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San Ildefonso, la calle, el barrio, la historia, la nostalgia
MANUEL LÓPEZ DE LA PARRA*
No cabe duda que también las ciudades, los barrios, las calles, las edificaciones, el recuerdo de los hechos y sucedidos allí, allá y acullá, se van convirtiendo en partes integrantes y a veces necesarias de la transformación urbana de ciudades, de conglomerados, urbes y que a la postre se convierten en recuerdos, o en simples figuras en el paisaje, pero que mantienen su alcurnia, su señorío, su pujanza cultural e histórica como testimonio redivivo de un entorno que surge y resurge, a veces con brío, con entusiasmo o con vehemencia anacrónica o juvenil.
Tal es el caso concreto de la ciudad de México, que continúa siendo el símbolo per se de lo que significa en los tiempos modernos, y en el umbral del fin de la historia, la patria mexicana, la patria, herencia de muchas generaciones, la ciudad-capital por legado y además por excelencia y antonomasia, en donde la creatividad del mexicano ha sabido darle un cierto sabor agridulce que mucho tiene del modo de ser, de sentir y de ponderar la vida misma, entre lo tradicional y lo moderno, entre lo ancestral y lo novedoso.
Y en este apartado se sitúa el Centro Histórico, anteriormente primer cuadro de la ciudad de México, ciudad-capital de todos los mexicanos. Y dentro de ese antiguo primer cuadro y ahora Centro Histórico, o mejor dicho, colonia Centro, se encuentra, luchando contra el tiempo y el olvido, lo que fuera el barrio universitario, versión a la mexicana del famoso barrio parisin, que en sus buenos tiempos fue albergue obligado de la vida estudiantil, alegre y bohemia, de los estudiantes de la famosa Universidad de París, mejor conocida como la Soborna y de la que el Premio Nobel de la Paz haría un formidable y emotivo relato, y que de manera similar, en el barrio estudiantil de la ciudad de México, dio cobijo a la mayoría de las instalaciones de la Universidad Nacional, en 1929 –declarada autónoma por el gobierno de don Emilio Portes Gil–, creando su propia leyenda, pródiga en hechos y sucedidos, zona que de alguna manera significó un hito bullanguero de las muchas generaciones de jóvenes estudiantes que pululaban por su entorno, por sus calles, por sus escuelas y facultades universitarias por ahí establecidas, y que con su alegría, sus risas llenaban de frescura el ámbito, el entorno circundante.
Fueron, sin duda, las calles de San Ildefonso, en sus dos cuadras, ya que con dirección poniente dichas calles cambian de nombre, o sea, calle de Luis González Obregón, pues por ahí habitó el célebre cronista de la gran ciudad; también en esa cuadra, en la casa marcada con el número 14, nació el poeta Juan de Dios Peza, llamado por la parafernalia de su época “el poeta del hogar”, mote que suena a algo fuera del tiempo y del espacio, de lo moderno y de lo posmoderno. La siguiente cuadra toma el nombre de República de Cuba, con los portales de Santo Domingo a su vera, lugar de trabajo de los llamados “evangelistas”, que ahora utilizan su “laptop” para estar a la altura de estos tiempos, y la hermosa plaza de corte virreinal, enfrente, o sea en las calles de República de Argentina –antigua calle del Reloj–, se sitúa aún una edificación colonial que ha sido asiento de muchas funciones públicas; Guillermo Prieto, en sus “Memorias de mis tiempo”, relata que ahí iba a visitar a don Andrés Quintana Roo, quien lo tomó como su protector. Tiempo después, fue sede oficial del gobierno municipal de la ciudad de México, cuando en lo que es el Distrito Federal regía el sistema político de municipios o ayuntamientos.
En las calles de República de Cuba –tal vez llamada así porque seguramente discurrió por ahí el libertador José Martí, quien residió en San Ildefonso número 40. En la fachada hay una placa que informa, para conocimiento de la posteridad, que el libertador cubano ahí residió en 1894. Homenaje del Ajefismo mexicano, 20 de mayo de 1947. El inmueble está ocupado actualmente por la Representación de Estado Libre y Soberano de Tlaxcala. Pero en las calles de Cuba, en el número 92, aún está la mansión de corte afrancesado que fuera propiedad de la familia de don Adolfo de la Huerta, y que fue hogar por muchos años de la Escuela Nacional de Economía, antes de pasar a ocupar su actual sede en Ciudad Universitaria. En este edificio, propiedad ahora de la Universidad Nacional, dado en comodato a la Asociación de Ex Alumnos de la Facultad de Economía, los estudios de economía adquirieron su consolidación definitiva.
