La Consumación de la Independencia en Valladolid de Michoacán

(Segunda y última parte)

FRANCISCO XAVIER TAVERA ALFARO*

 

Así las cosas, el 28 de marzo se llevó a cabo una sesión del Cabildo Municipal a la que concurrieron, además, el gobernador de la Mitra, don Manuel de la Bárcena, y el comandante general, coronel don Luis Quintanar, quien informó que habiendo mandado llamar de Pátzcuaro a su comandante, el teniente coronel don Miguel Barragán, para preparar el plan de defensa de aquella plaza, aquél no sólo se negó a asistir, sino que contestó que iba a jurar la Independencia, pidiéndole a Quintanar hiciera lo mismo. En esas circunstancias, se convocó a una junta a las siete de la noche con la oficialidad de la guarnición y los prelados de las religiones, nombrando el Ayuntamiento una diputación formada por José María Ortiz Izquierdo, don Martín García de Carrasquedo y el cura del sagrario.
En efecto, a los pocos días se tuvo en Valladolid la noticia de que en la provincia de Michoacán, “se decidieron también por la revolución el sargento mayor del batallón de Guadalajara D. Juan Domínguez, que con los granaderos de aquel cuerpo y otras fuerzas ocupaban el punto de Apatzingán”, para protegerlo de la guerrilla de los insurgentes Lobato y Gordiano Guzmán, y que el teniente coronel D. Miguel Barragán, con la división de Ario, compuesta en su mayor parte de fieles del Potosí e infantes de Nueva España mandados por Gaona, entraron en Pátzcuaro proclamando el plan de Independencia. Otra parte del mismo cuerpo de Fieles, que estaba a las órdenes de Marrón, permaneció leal al gobierno, replegándose a Valladolid, donde el comandante Quintanar dispuso se concentrasen todas las fuerzas que le quedaban.
En Acámbaro se sumaron a Iturbide los señores Anastasio Bustamante, con las fuerzas del Bajío, y el sargento mayor Joaquín Parres –quien apenas una semanas atrás había sido electo diputado suplente a Cortes por Michoacán. Esto, aunado a la presencia en Zacapu de Barragán y Juan Domínguez, con más de mil hombres, la mayor parte de caballería, “hizo creer que iban a dirigirse todos sobre Valladolid”. Por lo menos eso tuvo por seguro el comandante militar de esa plaza, Quintanar, y por tal motivo pasó el 15 de abril una revista general de tropa y armas, preparando su plan de defensa. Dirigió a sus tropas una proclama, la cual fue muy celebrada por el virrey, como puede leerse en la Gaceta extraordinaria del 4 de mayo siguiente.
La zozobra e incertidumbre cundía en la ciudad, máxime cuando el ataque esperado no ocurría. Los rumores, los falsos rumores, iban y venían, y cada vez, como siempre ocurre, se matizaban de acuerdo con la imaginación y los intereses de los rumorosos.
Iturbide no se dirigió a Valladolid sino a la hacienda de San Antonio, entre La Barca y Yurécuaro, para entrevistarse con el comandante José de la Cruz. El 8 de mayo se verificó la entrevista, logrando Iturbide que Cruz le ofreciera mantenerse inactivo en Jalisco. Ya con esta seguridad, el primer jefe del Ejército Libertador se dirigió a Valladolid. Se dice que las tropas de las que disponía en el Bajío sumaban entre 8,000 y 10,000 efectivos.
El día 12 de mayo Iturbide llegó a Huaniqueo, no lejos de Valladolid, y esa misma noche, dice Alamán, dirigió “una proclama á los habitantes de la ciudad, y comunicaciones al ayuntamiento y al comandante Quintanar, invitándolos á adherirse al plan proclamado, entrando á este fin en contestaciones para evitar inútil efusión de sangre […]”. En Valladolid se reunió el Ayuntamiento el día 14, para dar cuenta de que

un oficio y proclama del señor don Agustín de Iturbide que dirige a este Ylustre Ayuntamiento […] una copia de la proclama de Brabo y Herrera a los havitantes de la ciudad de Puebla, y otra del mismo señor don Agustín de Yturbide a los europeos residentes en este reyno, reducida toda a solicitar la entrada en esta ciudad; así mismo se leyó el oficio del señor Yntendente de esta Provincia en que incerta el que le puso el señor comandante de defender la plasa y trata de la materia larga y determinante, teniendo en consideración que a esta Corporación no toca en puntos de guerra otra cosa que procurar por todos medios evitar los daños del pueblo.

En consecuencia, se acordó comisionar al regidor don Antonio del Haya y al procurador don José María Cabrera

para que pasando personalmente a hablar con el referido señor don Agustín de Yturvide, se interesen en lo posible a evitar los males que amenazan a esta ciudad, en el caso de ser citiada o atacada y que para el evento de que alguno de los dichos señores comisionados esté impedido de desempeñar este encargo, de nombrar en su lugar al señor rexidor don Juan de Lejarza, contestándose conforme a lo resuelto en esta acta, cuya contestación llevarán los señores comisionados […].

