las bases de lo que sería una estructura político-social que impediría por diversos medios la concatenación dialéctica del entramado filosófico de los sindicatos; al observarse como llegan tarde las ideas sociales de la lucha de clases a nuestro país, se cierra una puerta vital para el crecimiento político de la sociedad mexicana en general, y en particular, se atoran los dedos de la historia en el portazo ideológico de la revolución fallida del Estado mexicano.
Los sindicatos, en un primer momento organizacional, al amparo del poder político, logran un crecimiento exponencial que incluso los convierte en la clave de las luchas por el control político de la sociedad y del propio Estado. La apuesta del ejecutivo en su política de masas permite y genera las formas de libertad que paradójicamente constituyen en sí mismas el instrumento de control que dice defender, el México dimanado de la Revolución y sus gobiernos toman conciencia del poder obrero y lo fortifican para beneficio y control de los cuadros surgidos de la Revolución. El precio que paga el obrero organizado es alto y perjudicial a la larga, ello como resultado de un crecimiento paralelo que empantana y promueve el colaboracionismo con el poder y la lucha interna por el control de los trabajadores, sumado al abandono de los trabajadores en sus derechos y el poder que alcanzan los líderes en su relación con el Estado.
En los orígenes teórico-filosóficos del movimiento obrero, el marxismo llega a desplazar el anarquismo al demostrar su contradicción intrínseca y explotada en su natural terreno por la oposición de los trabajadores, es entonces que se dota al movimiento obrero de un cuerpo teórico sustentado en la dialéctica materialista de las relaciones sociales de producción, ese hábeas utilizado en sus orígenes por el Estado termina por convertirse en su instrumento para deshacerse de sus enemigos, es el caso del general Cárdenas que se atreve incluso a utilizar el movimiento obrero para expulsar al general Calles, sin darse mucho a la tarea de convencer a los trabajadores; logra incluso contener el embate internacional llamando al pueblo para la causa del Estado en materia petrolera. En suma, esta época del cardenismo logra un Estado bonapartista que utiliza y reparte a partir de la fuerza organizada de los trabajadores.
Los años, sin embargo, no pasan en vano; dado que el sindicato nació con el germen de su destrucción interior, en las décadas subsecuentes, ese poder al lado del Estado y del patrón lo minaron a tal grado que hoy en día las organizaciones sindicales están en ciernes de desaparecer tal y como las conocimos en las postrimerías del siglo XIX y principios del XX.
Si bien es cierto que los sindicatos en su origen filosófico buscan la mejora de sus afiliados, algunos de ellos se convirtieron con el paso del tiempo en un aparato burocrático apéndice del gobierno en turno; tal abandono de sus principios teóricos, económicos y sociales los han sumido en una terrible crisis de credibilidad. Decía el autor de El Capital, los sindicatos tienen como objetivo económico evitar que la mano de obra pierda su valor y decaiga por debajo de la suma tradicionalmente pagada a los obreros, es decir, tiene como objetivo evitar que al trabajador se le pague menos que a otros en la misma empresa o rama de la producción, y dice que para ello debe coaligarse en organizaciones obreras; por otra parte, al establecerse que tiene como fin político derribar las estructuras capitalistas burguesas a través de la lucha de clases, su evolución política tiende a transformarse en un partido político, cuyo fin es poner en manos de los trabajadores el poder del Estado y con ello detentar el monopolio de la violencia institucional.
En los hechos, la idea central de los sindicatos en sus etapas tempranas de evolución, propalaba la idea del cambio social en beneficio de la sociedad en general a partir de la lucha obrera generalizada y su consecuente organización, considerando que un estadio superior de la lucha política se hallaba en la conformación del partido, es decir, una parte de la sociedad. En México se dejó de lado esta idea y según sus detractores, se ha convertido al sindicato en un defensor de parias y menesterosos del trabajo, la postura de los actuales detentadores del poder político y de buena parte de lo comunidad de intelectuales orgánicos, concibe la necesidad de desaparecer las organizaciones sindicales argumentando que es mejor tratar con el trabajador de manera directa y sencilla para pactar las condiciones de trabajo que ha de prestar éste en fábricas y establecimientos, tan es así que en la próxima legislatura no descartemos que se intente reformar una vez más la legislación laboral que tanto interesa a los grandes consorcios. Estamos en plena globalización y las tareas para la inserción en la cultura global son muchas y de muy diverso calado, pero cabe preguntarse si el Estado mexicano está dispuesto a formar parte de la nueva cultura laboral y a qué precio la sociedad y el movimiento obrero organizado habrán de pagar por insertarse en este nuevo contexto.
A partir de la llegada del mal llamado neoliberalismo en la década de los ochenta, México se encontró con la disyuntiva de mirar hacia el Norte o hacia el Sur, en la síntesis de la geopolítica internacional derivada del Consenso de Washington. Se optó por el Norte, implicando con ello que el discurso institucional se volcara en una diáspora del intelecto y se cayera en una suerte de obediencia mezclada con crecimiento y desarrollo discursivo, en la dualidad de realidades que el país y las economías emergentes internacionales se han subsumido. Desde entonces, se fue gestando un movimiento llamado altermundial ya entrada la década de los noventa del siglo pasado. Estas organizaciones sociales izaron la bandera del compromiso social, con el consabido desprecio a las organizaciones tradicionales de los trabajadores; hoy por hoy y siendo en buena medida financiadas por el mismo Estado y las fundaciones de las grandes empresas trasnacionales, ahora pretenden ser los interlocutores directos con el poder instituido para hacer las reformas sociales que México necesita. Esta relación entre las organizaciones emergentes y el poder de las empresas y gobiernos, implica de fondo un problema serio: ¿Compartirán los mismos problemas e intereses un obrero de Iztapalapa afiliado a una de estas organizaciones y un abogado clasemediero residente en la colonia del Valle? Ambos se quejarán de la carestía, de la crisis, de la falta de oportunidades, del problema de las elecciones intermedias y de un largo etcétera. Compartirán en la lucha política, quizá, el mismo discurso, pero al momento de decidir lo que más conviene a cada quien en los momentos claves de la lucha, ¿qué hacer si ante la realidad social el gremialismo es estéril y la sociedad organizada equivale a un coctel de absurdos que no comparten soluciones ni alternativas en razón de que son diferentes política, económica, cultural y socialmente?
Decía Trotski: “La lucha de clases no es una lucha de argumentos sino de intereses”.* Abogado y Profesor de la Universidad Obrera de México.