Las calles de Cuba, pues, siguen ostentando una fisonomía especial porque abundan cantinas, cabaretuchos, fondas, aunque todavía están por ahí viejas casonas que datan de épocas pretéritas, como aquella en la que habitó el conquistador español Juan Jaramillo, a quien Cortés casó con Doña Marina, mejor conocida como la Malinche, mujer que hasta el día de hoy sigue siendo motivo de enconadas controversias.
Calle de visos sórdidos, es un ejemplo preciso y transparente de una zona decadente. También por ahí estuvo la librería de don Ángel Pola. Ahora nos acordamos que en la calle de Luis González Obregón, residió don Manuel Zubieta, que fuera gobernador del Estado de México a principios del siglo XX.
Por el lado oriente de las calles de San Ildefonso, están delimitadas por la Plaza de Loreto, recién remozada, pero por el descuido del vecindario ya está dando señales de un nuevo deterioro. No obstante, la plaza no pierde su atractivo, su belleza, su señorío y pujanza de otras épocas; y por las calles de Rodríguez Puebla, para continuar la misma calle pero con el nombre de San Antonio Tomatlán.
Las dos cuadras que llevan el nombre de Calle de San Ildefonso, fueron objeto de una remodelación total hace algunos años, y la principal característica que aún subsiste es que la cuadra donde se ubica el edificio del antiguo Colegio de San Ildefonso es peatonal y está rematada por una estatua de tipo modernizante que trata de representar la figura de Vasconcelos, en pleno debate oratorio, arengando a la grey estudiantil. Tal vez en el calor del debate, pensamos, trata de explicar el significado del célebre lema que surgió en momento culminante de su mente en plena efervescencia, aquel que clama “Por mi raza hablará el espíritu”, y que ciertamente ha sido objeto de muchos análisis, de muchas interpretaciones, pero que a pesar de todo, permanece incólume su sentido profundamente humanístico que caracteriza a la institución pública de educación superior y que su versátil interpretación es motivo de muchos esfuerzos y “quebraderos” de cabeza de muchos eruditos a la violeta, como diría Moratín. Vemos, con sorpresa, que su estatua no sólo está pringosa, sino graffiteada; sucia, en total descuido y abandono.
Las fisonomías de las ciudades cambian, ciertamente, pero en el caso de la de México, esos cambios han sido desastrosos en muchos sentidos. Los urbanistas están de acuerdo en que el decreto o ley que congelaba las rentas de edificios, casas y demás inmuebles, que data de los tiempos del presidente Ávila Camacho, cuando México entra en estado de guerra contra los países del Eje Berlín-Roma-Tokio, y su prolongada duración afectó sensiblemente a toda la gran metrópoli mexicana, pues de esa manera muchas zonas, barrios, colonias, y el mismo primer cuadro o centro histórico, entró en un proceso irreversible de decadencia urbana; aunado a todo esto, empezó la deformación, el deterioro generalizado, y entonces, el lucro empezó a destruir la riqueza arquitectónica, pero hay que considerar que más importante que el lucro de cualquier clase es la dignidad humana. Y en este caso, el detonador fue la prolongada vigencia de la ley de congelación de rentas.
Las calles de San Ildefonso, repetimos, por sus características, son únicas, y las convierten en más bellas la presencia de la Plaza de Loreto. Se sabe que el jesuita italiano Juan Bautista Zappa es quien trae y propaga en 1682 la advocación de Nuestra Señora de Loreto. Con donativos de las congregaciones marianas y jesuitas, se construye la capilla entre los años 1650 y 1690 en los terrenos adyacentes al Colegio de San Pedro y San Pablo.
Paulatinamente, frente a la capilla se va formado una plazuela. Cuando las monjas carmelitas construyen su segundo convento, al que se le conoce con el nombre de Santa Teresa la Nueva, la “Nueva Fundación”, la plaza capta gran vida y animación que aumenta con la proximidad de los Colegios de San Pedro y San Pablo, de San Gregorio, de San Ildefonso.
La Plaza de Loreto, sin embargo, alcanza forma definitiva en las primeras décadas del siglo XIX debido a la magnificencia del Regidor y Conde Antonio Bassoco.
El arquitecto Manuel Tolsá es el artífice de la iglesia de Loreto, una de las más suntuosas edificaciones de finales de la época virreinal, y la más hermosa cúpula neoclásica de la ciudad de México.
