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PEQUEÑA ANTOLOGÍA
Cuando la izquierda se reunió a discutir frente a la elección de Miguel Alemán o lo que el viento se llevó*
(Primera Parte)
RAQUEL TIBOL*
El primero de diciembre de 1946, asumía la Presidencia de la República, Miguel Alemán. El mes de enero de 1947, V
icente Lombardo Toledano hacía llegar a organizaciones y personalidades de izquierda una circular en la que invitaba a “una discusión tan sumaria y exhaustiva como sea posible, que permita encontrar puntos de vista comunes que a su vez puedan determinar una acción común en el movimiento obrero y en el movimiento revolucionario en general”. La que después se dio en llamar “mesa redonda de los marxistas mexicanos” tuvo lugar los días 13, 16, 17, 18, 20 y 21 en la Sala de Conferencias (hoy Sala “Manuel M. Ponce”) del Palacio de Bellas Artes y se clausuró el 22 en el Salón de Actos del Sindicato Nacional de Telefonistas. El tema propuesto por Lombardo fue: “Objetivos y táctica del proletariado y del sector revolucionario de México en la actual etapa de la evolución histórica del país”.
Aunque no se decía muy explícitamente en la invitación, el encuentro tenía una relación muy estrecha con el nuevo periodo presidencial, y para que no hubiera dudas al respecto, en su discurso inaugural Lombardo dijo: “Como hace seis años, cuando el general Manuel Ávila Camacho tomó el poder, como hace doce años, cuando el general Lázaro Cárdenas tomó el poder, vuelven a presentarse hoy muchos aspectos de esta vieja controversia, de la controversia relativa a definir con exactitud cuáles son las metas inmediatas que deben alcanzarse, cuál es la forma de organizar las fuerzas para alcanzar los objetivos propuestos, y de qué manera hay que emplear estas fuerzas, y en qué momento para alcanzar el objetivo señalado. Se vuelven a presentar diversas corrientes de opinión, más que de una manera precisamente organizada, de una manera aislada y esporádica, pero dando el espectáculo general de una enorme divergencia de criterio y de una pugna viva entre elementos de la izquierda y entre elementos del sector revolucionario en general”.
Durante siete largos días numerosos oradores analizaron los problemas nacionales e internacionales que afectaban a México. Sucesivamente hablaron VLT, Jorge Fernández Anaya, Valentín Campa, Jesús Miranda, Víctor Manuel Villaseñor, Rafael Carrillo, David Alfaro Siqueiros, Miguel Mejía Fernández, Dionisio Encina, Luis Torres, Manuel Meza, Narciso Bassols, Rodolfo Dorantes, Juan Manuel Elizondo, José Revueltas, Hernán Laborde, Enrique Ramírez y Ramírez, Leopoldo Méndez y Carlos Sánchez Cárdenas. Estas personas representaban al Grupo Marxista de la Universidad Obrera, al Partido Comunista Mexicano, al Grupo Marxista “El Insurgente”, a la Acción Socialista Unificada, a la Sociedad “Francisco Javier Mina”. Bassols, Villaseñor, Carrillo y Elizondo intervinieron a título personal. Hasta ahora ningún libro ha recogido íntegramente el texto de estas discusiones que por el nivel que alcanzaron y por la cantidad de asuntos que en ellas se trataron, resultan indispensables para configurar de manera veraz la historia de los partidos y la ideas políticas en el México contemporáneo.
Con frecuencia aparecen en los suplementos culturales los nombres de Siqueiros, Méndez y Revueltas, los tres con una obra artística considerable que goza de universal aceptación. Ahora los mencionaremos en función de aquella mesa redonda en la que participaron en actitud vivamente polémica. Comencemos por Siqueiros. El ya entonces famoso pintor no había sido invitado, pero al segundo día de los debates, el 16 de febrero, hizo llegar a la Comisión Organizadora una comunicación de la Sociedad “Francisco Javier Mina”, formada por los mexicanos que habían combatido contra el fascismo desde las filas del Ejército Republicano Español, en la que solicitaba participar, dada la enorme trascendencia que para México tenía la celebración de esas conferencias en las que se analizaba “la realidad por la que atraviesa nuestra Revolución con vistas a asumir la actitud que históricamente se impone para nuestro pueblo”. Así decía el comunicado que el teniente coronel Alfaro Siqueiros firmó junto con los capitanes Juan Raso R. y Néstor Sánchez H.
