Mujeres en la lucha por la Independencia

MARCO ANTONIO LUIS JIMÉNEZ*


Buenas tardes, me gustaría comenzar compartiendo con ustedes un fragmento del poema Adán y Eva de Jaime Sabines.

Ayer estuve observando a los animales y me puse a pensar en ti. Las hembras son más tersas, más suaves y más dañinas. Antes de entregarse maltratan al macho, o huyen, se defienden. ¿Por qué? Te he visto a ti también, como las palomas, enardeciéndote cuando yo estoy tranquilo. ¿Es que tu sangre y la mía se encienden a diferentes horas?
Ahora que estás dormida debías responderme. Tu respiración es tranquila y tienes el rostro desatado y los labios abiertos. Podrías decirlo todo sin aflicción, sin risas.
¿Es que somos distintos? ¿Qué no te hicieron, pues, de mi costado, no me dueles? Cuando estoy en ti, cuando me hago pequeño y me abrazas y me envuelves y te cierras como la flor con el insecto, sé algo, sabemos algo. La mujer (hembra) es siempre más grande de algún modo…
Hablar de la mujer mexicana es hablar de esa grandeza, hablar de la mujeres del bicentenario es regresar a 1810, regresar a la guerra de insurrección, donde las mujeres mexicanas recorrieron nuestras ciudades y campos de batalla como protectoras, ya sea anunciando el inicio de nuestra independencia, ya sea avivando con su amor un amor aún más grande, el amor por la patria; sorprendiendo con sus hazañas llenas de heroísmo, derramando su propia sangre, no satisfechas con haber ofrecido la de sus hijos.

Las mujeres mexicanas –decía un testigo ocular de aquellos tiempos– casadas con españoles o criollos, eran secreta o abiertamente partidarias de la independencia. El temor al castigo no reprimía en modo alguno su decidido patriotismo; durante la revolución fueron siempre fieles a la causa de la independencia y en más de una ocasión figuraron por su valor e intrepidez. Cualquier derrota de los insurgentes tendía una nube sobre sus serenas frentes; y sus hermosos ojos, a la noticia de cada victoria, se llenaban de lágrimas de júbilo y brillaban con doble resplandor. Las canciones con que las madres entretenían a sus hijos, respiraban libertad y odio al despotismo español.”
Los nombres de estas heroínas son poco conocidos. En este bicentenario escuchamos un sin fin de nombres, Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez, Guerrero; hombres todos ellos, pero ¿qué hay de nuestras mujeres? Hablemos de ellas, comencemos con la más conocida, una de las más grandes, aquella esforzada mujer que en medio de la noche envía un alcaide para que avise a los insurgentes que la conspiración de Querétaro ha sido descubierta.
El mensaje se puede conocer en las palabras de don Ignacio Ramírez, aquel que portó las palabras de la Corregidora: “En pos de estas letras van la prisión y la muerte; mañana serás un héroe o un ajusticiado; en esta revolución está la pérdida de mi libertad; pero este sacrificio no será estéril, porque sé que me mandarás en contestación el grito de independencia.”
No se equivocaba. El eco de las campanas de Dolores, saludo a una de las más gloriosas auroras de nuestra naciente nación, ello fue la respuesta que dio Miguel Hidalgo a doña Josefa Ortiz de Domínguez, que por su oportuno aviso y por sus sacrificios posteriores, será la primera y una de nuestras más grandes heroínas, una mujer que nunca claudicó y aun después de la independencia luchó por esta nación creando otra conspiración, esta vez para darle vida al federalismo mexicano que hoy tenemos.
Grande también, sublime por su amor a la independencia, demostrado desde la edad de 19 años, es Leona Vicario, que improvisa correos, alienta con sus palabras a los tímidos, que remite recursos a los independientes, protesta morir antes que denunciar a los conspiradores, que sufre resignada una prisión de la cual logra evadirse para ir en pos de la guerra, llevando consigo una imprenta que reproduce los pensamientos y aspiraciones de los patriotas insurgentes.
Una vez con los suyos, se une en matrimonio con Andrés Quintana Roo y como lo citan los historiadores “enciende la antorcha nupcial en la hoguera del patriotismo”.
Leona Vicario entrega su propia riqueza en pos de la libertad para comprar el bronce con que se harían los cañones en Tlalpujahua, vendió sus joyas. Este hecho tal vez nos recuerde un acto semejante, el de Isabel la Católica cuando ofrenda sus joyas para el descubrimiento del “nuevo mundo”, más valía tiene quien ofrenda lo que posee por la libertad de una nación.

No tan conocida como la Corregidora y Leona Vicario, pero tan amante de su país como las primeras es Mariana Rodríguez del Toro, esposa de don Manuel Lazarín.