Dos días más tarde se conoció el resultado de la comisión enviada por el Ayuntamiento. Los señores Cabrera y del Haya informaron que aunque se esforzaron cuanto les fue posible por conseguir su cometido, “solo pudieron avanzar que dixera [Iturbide] se haría el ataque cuanto menos destructor y sanguinario se pudiese […]”.
Por la tarde de ese mismo día, dice Alamán, con permiso de Quintanar, marchó la caballería de Bustamante de la hacienda del Rosario a la del Rincón, atravesando el extremo de la ciudad por el lado oriente. Por su parte Iturbide, para “aumentar el efecto que la vista de esta tropa había producido en los habitantes, hizo que formasen en batalla en las lomas de Santiaguito los regimientos de infantería de la Corona, Tres Villas y Celaya, los cazadores de Santo Domingo, con los escuadrones de su escolta […] y de dragones del rey. Pasaron allí lista, presentando al vecindario aquel espectáculo imponente”, contramarchando después a la hacienda de la Soledad donde tenían su campamento.
La deserción de las tropas mandadas por Quintanar era grande, y éste se vio obligado el día 17 a abandonar el recinto exterior de la ciudad que tenía fortificado. Entonces Iturbide avanzó por el oriente y dispuso alojarse con buen número de sus tropas en el convento de San Diego, en los mismos límites de la ciudad. Con este último avance, la ciudad capital de Michoacán quedaba prácticamente copada por Bustamante al sur y por Iturbide al oriente; el resto del ejército se situó en el norte.
Ante este inminente e inevitable triunfo de Iturbide, Quintanar desertó el día 19, dejando al teniente coronel Manuel Rodríguez Cela al frente de las tropas.
Siendo ya insostenible la situación para el ejército realista, esa misma noche, después de un largo parlamento, Rodríguez Cela se vio obligado a capitular, bajo la condición de que la tropa que deseara retirarse a México saldría

con los honores de la guerra, franqueándose los fondos y auxilios necesarios para el viaje, el que haría con sus armas y bajo el seguro de la palabra de honor del primer jefe del ejército de las Tres Garantías, sin hostilizar ni ser hostilizada, siguiendo el camino mas recto, pero sin tocar Toluca.

También se autorizó que toda persona que quisiere seguir a esa tropa podía hacerlo, dándole ocho días para arreglar sus asuntos, y los que desearan quedarse “no serian molestados por las opiniones que hubiesen manifestando, sino antes bien protejidos por las autoridades”. Asimismo, se determinó que tanto la artillería como sus municiones se entregarían al comisionado que se nombrase para recibirlas.
En esa “noche triste” para los españoles residentes en Valladolid, don Manuel Merino y Moreno, quien durante diez años había sido el intendente de Michoacán, dejó de serlo.
Al publicarse al día siguiente la capitulación, Iturbide agregó que todos los soldados que quisiesen abandonar las banderas realistas serían bienvenidos entre sus divisiones, o “podrían libremente destinarse al ejercicio que quisiesen, y que á los que prefiriesen regresar a España, además de pagarles sus alcances se les costearía el transporte”. A enemigo que huye, puente de plata.
El día 21 abandonaron Valladolid las tropas leales a España, quedando reducidas por las deserciones a unos seiscientos hombres. Ese mismo día, ya sin la presidencia de don Manuel Merino, quien salió con las tropas mandadas por Rodríguez Cela, se reunió el Ayuntamiento, presidio por Ramón Huarte, “alcalde constitucional de primera elección, yntendente ynterino y gefe político” de la provincia. En esa sesión se asentó en el acta correspondiente que:

el procurador Cabrera espuso substancialmente que habiendo llegado el tiempo de poder con libertad explicar los sentimientos del corazón, ya que hasta ahora se ha conseguido que este ylustre Cuerpo se haya portado con el decoro correspondiente a pesar de las circunstancias, pide se nombre una comición de dos o quatro individuos que a nombre de este Ayuntamiento pase a cumplimentar al señor coronel don Agustin Yturvide, que debe entrar a esta ciudad el día de mañana, por exigirlo así la política y el interés general, que debe tomarse en la causa justa que defiende y sostiene […].

