El
conflicto petrolero
VICENTE
LOMBARDO TOLEDANO*
El
conflicto surgido entre los trabajadores y las empresas propietarias
de la industria petrolera, que principió en forma aguda con la
huelga iniciada a fines de mayo del año pasado, ha sido solucionado
de manera definitiva, ejemplar y patriótica: el Presidente de la
República decretó la expropiación de los bienes y derechos
afectados a la explotación del petróleo por las empresas
extranjeras que controlaban esa industria.
El
conflicto petrolero surgió con motivo de la petición que hicieron
los trabajadores a las empresas, desde el año de 1936, para que
éstas aumentaran los salarios y establecieran nuevas condiciones de
trabajo más humanas que las que existían y más en relación con
las utilidades cuantiosas que obtenían las empresas. Si estudiamos
las peticiones de los obreros desde el ángulo del interés
particular de éstos, tiene que concluirse que las demandas fueron
absolutamente justificadas, pues los trabajadores petroleros eran
mantenidos por las empresas en condiciones miserables que
contrastaban con el auge de la producción petrolífera. Los obreros
mexicanos, mediante cuyo esfuerzo se hacía posible extraer y
transformar una riqueza fabulosa, llevaban una vida de parias
explotados y condenados a la pobreza, a la insalubridad y, en
general, a una subyugación inicua.
Pero
aparte de la justificación de esas demandas, en el fondo del
conflicto palpitaba un interés nacional que aun cuando era anhelo
legítimo del pueblo mexicano, había permanecido aplastado merced al
poderío de las empresas petroleras y a la claudicación de muchos
gobernantes que sistemáticamente se habían mantenido a expensas del
capital petrolero, que ha sido el más corruptor y más desenfrenado
de los capitales extranjeros invertidos en México. Ese anhelo es
precisamente el de la reivindicación, para el pueblo mexicano, de la
riqueza petrolera nacional.
El
ánimo popular sentía como un drama sarcástico que el más rico
patrimonio de su suelo fuera aprovechado por poderosas empresas
extranjeras que obraban de acuerdo con sus exclusivos intereses de
lucro. El aprovechamiento de los mantos petrolíferos mexicanos no
significaba para nuestro país sino la existencia de masas nativas
que vendían su trabajo a mísero precio, que se gastaban físicamente
en labores agobiantes y en regiones azotadas por el paludismo y la
tuberculosis, y que moralmente sufrían la afrenta de recibir un
tratamiento indigno de los seres humanos.
Estos
sentimientos de inconformidad despertaron, desde hace muchos años,
anhelos populares de insurgencia, que se han hecho presentes en lo
que va de la Revolución Mexicana, evento histórico que despertó en
los hombres de nuestro país nociones sociales que antes habían
permanecido reprimidas por medio de la violencia dictatorial. Los
artículos 27 y 123 de la Constitución de 1917 no son declaraciones
vacuas o posturas meramente verbalistas, sino principios que
cristalizan necesidades sociales auténticas.
Según
hemos dicho antes, esos propósitos de reivindicación nacional
fueron repetidamente estorbados por quienes pudieron haberlos
encauzado o, por lo menos, no haberlos obstaculizado. Pero la
historia enseña que la acción represiva en contra de los propósitos
populares no produce otra consecuencia que la de condensar las
fuerzas, y que éstas, fatalmente, irrumpen en un momento propicio. Y
eso es precisamente lo que acaba de ocurrir.
En
la medida en que la represión de las fuerzas reivindicatorias que
palpitaban en la entraña popular ascendía, esas mismas fuerzas
recibían un incremento cuantitativo y cualitativo. Además, con el
ascenso de la conciencia de clase del proletariado mexicano, fenómeno
que se ha puesto en evidencia elocuentemente, los propósitos
reivindicadores iban pasando de un estado de dispersión a un grado
estimable de concreción. Es decir, la necesidad de restituir al
patrimonio del pueblo una riqueza que originariamente le pertenece, y
que le había sido arrebatada, paulatinamente se venía expresando en
fórmulas más concretas. Puede afirmarse que cuando estalló la
huelga de los trabajadores petroleros en mayo de 1937, los objetivos
de la lucha ya estaban debidamente precisados.