En la noche del Lunes Santo de 1811, en la casa de Lazarín, reunidos en amena tertulia se hallaban muchas personas, entre las cuales no pocas se distinguían por su afecto a la independencia. De repente, después de las ocho y media de la noche, un repique a vuelo de las campanas de la Catedral y una salva de artillería, pusieron en alarma a los tertulianos de Lazarín. ¿Qué indicaba aquél brusco toque de campanas y aquellos desusados disparos de cañón, a tal hora y en tiempo santo? Era el gobierno virreinal, que se encontraba lleno de regocijo por la reciente aprensión de Hidalgo y los comandantes insurgentes, toda la algarabía era para anunciar tan glorioso acontecimiento para los realistas y tan funesto para los insurgentes.

En la casa de Lazarín, la noticia cayó como un rayo. El pánico enfrió las venas de los tímidos; pero entonces, una mujer tan varonil como su patriotismo, se levantó en medio de todos, diciéndoles:
¿Qué es esto, señores? ¡Qué! ¿Ya no hay hombres en América?

Los hombres, confusos aunque reanimados, preguntaron:
¿Pues qué hacer?
¡Libertar a los prisioneros!
¿Pero cómo?
De la manera más sencilla: ¡apoderarse del Virrey en el paseo, y ahorcarlo!”