Siqueiros habló y dijo: “hemos pensado que esta reunión puede tener enorme éxito si cada uno de nosotros dice aquí con claridad y sin diplomacia lo que decimos en nuestras reuniones particulares, lo que decimos a nuestros familiares cuando estamos en la mesa, lo que nos decimos uno al otro, lo que el compañero Bassols le dice al compañero Siqueiros, lo que Siqueiros le dice a Bassols, lo que el compañero Lombardo le dice al compañero Villaseñor, y lo que el compañero Campa le dice a sus amigos. Tenemos que abrir la puerta de nuestra conciencia y de nuestros puntos de vista políticos para que esto sea útil y no sea una mesa redonda más de las muchas que hemos venido haciendo a través de una larga historia de inactividad y de inercia”. Después de declarar comedidamente su admiración por VLT, ponente de la mesa redonda, Siqueiros planteó el 17 de enero algunas preguntas que merecieron todo tipo de respuestas: “¿Por qué se convoca a esta reunión de mesa redonda cuando han terminado las elecciones y el nuevo gobierno está ya, absolutamente integrado, en el poder? ¿Por qué no se convocó a esta mesa redonda cuando se inició la campaña electoral? ¿No era el momento de unir a las fuerzas marxistas del país? ¿No era el momento de movilizar a las masas populares de México para que tomaran una actitud frente a los acontecimientos políticos? ¿No era una manera de exigirle al nuevo gobierno que se integrara conforme a la voluntad de los sectores progresistas, y no, en cierta medida, conforme a la voluntad de los elementos reaccionarios? ¿Por qué la mayor parte de los compañeros representativos del movimiento obrero permanecieron silenciosos frente a esta realidad? Otra pregunta sería ésta: Nosotros hablamos de un gobierno de unidad nacional, votamos por un gobierno de unidad nacional. Yo fui a las urnas a votar por un gobierno de unidad nacional. Como miembro de la revista 1946 escribí constantemente en el sentido de que el futuro gobierno, el gobierno del licenciado Alemán, debería ser un gobierno de unidad nacional. Ahora ustedes dicen que es un gobierno de burguesía progresista. Queremos una explicación: ¿Qué quiere decir eso? ¿No es un gobierno de unidad nacional? ¿Es un gobierno de unidad nacional? ¿Si no es un gobierno de unidad nacional y nosotros votamos porque fuera un gobierno de unidad nacional, entonces se ha cometido en cierta proporción una estafa al movimiento obrero y progresista del país? ¿En qué medida y en qué proporción es un gobierno de la burguesía progresista así, en abstracto? ¿No hay una cierta conversión de palabras en todo esto, que el pueblo necesita que ustedes le expliquen de una manera categórica? Más aún: nosotros les preguntamos compañeros marxistas reunidos en esta sala: ¿Qué significa en la práctica una política de unidad nacional antiimperialista? En la práctica, no en términos abstractos, concretamente. ¿Cómo vamos a trabajar a partir del lunes o del martes, cuando termine esta mesa redonda, por lo que realmente es una política de unidad nacional? ¿Qué fuerzas son las que deben agruparse en ese esfuerzo? ¿Cuáles son las que no deben agruparse, con nombres exactos? También queremos saber ¿qué cosa es burguesía progresista, cuál es el sector de la burguesía mexicana progresista? ¿Cómo se llaman? ¿En dónde están? ¿Quiénes son? ¿Cómo actúan? ¿Cuál es la proporción que existe entre el sector de la burguesía reaccionaria y el sector de la burguesía progresista?”.