Recorrer, paso a paso, estas vetustas calles, entre la algarabía de un ambiente pletórico de ruidos, de tránsito de vehículos, de gritos, de prisas, de riadas de viandantes, de personajes típicamente kafkianos, todo ahora convertido en un sucio y maloliente zoco, donde se vende toda suerte de baratijas, de ropa de munición, de mil y un mercaderías que ahora, al retirar por mandato supremo los puestos callejeros, abarrotan estancias y aposentos adaptados a la carrera para convertirlas en improvisadas tiendas de ropa de importación, de fayuca o de dudosa procedencia, todo aderezado con fondas y “puestos” de comida, y de empellones de los transeúntes; no nos exime de admirar este nicho aislado en el tiempo y en el espacio, y que pugna por sobrevivir pese a la asfixia del tumulto que lo oprime, que lo circunvala, que lo avasalla, y en donde, como diría Muñoz Cota, antiguo maestro de la Escuela Nacional Preparatoria, y que en sus años mozos recorrió estas calles, “aquí flota la historia”; sí, en efecto, la historia ancestral; la historia virreinal y la historia del México independiente, y ahora del México moderno, caótico, errabundo, oscilante.
Estas dos cuadras conservan rasgos de su pasado ilustre, venturoso, cultural y humano. En San Ildefonso, Mora, el liberal ilustrado, dictó por primera vez una cátedra de Economía Política. Nada menos que en “El Generalito”, donde el eco de su presencia y de su voz permanece incólume. Y en ese recinto espectacular, recio, macizo, con altas y simétricas arcadas, con tres patios monumentales, con sus aulas de techos muy altos y espaciosas, albergó a una institución novedosa, laica, la Escuela Nacional Preparatoria, que inicia sus labores el primero de febrero del año del Señor de 1868, en los tiempos juaristas, y debido al proyecto de Gabino Barreda, acabado de regresar de París en donde había asistido a los cursos de Filosofía Positivista por su maestro y creador de esa influyente ideología, Augusto Comte. “Sólo el conocimiento científico es el verdadero”. Y representa, a decir verdad, lo único valedero, el que hará posible la misma sobrevivencia humana. Dio sus inicios conforme al plan de estudios que estuvo vigente e intacto hasta 1878.
Barreda, no por algo había viajado a París en 1851 para asistir a las conferencias de Comte que impartía en el Palais-Royal. De regreso a México, en 1853, trajo los seis tomos del Cours de Philosophie Positive. Ahí en los primeros tiempos de la Escuela Nacional Preparatoria, impartió la clase de Lógica, de Lógica positiva, naturalmente. En el aula uno impartió sus lecciones de Historia Universal, don Justo Sierra.
Soberbio edificio, en efecto, sigue siendo San Ildefonso, al que se entraba por el fondo, que antes era el frente, en la calle que lleva su nombre, a través de una puerta que está custodiada por los frescos de Ramón Alba de la Canal y de Fermín Revueltas.
La primera impresión de San Ildefonso fue realmente esa, una impresión grabada para siempre, con fidelidad litográfica, en la retina del alma; los tres pisos del edificio que había sido de la Compañía de Jesús, donde habían estudiado las últimas generaciones de pensadores del último lapso del México virreinal en un ámbito aún barroco a pesar del espíritu ilustrado de sus moradores, abigarrado entonces por grupos de jóvenes unidos en la diversidad de la etimología universitaria que su condición les prodigaba. Ah, el claustro principal. Los colores sangrientos y plomizos de José Clemente Orozco. El lema positivo que Barreda le obsequió a la Escuela Nacional Preparatoria, “Amor, orden y progreso”, subvertido en el retozo de un patio improvisado como si fuera cancha de futbol, cuya portería era nada menos que La Trinchera de Orozco. El mural de la escalera. Cortés y la Malinche. Él, desnudo, blancuzco, mórbido, sin sexo pero con una mano ávida sobre el cuerpo cobrizo de la Malinche. Y ella, también desnuda, con los pezones –porque, si sólo uno se veía, el otro se adivinaba– morenos y duros como obsidiana. Y la alteración procaz del refrán que periódicamente se endilgaba al mural, y que en memorable ocasión recordara en plena clase, el atildado y propio maestro don Carlos Sánchez Navarro y Peón, Marqués de Montehermoso para más señas.
Además, El Generalito y el Auditorio Bolívar ostentan su propia historia. De repente aparecía “Palillo” acompañado por bellas muchachas, y tras de él, el maestro Erasmo Castellanos Quinto, seguido de una parvada de sus muchos alumnos que querían seguir escuchando su palabra sibilina, mágica, estremecedora, pero elegante y convincente.