Aprobada por unanimidad la propuesta de Cabrera, se acordó nombrar “al señor alcalde primero don Ramón Huarte, a los señores regidores don Ysidro Garcia Carrasquedo y don Juan Foncerrada y Soravilla, y al señor procurador don José María Cabrera”.
En Valladolid quedó una parte del Regimiento de Nueva España, el cual cambió su anterior nombre por el “de la Independencia”. También permaneció el Regimiento Ligero de San Luis y el de Valladolid, para hacer el servicio de la plaza hasta la entrada de Iturbide.
El 22 de mayo tuvo lugar, como ya estaba anunciada, la solemne entrada a la capital de Michoacán del Ejército de las Tres Garantías, después de que su comandante, con gran concurso del pueblo, asistió a un Te Deum en el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, iglesia contigua al convento dieguino. Después de diez días de sitio en que no se disparó un sólo cartucho, se coronaba la Independencia en Michoacán con la entrada de Iturbide a su ciudad natal.
Muchos años después de aquel inolvidable día para los habitantes de la capital michoacana, el célebre polígrafo moreliano don Mariano de Jesús Torres escuchó de labios del ya para entonces viejo general Miguel Zincúnegui el relato de la entrada del Ejército Trigarante a la ciudad de Valladolid.
El desfile de la columna militar encabezado por Iturbide y los jefes y oficiales de lo que sería su Estado Mayor marcharon a lo largo de la calzada de Guadalupe para entrar, a la altura de la plazuela de Las Ánimas, a lo largo de la calle principal, hasta llegar frente al edificio que había ocupado el Colegio de San Nicolás Obispo, por entonces clausurado como plantel educativo. En esa esquina giraron hacia la izquierda hasta llegar a la esquina de la Factoría de tabacos, de allí nuevamente a la izquierda hasta llegar al portal de las Casas Consistoriales, en donde la columna se detuvo, en tanto que Agustín de Iturbide y los jefes más connotados se apearon de sus monturas.
A la puerta del edificio del gobierno civil esperaban los miembros del Cabildo de la ciudad, presididos por su nuevo intendente, Ramón Huarte, cuñado del jefe libertador, el canónigo don Manuel de la Bárcena, quien más tarde sería consejero de Agustín, y algunos otros miembros del Cabildo Catedral. Subieron las escaleras del edificio y, desde el balcón central, Iturbide, los miembros del Cabildo Civil y el intendente vieron continuar la parada militar.
Al terminar el desfile, las tropas pasaron a ocupar los cuarteles que ya estaban previstos.
En las torres de todos los templos de la ciudad repicaban con alborozo las campanas y la felicidad de los habitantes de Valladolid no parecía tener límites. Al fin eran independientes de España.
Por la noche, recordaba el patzcuarense Zincúnegui, se sirvió una cena en honor del bizarro caudillo en la casa de su suegro, el acaudalado Isidro Huarte, a la que siguió un alegre sarao que terminó hasta las primeras horas de la madrugada.
Ya casi al término de la cena algunos de los militares allí reunidos pidieron que brindara “el capitan Zincúnegui”. Era éste, refiere el licenciado Torres, “un joven simpático en toda la latitud del término, de apostura marcial y de maneras cultas y elegantes, y si a esto se agrega la claridad de su talento y su irreprochable conducta militar, se podrán explicar las especiales consideraciones de que le hacían objeto sus camaradas, y aun las del mismo Iturbide”.
Como aquel joven militar “era hombre de vena suelta y oportuna”, contaba él ya en la ancianidad, no se hizo esperar, y con clara entonación y palabra segura, después de levantar la copa que tenía en la mano, improvisó la siguiente décima:

¡Qué delicia, qué placer
Me ofrece el suave licor
Cuando lo bebo en honor
De un bien que no he de perder!
¿Con que ya libre he de ser?
¿Somos libres de verdad?
¿Con que la infelicidad
Ya su último aliento exhala?
Pues viva el héroe de Iguala,
Que nos da la libertad […].

Contaba el viejo general que después de aquellas palabras, todo mundo se puso en pie para aplaudirle, que sus camaradas, llenos de fervor patrio y de cariño, lo abrazaban con efusión y que el general Iturbide, dejando el sitio de honor que tenía a la mesa, con los ojos rasados de lágrimas por la emoción, se acercó y le dio un efusivo y apretado abrazo.
Esa misma noche, antes de empezar el baile, recordaba el viejo Zincúnegui, una gentil dama vallisoletana propuso que los allí reunidos juraran la Independencia, para lo cual, no habiendo un crucifijo a la mano, el capitán Montaño, que tiempo después formaría familia en Morelia, desenvainó su espada y sobre ella se juró aquélla.
Dos días más tarde, el Ayuntamiento de Valladolid acordó:

que habiéndose logrado, por un efecto de misericordia de Dios y de su visible protección a favor de esta ciudad, que la entrada en ella del señor gefe primero del Ejército de las Tres Garantías, se halla verificado sin sufrir los horrores y estragos de la guerra, [se hiciera] una pública demostración de gratitud y reconocimiento al Todo Poderoso por medio de una solemne misa de gracias en la Santa Yglesia Catedral, a cuyo efecto se pase el oficio de estilo al venerable Cabildo Eclesiástico […].

De esta manera, Valladolid, y Michoacán entero, selló la Independencia nacional.

 

* Director de Archivo, Biblioteca y Asuntos Editoriales del H. Congreso del Estado de Michoacán de Ocampo.

Fuentes:
Alamán, Lucas, Historia de Méjico, t. Quinto, Colección de Grandes Autores Mexicanos, bajo la dirección de D. Carlos Pereyra, Editorial Jus, México, 1942.
Martínez de Lejarza, Juan José, Análisis Estadístico de la Provincia de Michoacán en 1822, introducción y notas de Xavier Tavera Alfaro, FIMAX Publicistas, Morelia, 1974.
Torres, Mariano de Jesús, “El Liceo Michoacano”, Periódico de Literatura, Morelia, Tipografía particular del Autor, 1912.
Archivo Histórico del Ayuntamiento de Morelia, Actas de Cabildo, Años 1820 y 1821.

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