Las insurgentes zapatistas (1911-1919)

DAVID ZÁRATE BLAS*

La insurgencia zapatista de 1911-1919 surge en un contexto nacional caracterizado por dos periodos de severas y prolongadas sequías en 1891-1896 y 1904-1910, las que se tradujeron en pérdida de cosechas e inflación de los precios del maíz a lo largo del lapso 1885-1910. Dicha inflación pronto se tradujo, a la vez, en disminución de los salarios reales que se pagaban tanto en la industria manufacturera como en las haciendas. Siendo así, son los asalariados agrícolas y los asalariados fabriles quienes más se ven afectados por la insuficiencia nacional de maíz y la inflación de precios.1
Salvo los salarios que se pagaban en los centros mineros, los agrícolas e industriales no aumentaron desde antes de que se iniciara la industrialización urbana y rural de los procesos de producción en la década de 1880 en adelante.
Luego de un poco más de dos décadas de auge en la extracción y exportación de minerales, en 1907 se inicia en Estados Unidos la crisis de baja de precios de metales como el cobre y la plata, hecho que pronto se manifestaría en los centros mineros que se hallaban en manos de capitalistas estadounidenses. Esta otra crisis es menos prolongada porque su duración fue de dos años. No obstante, sus efectos se observaron pronto como descenso de la producción industrial.
Dado ese contexto nacional de crisis combinadas, “Era entonces tentador, para los grandes propietarios prósperos, sacar provecho de las dificultades de muchos pueblos y de los campesinos para aumentar sus propiedades, o al menos, para asegurarse una mano de obra dependiente”.2 En efecto, la industrialización, la expansión del mercado interno y el auge de las exportaciones no sólo de minerales sino también de bienes agropecuarios, explican la diversificación de la producción de las haciendas, los incrementos de la producción y la expansión del área cultivada a cuenta de las tierras de los pueblos aledaños.
Desde fines del siglo XXI, los habitantes del pueblo de Anenecuilco, Villa de Ayala, Mor., inician un largo proceso judicial de demanda de devolución de sus tierras comunales a la hacienda de El Hospital. Se trata, pues, de una tendencia nacional de expansión del área cultivada de las haciendas a cuenta de la tenencia agraria comunal, la pequeña propiedad privada y las tierras baldías. La política agraria porfiriana de deslinde y supuesta colonización de terrenos baldíos alentó el despojo de tierras comunales cuyos poseedores no lograban demostrar con títulos la posesión de las mismas. Sólo en el estado de Morelos desparecieron dieciocho pueblos entre 1876 y 1909 debido a la expansión territorial de las haciendas azucareras.3
Insurgencia maderista (noviembre de 1910-mayo de 1911)
Los integrantes del núcleo dirigente zapatista tales como Pablo Torres Burgos, Emiliano y Eufemio Zapata, Jesús Morales y Gabriel Tepepa, entre otros, encontraron en el Plan de San Luis (octubre de 1910) un punto de confluencia entre su añeja demanda de devolución de tierras, agua y bosque comunales y el movimiento maderista. El punto de confluencia eran los contenidos del artículo 3° de dicho plan, cuyos términos son: “Abusando de la ley de terrenos baldíos, numerosos pequeños propietarios, en su mayoría indígenas han sido despojados de sus terrenos, por acuerdo de la Secretaría de Fomento, o por fallos de los tribunales de la República”. Enseguida de esta afirmación el movimiento maderista asume una promesa, la de declarar sujetos a revisión tanto los acuerdos agrarios de la Secretaría de Fomento como los fallos de los tribunales que afectaban a los pueblos.4
La naciente insurgencia zapatista hace suyo dicho plan maderista, en particular los contenidos del artículo 3°. Sin embargo, a la vuelta de menos de un año, o sea a partir de la segunda semana de noviembre de 1911, se rompe la alianza entre Madero y el movimiento zapatista. La ruptura se suscitó por la negativa de Madero, para entonces ya Presidente de la República, a concretar lo dispuesto en el artículo citado del Plan de San Luis. El gobierno maderista no emprende, en cuanto a la cuestión agraria, ninguna reforma sino una política agraria de continuidad con la que se aplicó durante el porfiriato, que consistía en deslindar, fraccionar y supuestamente colonizar terrenos baldíos, mismos que quedaron en manos de los hacendados y de las compañías deslindadoras.
Para fines de noviembre del mismo año, el zapatismo vuelve a ser una fuerza insurgente armada con influencia no sólo en Morelos sino también en los estados de Tlaxcala y Guerrero, y en las regiones de los estados de México, Puebla, Michoacán y Oaxaca. Para fines de noviembre de 1911 la insurgencia zapatista es ya un movimiento armado con plan político-agrario propio de alcance nacional.
Efectivamente, son de alcance nacional los contenidos del Plan de Ayala (28 de noviembre de 1911) porque la demanda de restitución de tierras, agua y bosque se origina del proceso de despojo de los mismos por los hacendados; este proceso se acelera desde la década de 1890 en adelante en prácticamente todo el país. El Plan de Ayala es, en este sentido, de alcance nacional.
Las insurgentes zapatistas, 1911-1919
La insurgencia zapatista, en tanto que fuerza político-militar conformada por pequeños núcleos guerrilleros itinerantes, se caracterizó por haberse auto-otorgado fuentes de abastecimiento de armas, caballos, municiones, ropa y alimentos, que obtenían de las haciendas, comerciantes de los pueblos, presidencias municipales, oficinas de renta, etc. También se caracterizó por haber creado y operado una red informal y eficaz de contraespionaje, en la que las mujeres eran las responsables de llevar a cabo dicha función.