Refiriéndose a la represión sufrida entonces por el movimiento llevado a cabo por los obreros de la industria petrolera, Siqueiros preguntaba: “¿El uso de las tropas federales para suprimir un movimiento es un acontecimiento grave o no lo es? ¿Es un precedente de enorme importancia o no lo es? Si tenemos el problema de la independencia del movimiento obrero, si tocamos ese problema, ¿qué quiere decir en la práctica? ¿Por qué no decimos en esta mesa redonda exactamente cómo vamos a propiciar, a darle independencia política al movimiento obrero? ¿Conviene que se hable de que la dependencia económica inevitable trae consigo dependencia política? ¿Conviene que luchemos nosotros de una manera categórica porque todos los organismos de la clase obrera y todos los organismos revolucionarios y progresistas vivan de su propia economía, independientemente del Estado, o no debemos luchar por ello?”. Después de explayarse de nuevo sobre este punto Siqueiros volvía a preguntar: “¿No será, compañeros, que en el movimiento obrero están reverdeciendo por igual dos yerbas malas que inevitablemente crecen juntas, que se complementan, que se alimentan la una de la otra, que se dan juntas, y esas yerbas son la yerba del oportunismo y la del sectarismo, simultáneamente? ¿Por qué le vamos a pegar al sectarismo y no al oportunismo? Manera detestable de atacar un mal, un mal que tiene un solo origen. Creo que lo más importante que puede resultar de esta mesa redonda es precisamente eso: que cada uno de nosotros se despoje de la cantidad de yerba que le corresponde, porque es muy posible que cada uno traigamos nuestro bultito en la espalda. ¿Por qué el movimiento obrero en diez años de situaciones políticas en cierto modo favorables y durante cierta época muy desfavorable, no ha construido una publicidad, no tiene todavía periódico, no tiene estación de radio, no ha hecho una película? ¿Cómo queremos que el pueblo de México no esté confundido si los únicos que hablan son los otros, si los únicos que tienen medios mecánicos son ellos y nosotros tenemos que hablar con los huecos de las manos para que nos oigan? ¿Cómo es posible que no hayamos realizado ese trabajo? ¿Responsabilidad de quien? De Todos”.
Al iniciar su discurso en la sesión del 20 de enero, Narciso Bassols dijo que se referiría a las preguntas hechas por Siqueiros. Lo hizo de una manera indirecta precisando lo que él entendía por unidad nacional. “No hay en estos instantes, aún –dijo–, acuerdo logrado sobre quiénes y dentro de qué límites, y con qué restricciones en lo positivo y en lo negativo, han de considerarse incluidos dentro de esa creación dialéctica –llamémosla–, móvil, útil, peligrosa indiscutiblemente, de urgente investigación y puntualización, que es la unidad nacional. Porque la unidad nacional es una palabra, un término usado hasta ayer en la política mundial para expresar no una doctrina de estrategia política determinante de la actitud general de las clases dentro de un país, sino fundamentalmente, una característica especial de ciertos gobiernos parlamentarios o de tipo presidencial (pero preferentemente parlamentarios). Cuando en la vida pública de un país hay cuatro o cinco partidos dentro del parlamento, que usufructúan sucesivamente el poder, pero que un día coinciden en repartírselo simultáneamente, es cuando, dentro de las tradiciones de la vida política, hasta ayer, se habla de unidad nacional, de un gobierno de unidad nacional. Esta expresión que era un término concerniente a la estructura del parlamento y del gabinete de representantes del sistema parlamentario, más tarde es llevada al plano de una gran concepción de la estrategia política general. El salto se dio bajo la presión, históricamente inmensa, de una guerra que ponía en peligro a la humanidad, con el fascismo a las puertas de la dominación del mundo, y a punto de destruirlo. Se forja entonces, como instrumento para esa lucha salvadora contra los piratas universales, la doctrina política, ya no en sus cauces originales y con la acepción parlamentaria y semitécnica de los profesionales de la política francesa o de la política española, que la usaban como arma para defender la monarquía y la república; ahora se forja como una concepción más honda de las relaciones de los hombres, válida, a la altura de la hora y de las necesidades fundamentales de la lucha contra Hitler. ¡Ah, pero porque nació frente a Hitler, como un arma, la unidad nacional tiene su magnífica trayectoria y su soberbio historial! Allí está el cadáver de Hitler a los pies de la unidad nacional. Sí; pero no vamos a poner la unidad nacional a los pies de cualquier Hitler de cartón. No vamos a aceptar retazos de ideas sobre la unidad nacional. Claro que no. Unidad nacional clarificada por dentro, en su concepción, en sus alcances, en su mecánica, en sus límites, en sus posibilidades, en sus peligros; definida, clara, entendida, no nada más vagamente sentida, contradictoria. No. Las contribuciones las tendrá la sociedad en que se aplique la unidad nacional, porque en contradicciones hondas nos movemos y no podemos dejar de movernos en ellas. Pero una cosa es moverse dentro de las contradicciones, y otra cosa es llevar, por encima de las contradicciones sociales, otras clavadas en las manos, mutilando nuestra acción. No, eso nunca; eso jamás. No puede ser, además. Iluso el que lo pretendiera. Todo esto necesitamos examinarlo. ¿Cómo vamos a decirle al país que lo queremos salvar con auxilio de una máquina política poderosa, cuando no sabemos si es éste de combustión interna o no, cuando no sabemos si es una máquina moderna que va a estallarnos en la cara y a comenzar por demostrar trágicamente su ineficacia y su incapacidad, pasando sobre nuestros propios cadáveres políticos? No. Mucho nos jugamos para aceptar bromas de esa naturaleza. Mucho se está discutiendo en este momento, para que podamos quedarnos en medias palabras, o en complicidad evidente, o en restringida y superficial concordancia. Entremos a poner los pensamientos claros, los propósitos precisos, los alcances de nuestra concepción definidos. Y eso, señores, lo podemos hacer, lo vamos a hacer. Pero necesitamos hacerlo. Aún no está hecho”.