Una
prueba de la anterior afirmación la dieron los obreros petroleros al
levantar, en los primeros días de junio de ese año, el estado de
huelga. Esta medida, que los observadores superficiales calificaron
como un fracaso, no fue sino una conversión estratégica, realizada
después de calibrar las fuerzas enemigas, que siempre han sido
poderosas.
La
huelga petrolera tuvo un gran valor, pero, debido a ciertas
contingencias de la lucha, hubo un momento en que amenazó
convertirse en una arma que habría de ser inhábil. Entonces, los
obreros petroleros se aprestaron a combatir por medio de esa otra
arma que en México ha sido forjada por los mismos trabajadores: la
ley.
El
éxito que habría de obtenerse por el camino de la ley estaba
asegurado de antemano, y fue debidamente calculado desde un
principio, porque ante un proletariado unido y fuerte, que tiene
además el apoyo de todos los sectores populares, de una legislación
progresista como es la mexicana, no puede brotar más que una
solución que satisfaga el interés del pueblo que la ha forjado con
su esfuerzo y con su sangre.
Tal
cual se había previsto, el éxito fue obtenido por los trabajadores.
Primero, el laudo dictado por la Junta Federal de Conciliación y
Arbitraje que condenó a las empresas a establecer nuevas condiciones
de trabajo, mediante las cuales se humaniza, vale decir, la situación
de los obreros; después, el fallo pronunciado por la Cuarta Sala de
la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en el que se niega el
amparo que pidieron las compañías petroleras, confirmando así la
validez jurídica del laudo de la Junta. De conformidad con lo que
previene la ley mexicana, las sentencias que dicta la Suprema Corte
de Justicia establecen la verdad legal e inapelable. Pero las
compañías petroleras, avaras del tesoro que ha amasado su rapiña y
celosas de una preeminencia política que creían capaz de doblegar
la fuerza de la ley, de manera insolente se negaron a cumplir con la
sentencia.
Ante
tamaña rebeldía, que además de herir la soberanía de las
instituciones legalmente establecidas despertó un repudio popular
unánime, no cabía sino aplicar la ley en todo su rigor, encauzando
así un principio que expresa la voluntad de la nación mexicana.
Las
compañías petroleras, todas ellas extranjeras, todas ellas
instrumentos de la dominación imperialista ejercida sobre nuestro
país, se propusieron nulificar la producción petrolera mexicana, lo
cual habría acarreado no sólo la falta de pan en los obreros que
laboran en esa industria, sino también la pérdida de la más
importante fuente de producción con que cuenta la economía
nacional. Ese propósito se demostró elocuentemente.
El
problema, pues, era de vida o muerte para nuestro país, y sólo
podía resolverse por medio de una solución eficaz y definitiva: la
Expropiación. El señor Presidente de la República, pulsando la
gravedad de este problema, no vaciló en darle esa solución
adecuada. Al hacerlo así ha cristalizado el anhelo del pueblo
mexicano.
El
día 23 de marzo de 1938, en el que de uno a otro ámbito de la
República se levantó la voz unánime del pueblo respaldando la
actitud del presidente Cárdenas, es una fecha que se graba en
nuestra historia porque en ella la nación entera ha exhibido su
voluntad unánime de ser libre y de realizar sus más entrañables
propósitos de reivindicación, cuyo cumplimiento habrá de operarse
siempre, a pesar de todas las fuerzas que se opongan a ello.
En
su empeño por hacer fracasar la soberanía misma de México, las
empresas petroleras han acudido ante los gobiernos de Inglaterra y
Estados Unidos en busca de una protección que no tiene fundamento ni
en la ley ni en la moral internacional. Hasta estos momentos esa
instancia ilícita ha tenido ya como resultado la suspensión de las
compras de plata que el gobierno de Washington venía haciendo a
México.
*
Editorial sin firma, escrito por VLT en su calidad de director de la
publicación Revista Futuro, n. 26. México, D.F., abril de 1938.
**
Político mexicano (1894-1968), fundador de la Universidad Obrera de
México.