Un número considerable de mujeres insurgentes zapatistas conformaron dicha red de contraespionaje. Hacían su labor en las estaciones del Ferrocarril Interoceánico, la que consistía básicamente en recabar datos acerca de cuántos soldados y cuántos tipos de armamentos federales eran enviados a las ciudades de Cuernavaca, Cuautla e Iguala; hora de paso del tren militar por tal o cual estación y el rumbo que seguiría de ahí en adelante; esa información llegaba pronto al núcleo o núcleos guerrilleros que se hallaban próximos a la estación ferrocarrilera.
En otros casos, la red zapatista de contraespionaje aportaba información de hora de partida de tal tren militar, estación de la que partiría desde el Distrito Federal (San Lázaro y Colonia), itinerario que seguiría, efectivos militares y número aproximado de tipos de armas que se conducía, etc.; ese conjunto de datos, aportados las más de las veces por las insurgentes zapatistas permitía al jefe o jefes de uno o más núcleos guerrilleros concretar la voladura de trenes en tal o cual punto, para enseguida apropiarse de armas ligeras y municiones de los federales liquidados durante el asalto.
La red de insurgentes zapatistas también proporcionaba información puntual acerca de si tal tren u otro conducía sólo pasajeros, por lo que los jefes zapatistas daban la orden de permitir el tránsito de dicho tren. Es decir, la dirección zapatista aplicaba la regla militar de no atacar trenes que sólo conducían a civiles. También esta información era proporcionada, repito, por las mujeres insurgentes zapatistas.
Las mujeres insurgentes combinaban las labores de contraespionaje no sólo con las de carácter doméstico, sino también con las de barbecho, siembra, deshierbe y cosecha de maíz en la propia parcela.
La séptima zona militar con sede en Cuernavaca, Morelos, estuvo jefaturada desde agosto de 1911 hasta diciembre de 1913, por los generales Victoriano Huerta, Arnoldo Casso López, Juvencio Robles (en dos periodos), y Felipe Ángeles. Cada uno de estos generales aplicó, evidentemente, la ordenanza militar durante sus respectivas jefaturas. Así, por ejemplo, las mujeres insurgentes zapatistas fueron objeto de aprehensión, encarcelamiento y abusos por los militares. En situación de guerra civil, y dada la clara política de exterminio que el Estado aplicó a los zapatistas desde la insurgencia maderista hasta el gobierno de Huerta, se entiende que ninguna denuncia de abuso habría de prosperar.
Ahora bien, las mujeres insurgentes, casi todas ellas anónimas, no son, como pudiera creerse, personas sin historia. Por lo contrario, se trata de personas que sumaron sus fuerzas con los hombres zapatistas en la creación de los hechos históricos empíricos. Por ende, la historia de las mujeres insurgentes, anónimas en lo personal, es la historia total de la insurgencia zapatista; es decir, cada una de ellas forjó su propia identidad mediante la militancia.5
Las mujeres insurgentes combatieron por la restitución e implantación de la tenencia agraria comunal en el ámbito nacional, y por la multiplicación de la pequeña propiedad agraria. De acuerdo con los contenidos del Plan de Ayala y la Ley Agraria zapatista de octubre de 1915, ambas formas de tenencia de parcela individual estarían limitadas por tres restricciones jurídicas: las parcelas no son enajenables, no son hipotecables ni embargables. El objetivo económico básico de la posesión individual consistía en la obtención de un ingreso en especie y un ingreso en dinero, este último derivado de la venta del excedente físico agrícola en los mercados locales.6
La naturaleza radical de dicha concepción de reforma agraria pequeñomercantil consiste en que asume la hacienda como base para la restitución de la tenencia agraria comunal y la multiplicación de la pequeña propiedad; es decir, las mujeres insurgentes lucharon por la liquidación de la hacienda como unidad de producción capitalista y como tenencia agraria que dominó en el país desde su consolidación en el siglo XVII. En consecuencia, las y los zapatistas de 1910-1919 hicieron, en efecto, una revolución para dejar de ser productores directos explotados en las haciendas, por un lado, y para autoconstituirse en pequeños productores de carácter mercantil simple, por otro.7


* Profesor de la Universidad Obrera de México.
1 François-Xavier Guerra, México: del antiguo régimen a la revolución, t. 1, México, FCE, 1988, pp. 372-374.
2 François-Xavier Guerra, op. cit., t. 2, pp. 247.
3 John Womack, Zapata y la Revolución Mexicana, México, S. XXI Editores, 1969, pp. 44.
4 Manuel González Ramírez, Planes políticos y otros documentos, México, FCE, 1957.
5 Los apuntes acerca de las mujeres insurgentes los elaboré con base en la consulta de los periódicos El Diario y El País correspondientes a los años de 1911, 1912 y 1913, que llevé a cabo en el Fondo Reservado de la Hemeroteca Nacional-UNAM.
6 Cfr. Plan de Ayala y Ley Agraria zapatista en Ramón Martínez Escamilla, Emiliano Zapata. Escritos y documentos, México, Editores Mexicanos Unidos, 1978.
7 En el Prefacio, pp. 11, de su libro Zapata y la Revolución Mexicana, John Womack escribe: “Este es un libro acerca de unos campesinos que no querían cambiar y que, por eso mismo, hicieron una revolución”.

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