José Revueltas pertenecía entonces al grupo marxista “El Insurgente”, que presidía Leopoldo Méndez. Al hacer uso de la palabra el día 20 de enero de 1947 esbozó algunas ideas que después formarían el cuerpo de su particular concepción ideológica.
“Las deformaciones, los olvidos, las obnubilaciones oportunistas y las traiciones más o menos abiertas –dijo–, no constituyen sin embargo la visión completa del destino que les ha tocado seguir en México a los principios del marxismo. La brutal realidad consiste en que no ha habido hasta ahora en México una aplicación consecuente, científica, certera, de los principios del marxismo por parte de ninguno de los núcleos que sustentan estos principios como doctrina. Cuando decimos esto, se trata de apreciar un hecho histórico general y no cuentan, desde luego, los esfuerzos individuales, venturosos o no, que se hayan hecho; pues el marxismo no constituye su propia aplicación a la vida social y política a través de un solo hombre por más excepcionalmente dotado que esté, sino que es su aplicación, su desarrollo y su profundización, a través de un ágil, capaz, inteligente e intrépido partido de clase que aún no existe como tal en nuestra patria”.
“La formación de un partido marxista del proletariado, o para usar el término clásico de que se vale el materialismo histórico, del partido de clase del proletariado, está comprendida dentro de los objetivos y táctica de lucha de la clase obrera durante la actual etapa de la evolución histórica del país. Y lo está en igual forma en que la presente etapa comprende, asimismo, la formación de un partido popular revolucionario”.
“Sin embargo no todo el movimiento revolucionario, ni aún todo el movimiento marxista tiene una opinión unánime con respecto, por una parte, a las características de la Revolución Mexicana Democrática; y por otra, con relación a las formas y métodos de resolver el dilema histórico en que dicha Revolución se encuentra”.
“El dilema histórico de México se expresa –aparte de otros órdenes de la vida del país–; tanto en el de las relaciones de producción –economía semicolonial o economía independiente–, como en el propio orden de las relaciones de convivencia nacional, esto es, en la cuestión de si la nacionalidad mexicana puede conservarse y desarrollarse, permanecer y crecer, o si, por el contrario, no puede conservarse ni desarrollarse, y está condenada a desaparecer como tal en aras del imperialismo. Con el surgimiento de los nuevos factores que han traído consigo la Segunda Guerra Mundial y la victoria sobre el fascismo –nuevos factores positivos y negativos–, este hecho aparece en la historia de nuestro país con rasgos mucho más acusados y patentes, y con una inminencia mucho más grave que la que pudo tener en cualquiera otra época del pasado. El problema, que es de vida o muerte, reviste una importancia de tal modo profunda, que sería imposible la elaboración de una táctica y una estrategia adecuadas para el presente periodo histórico, si no se tuviese visible su existencia en todos y cada uno de los momentos políticos de nuestra lucha.