Pero ahora la Universidad ya no está ahí, en el que hasta entonces se seguía llamando barrio universitario, a no ser por la Preparatoria que aún permaneció solitaria por unos cuantos años más. Con la construcción de Ciudad Universitaria en el Pedregal, la Universidad se había mudado de casa.
Los estudiantes de Derecho dejaron el edificio un tanto fúnebre que inaugura en 1908 el Presidente Díaz de la antigua Escuela de Jurisprudencia, que se quedó como salvaguarda de tantas palabras engoladas ahí dichas y redichas. Ahí disertaron sabias conferencias lo más granado de la abogacía de muchas épocas. Soto y Gama, discutiendo en la banqueta con sus alumnos acerca de los complejos y enrevesados planteamientos del Derecho Agrario y sus correrías con “Miliano” Zapata. Ahí Bassols, estricto, severo, disciplinado había de intentar fijar nuevos rumbos a la enseñanza universitaria. Ahí, en plena calle, tiempo después, Pedro Rendón armaría multitudinarios mítines para arengar a la “raza” en su intento quijotesco por convertirse en Presidente de la República. Ya por ese entonces, Efrén Hernández inmortalizaría su cuento “Tachas”, verdadero y auténtico boceto de cómo transcurría la vida universitaria en esos benditos tiempos, que poco después sería sacudida por los acontecimientos del año 1929. Por esos años, Efrén Hernández estudiaba el tercer año de Derecho, y fue precisamente en la clase de Derecho Procesal Civil, que impartía el maestro Orteguita, cuando éste le pregunta algo acerca del tema, y como Efrén estaba distraído y no había estudiado no pudo contestar. Relato que impresionó al propio Salvador Novo.
Cuando los estudiantes se trasladaron a las flamantes instalaciones del Pedregal de San Ángel, se llevaron consigo su entusiasmo, su borusca, su juventud. Desertado por sus jóvenes, el centenario Centro de la ciudad de México envejeció de repente y perdió su condición. Se descentró. Ahora más bien se trata de la “colonia Centro”, y nada más.
Pero hay, sin embargo, muchas crónicas que exaltan los ires y venires de este barrio; Baltazar Dromundo, por ejemplo, dejó un emotivo relato sobre “Mi calle de San Ildefonso”, y el poeta toluqueño Horacio Zúñiga, en su libro “El Hombre Absurdo”, relata cómo era el ambiente en la Escuela Nacional Preparatoria, en los años veinte del siglo pasado, cuando impartía clases de Literatura Universal. Eran los tiempos en que en el edificio situado en esa misma calle era la “perrera”, porque ahí se estudiaba el primer año del bachillerato. Ahora lo ocupa una oficina burocrática, la Dirección General de Mantenimiento del Patrimonio Artístico. Hay una placa empotrada en uno de sus muros de la fachada, colocada ahí el 25 de febrero de 1933, que recuerda que se estableció, por primera vez, el 27 de febrero de 1775, el Monte de Piedad.
Hay un folleto, “Romancero de la Escuela Nacional Preparatoria”, escrito por el Bachiller don Fernán Ramírez de Mena, al día siguiente de los desgraciados acontecimientos de la muy ilustre y muy noble Escuela Nacional Preparatoria”, fechado el 28 de agosto de 1923, dedicado ese romance al oficial de bomberos que sufrió lesiones y al gendarme zarandeado por los estudiantes, el día del tumulto preparatoriano. Ahí se relata el motín efectuado en ese plantel, de la conducta del rector y del comportamiento del director de dicha Escuela.
De Economía Política:
Pues esta ciencia imprudente
Molesta al capitalista
Y si el pueblo la interpreta
Se convierte en dinamita
Y es necesario, por tanto,
Ocultar a la vista
De la voraz multitud…
Estas palabras rimadas eran, a la postre, el reflejo de la problemática que se ventilaba en esos momentos, escenificados por un alboroto más que nada provocado por motivos políticos contrarios, de alguna manera, que estaban en pugna en esos tiempos en que el Estado mexicano pugnaba por encontrar nueva forma y por ende nuevas directrices de acuerdo con el sentido de lo que fue a final de cuentas el joven ideario de la Revolución Mexicana, que ahora se han convertido en una cita histórica, pero que dejó su impronta, qué interesante, en el por entonces barrio universitario, las legendarias y nostálgicas calles de San Ildefonso.