Esa noche nació la conjuración conocida en nuestra historia como la conspiración del año 11, es cierto que fracasó, pero esa conspiración consiguió despertar y reanimar el espíritu público, y pudo ser de funestas consecuencias para el gobierno español, porque en ella estaban comprometidas muchas personas notables de la época, como escritores, abogados, miembros del clero.
Doña Mariana Rodríguez sufrió en cambio las más crueles persecuciones, y prisionera en unión de su esposo, no se vio libre sino hasta el año de 1820, para morir unos meses después a causa de la enfermedad y el deterioro humano causado por su encarcelamiento.
No sólo en la capital y en conspiraciones, sufriendo insultos y cárceles, también en el campo de batalla y luchando en compañía de los bravos insurgentes, hubo heroínas en aquella memorable guerra de emancipación. Entre ellas figuran, Manuela Medina, natural de Texcoco, y María Fermina Rivera, nacida en Tlaltizapan.
La primera llamada La Capitana, levantó una compañía de independientes; se encontró en siete acciones de guerra; sólo por conocer al gran Morelos emprendió un largo viaje de más de cien leguas, y al final de la jornada dijo: “moriría con gusto, aunque me despedazase una bomba de Acapulco.”
Manuela Medina murió en su ciudad natal en marzo de 1822, a consecuencia de dos heridas que recibió en un combate y que la tuvieron postrada año y medio en el lecho del dolor.
La segunda, doña María Fermina Rivera, fue viuda del coronel de caballería don José María Rivera y “tuvo que luchar con hambres terribles, caminos fragosos, climas ingratos, y cuanto malo padecieron sus compañeros de armas, pudiendo ella dar tal nombre a los soldados porque algunas veces cogía el fusil de algunos de los muertos o heridos, y sostenía el fuego al lado de su marido con el mismo valor y arrojo con el que lo haría un soldado veterano.”
Doña María Fermina murió en la acción de Chichihualco, defendiéndose valerosamente al lado de don Vicente Guerrero, en febrero de 1821.
Junto a estas nobles mujeres, figura María Herrera, que huérfana de madre, quemó su hacienda para no proporcionar recursos a sus enemigos. Ella fue la que alojó a Francisco Xavier Mina en el rancho del Venadito, donde cayó prisionero; perseguida, robada, insultada por una soldadesca incapaz de respetar el heroísmo, tuvo que vivir en medio de los bosques, desnuda y hambrienta como una eremita consagrada en la soledad para rogar a Dios por la salvación de la patria.
La Guerra de Independencia en México tuvo también heroínas mártires. Los insurgentes nunca fusilaron a mujer alguna, del partido realista; en cambio, los realistas mancharon sus armas con sangre de mujer.
Se dice que fue en una noche tempestuosa de agosto de 1814. Cerca del pueblo de Valtiorrilla, bajo las órdenes de don Ignacio García, una partida de realistas se hallaba empeñada en sostener reñida acción con un grupo de insurgentes. La lucha era prolongada y heroica. La lluvia no cesaba y el terreno fangoso y surcado de arroyos aumentaba las dificultades de aquella batalla, que duró desde las ocho y media de la noche hasta las siete y media de la mañana siguiente. No se refiere en el parte respectivo quiénes fueron los vencedores; solamente hace constar que cayeron prisioneros los patriotas Miguel Yáñez, José Esquivel y Eustaquio Hernández, “emisarios de la mayor confianza de los rebeldes.”
García lo participó así a su jefe superior, Agustín de Iturbide, quien no tuvo piedad para los vencidos, pues él mismo refiere que los mandó pasar por las armas. “Se fusiló al mismo tiempo –agrega Iturbide–, a María Tomasa Esteves, comisionada para seducir la tropa, y habría sacado mucho fruto por su bella figura, a no ser tan escuchado el patriotismo de estos soldados.” Las ejecuciones se verificaron en la entonces Villa de Salamanca, en el mismo mes de agosto de 1814.
La heroína María Tomasa Esteves no necesita de nuestros elogios. Su mismo enemigo se los hizo. Murió por su patriotismo y por su hermosura.
Hay otra heroína de humilde origen, pero que no debemos omitir porque fue también mártir de la independencia. Se llamaba Luisa Martínez, esposa de Esteban García Rojas, alias el Jaranero, la cual tenía un tendejón en el pueblo de Erongarícuaro, allá por los años de 1815 a 1816.
En el pueblo todos eran chaquetas, así se les llamaban a los partidarios de los realistas; pero ella era amantísima del bando contrario. Servía a los guerrilleros insurgentes de corazón; con actividad les proporcionaba noticias oportunas, víveres, recursos, y les enviaba además comunicaciones de los jefes superiores, con quienes sostenía una continua correspondencia. Un día fue sorprendido por don Pedro Celestino Negrete, el correo de la Martínez, que era portador de cartas dirigidas al guerrillero Tomás Pacheco. Luisa Martínez huyó; pero perseguida, hecha prisionera y encapillada, hubo necesidad de que diera dos mil pesos y prometiese no volver a comunicarse con los patriotas, para que recobrase su libertad, aún con todo ello no escarmentó en lo sucesivo. Tres veces más se le persiguió, encarceló y multó hasta que al fin no pudo satisfacer la cantidad de cuatro mil pesos que le exigía don Pedro Celestino Negrete y fue fusilada por órdenes de éste en uno de los ángulos del cementerio de la parroquia de Erongarícuaro (Michoacán), el año de 1817.
Poco antes de morir, dirigiéndose a Negrete le dijo: “–¿Por qué tan obstinada persecución contra mí? Tengo derecho a hacer cuanto pueda en favor de mi patria, porque soy mexicana. No creo cometer ninguna falta con mi conducta, sino cumplir con mi deber.”
Negrete permaneció inflexible, y Luisa Martínez cayó atravesada por las balas de los realistas.
El estado de Michoacán cuenta con otra heroína mártir, doña Gertrudis Bocanegra de Lazo de la Vega. Luchó con sublime abnegación por la patria. Sacrificó en aras de ella a su esposo y sus intereses. Mina y otros caudillos le debieron que les salvara la vida en más de una ocasión. Pocos historiadores datan sobre su vida, pero se sabe que ayudó a reclutar hombres para el ejército insurgente. Se sabe que murió fusilada en la plaza de Pátzcuaro el 10 de octubre de 1817.
Unos cuantos minutos no bastan para hablar de todas y cada una de las heroínas de la Independencia de México, pero no por ello no ofrendaremos un recuerdo a doña Rafaela López Aguado, madre de los Rayón, que fue digna émula de las espartanas; a doña María Petra Teruel de Velasco, de quien se dice ayudó a los insurgentes presos; a doña Ana García, esposa del coronel José Félix Trespalacios, a quien acompañó en una travesía de ciento sesenta lenguas y salvó de dos sentencias de muerte contra él por parte de los realistas; a las hermanas González de Pénjamo, que sacrificaron su fortuna y derribaron su casa para unirse con los insurgentes; a las hermanas Moreno, que dieron tantas pruebas de abnegación y de patriotismo, al lado de don Pedro Moreno y de Mina; y a las jóvenes Francisca y Magdalena Godos, también hermanas, que durante el sitio de Coscomatepec, hacían cartuchos y cuidaban a los enfermos.
¿Y qué diremos de las heroínas sin nombre, que por este motivo son más dignas de eterno recuerdo, y de las cuales la efímera ingratitud de la historia sólo ha conservado la memoria de algunas de sus acciones?
La mujer de Albino García, pobre y humilde de origen, montada a caballo, sable en mano, “entraba la primera a los ataques animando con su voz y su ejemplo a los soldados.”
En Soto la Marina, durante el sitio sostenido por el mayor Sardá y sus heroicos compañeros, “lo abrasado de la atmósfera y los incesantes esfuerzos de la tropa, pronto hicieron insoportable la sed que la atormentaba; y aunque el río se hallaba a pocos pasos, era tan vivo y destructor el fuego del enemigo, que ni el más intrépido de los hombres se atrevió a exponerse para aliviar tan urgente necesidad. En estas circunstancias una heroína mexicana, viendo cuánto sufrían de desfallecimiento los defensores de la patria, tuvo el arrojo de adelantarse en medio de una lluvia de balas y la fortuna de proporcionarles un poco de agua sin experimentar el menor daño.”  
Otra heroína en Huichapan, que levantó a sus expensas una división de insurgentes, se puso al frente de ella, y en cierta acción, entre muchas que sostuvo, dispersos los soldados por el enemigo, se quedó sola, defendiéndose con tanto valor que obligó al jefe realista y a la tropa de éste le rindieran las armas y le conservaran la vida…