“La afirmación anterior no tiende a darle un carácter de excepcionalidad a nuestro país, sino tan sólo a poner de relieve el punto a donde nos ha conducido la lógica de nuestro devenir histórico y del devenir histórico del mundo contemporáneo. Porque, en efecto, los problemas de nuestra constitución y existencia nacionales, han iniciado, desde fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX, con los problemas del antagonismo entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas, es decir, con los problemas que engendra la contradicción entre una organización social retrasada, y los factores que dentro de su seno luchan por establecer un orden nuevo que haga posible la vida. De esta suerte, la revolución democráticoburguesa mexicana, desde sus orígenes en la revolución preburguesa de 1810, ha sido siempre una revolución nacional, una revolución donde la nacionalidad, al tiempo que se gesta, reclama su derecho a la existencia, su derecho a establecerse y desarrollarse.
“La incidencia señalada entre lo social y lo nacional dentro de la revolución democrática de México –e igualmente con más o menos diferencias dentro de la revolución democrática de los demás países de América Latina–, no es tampoco una excepción, aunque, como todos los fenómenos de la sociedad, de la Naturaleza y de los hombres, tenga sus peculiaridades privativas. Y no es un caso de excepción, porque fue justamente la clase burguesa, en la historia del desarrollo de la sociedad humana, quien al abolir las precedentes relaciones feudales de producción instauró, de igual manera, los modernos Estados nacionales.
“De acuerdo con la experiencia que nos brinda nuestro pasado histórico no podríamos elaborar la táctica y precisar los objetivos del proletariado en la presente etapa de la Revolución Mexicana democrática si ignoráramos que en la presente etapa histórica la clase obrera mexicana no es aún un factor decisivo en el desarrollo social, ni es tampoco –como no es posible que lo sea–, el factor único en la transformación de las relaciones de producción, es decir, en la consumación de la revolución burguesa. En ese sentido se han confundido con frecuencia las tareas del proletariado en su lucha por la dirección de la revolución democráticoburguesa, con las tareas del proletariado en su lucha por una revolución socialista.
“Es preciso que se determine –y menos teóricamente que fundándonos en la experiencia de la vida política– cuál es el grado de inconsecuencia de la burguesía y cuál, también, su grado de debilidad, para, consiguientemente, saber hasta qué extremos pueden conducirla esa inconsecuencia y esa debilidad, si al compromiso, o a la capitulación o la traición. Al revés también, es decir, si la burguesía no ha agotado aún sus posibilidades revolucionarias, y consiguientemente qué puede esperarse de ella en el cumplimiento de los postulados de la revolución y hasta qué grado es posible, antes de arrebatarle la dirección de la revolución democrática, compartir con ella las responsabilidades de tal dirección.
“Mientras la burguesía no se convierta en una burguesía antinacional el proletariado no puede plantearse arrebatarle la dirección de la revolución democrática, pues el que la burguesía no haya abandonado sus posiciones nacionales, indicará que el antagonismo entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, aún no ha llegado a su punto crítico ni la madurez indispensable para que se produzca un cambio.
“En el caso opuesto, suponiendo que se pudiera dar el ejemplo de una burguesía que abandonara sus posiciones nacionales sin abandonar sus posiciones democráticoburguesas, pese a ello sería una burguesía reaccionaria, pues la historia de México demuestra que la lucha por la integración nacional es una lucha esencialmente progresista y revolucionaria. Cuando convergen dentro de una misma revolución democrática dos corrientes históricas, una social y otra nacional, que se desarrollan paralelamente, aumenta en forma extraordinaria la posibilidad de las más inesperadas interacciones, complicaciones y combinaciones, que obligan al proletariado a usar, cuando no a descubrir, las más diversas tácticas de lucha. Por eso es justo afirmar que el problema de la conquista de la dirección de la revolución burguesa por el proletariado es un problema condicionado por los factores específicos de una situación dada y que mientras esos factores específicos no se presenten, el proletariado, sin perjuicio de su independencia y de la defensa de sus intereses inmediatos y mediatos, debe compartir con la burguesía la dirección de la revolución democrática, hasta en tanto se crean las condiciones en que por su fuerza, su capacidad de organización y las sólidas ligas con sus aliados naturales, pueda encabezar la revolución democrática, consumarla y transformarla en revolución socialista”.
* Artículo publicado el 22 de julio de 1970, en el número 441 de “La Cultura en México”, suplemento de la revista Siempre!, pp. II-VII.