Pero a pesar de todo, San Ildefonso continúa dando albergue a varias escuelas, y en especial, destaca la presencia de la Universidad Obrera de México “Vicente Lombardo Toledano”, que ocupa ancestral edificación virreinal, en el inmueble marcado con los números 70 y 72 de esa misma rúa. Está ahí desde el año 1963. Es una edificación de dos plantas, y es parte de lo que fue el Colegio de San Pedro y San Pablo y parte del antiguo Monte Pío Militar, luego hospital, anexo al templo de Loreto. La adaptación del recinto fue obra del arquitecto Enrique Yáñez, que también en una época formó parte de la plantilla docente de dicha Universidad.
Predominan en estos tiempos diversos edificios de varios niveles con fachadas deterioradas, pero como decíamos, su signo continúa siendo la presencia de diversos y variados planteles educativos. En San Ildefonso 28, esquina con las calles de República de Argentina, está el antiguo edificio que ocupó lo que es ahora la Facultad de Derecho. En el edificio anexo, que también formó parte de la citada Escuela Nacional de Jurisprudencia –antiguo cuartel militar–, edificación marcada con el número 30, están las oficinas de la Secretaría de Difusión Cultural de la Escuela Nacional Preparatoria. Cabe recordar que en el edificio de San Ildefonso 32, en el salón situado a la derecha, hay una placa que conmemora la fundación de lo que actualmente es la Facultad de Economía, pues ahí Daniel Cossío Villegas, el 29 de febrero de 1929, impartió la primera clase de Teoría Económica, a los cuarenta y tantos alumnos que se habían inscrito para cursar una profesión universitaria totalmente desconocida en el México de aquel entonces. Ahora, la ciencia económica se estudia en 73 universidades e institutos públicos y privados del país.
En frente, en la esquina en la que estuvo un famoso café de chinos, está hoy un cuartel de la policía, Unidad de Seguridad Escolar; en una plazuela hay un asta bandera, y ahí se inicia una especie de zanja, que se hizo para nivelar el edificio de San Ildefonso, ahora convertido en un gran estacionamiento de los vehículos de ese cuerpo policíaco.
En el número 32 está un restaurante con un jardín que al parecer ya no funciona. En el 38, es una vecindad típica de la zona, con varios patios de muchas viviendas; en el 30, ya lo citábamos, está la casa que habitó Martí, sigue al edificio de corte moderno que ocupan dos escuelas secundarias, una diurna y otra nocturna, la “Carlota Jasso” y la “José María de los Reyes”.
En la siguiente cuadra, cruzando las calles del Carmen, exactamente en la esquina, hay un templo, parte de lo que fue el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo (1573), y que tiempo después ahí se reunió el primer Congreso Mexicano y el Constituyente de 1824. Ahí también se proclamó la ascensión de Agustín de Iturbide como emperador, como consecuencia al motín que inició el sargento Pío Marcha. Después, ese recinto fue ocupado por la Hemeroteca Nacional, el 28 de marzo de 1944, siendo el primer director don Rafael Carrasco Puente; de ahí se trasladó tiempo después a Ciudad Universitaria. Ahora funciona en ese recinto el Museo de la Luz.
En la acera de enfrente está la Escuela Primaria “Rodolfo Menéndez”, y en esa misma acera hay varias bodegas, edificios de apartamentos, dos o tres construcciones antiguas, una de ellas es una casa de huéspedes, y otra funciona como miscelánea o tendejón mixto. Justo en la parte alta de la esquina de esa casona, está una hornacina con la estatuilla de una virgen bastante deteriorada y erosionada por la pátina del tiempo. En esa misma acera, hacia el poniente funcionó un taller de encuadernación del maestro Martínez, y en la esquina una cantina, muy popular en la barriada. Había, asimismo, otro taller de encuadernación, mero junto al anexo de la Escuela de Derecho, en donde los maestros encuadernadores trabajaban muy bien. Recordamos que ahí nos encuadernaron un tomo de la Historia Romana de Víctor Duruy, el culto ministro de Educación de Luis Bonaparte, en lomo de piel roja; ese librito lo habíamos adquirido en uno de tantos “puestos” callejeros que había por el rumbo de Tacuba, en el llamado “barrio viejo”.
Antes esta barriada y otras aledañas eran lugares en donde la convivencia social era la tónica de una época. Pero el desgaste generado por muchos factores, no sólo ha deteriorado estos lugares, ricos en historia y en tradiciones, sino que casi se han convertido en propiedad privada de unos cuantos vivales y oportunistas. Poder político y poder del dinero.
* Profesor titular de la Facultad de Economía de la UNAM y de la Universidad del Valle de México, Campus San Rafael.