También una extranjera compartió la gloria de haber sufrido por alcanzar la emancipación de México. Vino con el general Mina desde Galveston, fue francesa de origen y se apellidaba La Mar. Había residido en Cartagena de Indias y distinguiéndose por su amor a la libertad americana. En Soto la Marina, con la mayor abnegación cuidó de los enfermos y de los heridos, y dio pruebas de heroísmo durante el sitio. Hecha prisionera fue enviada a Veracruz y obligada “a servir en un hospital en las más penosas y repugnantes ocupaciones”. Logró fugarse y unirse a la división de don Guadalupe Victoria, pero al cabo de algún tiempo, fue hecha prisionera de nuevo por los realistas, y puesta a servir en julio de 1819, con una familia particular de Jalapa. A pesar de repetidos memoriales que dirigió al Virrey, no se le permitió regresar a su país, y estuvo en cautiverio hasta la consumación de la Independencia.
En un pueblecito perdido en la Sierra de Xaliaca o Tlacotepec en el sur, el general Nicolás Bravo sufría un sitio de los realistas. Estaban a sus órdenes el citado Catalán y un puñado de valientes; pero la situación era tan crítica, que la rendición se hacía esperar de un momento a otro: “No era que faltase el valor: era que hacía algunos días que las provisiones se habían agotado y el desaliento había invadido a los insurgentes, algunos de los cuales veían la rendición como una esperanza.” El general Bravo hizo un esfuerzo supremo. Sacrificando sus sentimientos humanitarios que siempre lo distinguieron, mandó diezmar a sus soldados para que comiesen los demás. La orden iba a cumplirse cuando doña Antonia Nava y doña Catalina González, seguidas de un grupo de numerosas mujeres, se presentaron al general y con varonil actitud dijo la primera:
                      

Venimos porque hemos hallado la manera de ser útiles a nuestra Patria. ¡No podemos pelear, pero podemos servir de alimento! He aquí nuestros cuerpos que pueden repartirse como ración a los soldados. Y dando el ejemplo de abnegación, sacó del cinto el puñal y se lo llevó al pecho: cien brazos se lo arrancaron, al mismo tiempo que un alarido de entusiasmo aplaudía aquel rasgo sublime.
El desaliento huyó como los fantasmas con la luz de la mañana. Las mujeres se armaron de machetes y garrotes y salieron a pelear con el enemigo. Casi todos los insurgentes murieron, pero ninguno se rindió.
No satisfecha la heroína, a quien llamaban La Generala, con aquella grandiosa acción, algún tiempo después, cuando contempló ensangrentado el cadáver de uno de sus deudos que asesinado por los realistas había sido llevado a la presencia de Morelos, y cuando éste intentaba consolarla, manifestándole que por la patria aún mayores sacrificios debían hacerse; doña Antonia Nava, con voz entera y ahogando su dolor, dirigió a Morelos estas sencillas pero elocuentes palabras: “–No vengo a llorar, no vengo a lamentar la muerte de este hombre: sé qué cumplió con su deber; vengo a traer cuatro hijos; tres pueden servir como soldados, y otro que está chico será tambor y remplazará al muerto.”
Para elogiar dignamente a nuestras heroínas, las palabras son pocas, las frases huecas: los mismos hechos son los que se encargan de pregonar su grandeza. Ya he dicho que unos minutos no bastan para hablar de todas ellas, una conferencia no basta para rendir homenaje a todas aquellas que nos legaron la nación de la cual hoy nos sentimos orgullosos, pero estos minutos y esta conferencia nos hacen presente la importancia de aquellas mujeres que lo dieron todo y hoy se reflejan en nuestras madres, en nuestras hermanas, en nuestras maestras, en nuestras indígenas, en nuestras mujeres. Feliz día mujeres. Muchas gracias.

                                 

* Profesor de la Universidad Obrera de México.

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