|
|
![]() |
|
Para Juan José Dávalos,
colega y amigo.
Y también para la
maestra María Esther Navarro, de la Facultad de Ciencias Políticas.
Seguramente, debido a que este año fija dos fechas emblemáticas de la historia mexicana, el inicio de la Revolución de Independencia y también el de la Revolución Mexicana, han proliferado multitud de publicaciones alusivas a dichas conmemoraciones, las que están esclareciendo ciertos hechos históricos que han sido desfigurados y alterados, toda vez que los mexicanos contamos básicamente con una historiografía oficial de dichos hechos que, de manera tortuosa y muchas veces fuera de todo significado heroico, pueda justa y precisamente adjudicárselos.
Tales versiones históricas, manipuladas por la parafernalia oficialista, exhibidas actualmente a través de los medios, causan desconcierto, porque son sencillamente inadmisibles, si se trata de examinarlos de acuerdo con un mínimo de sentido lógico. Eso, por ejemplo, que debemos sentirnos orgullosamente mexicanos debido al movimiento iniciado por Hidalgo y que desde hace dos centurias lo somos, está totalmente fuera de la verdad, ya que es imposible aceptar que con el grito de Hidalgo, los seis u ocho millones que por entonces poblaban la por esas fechas Nueva España y zonas circunvecinas, se iban a convertir ipso facto en mexicanos, es decir, en ciudadanos mexicanos al conjuro del mítico grito. El concepto de mexicanidad fue el resultado de un proceso lento, difícil, porque primero había que convertir a esta porción de las Indias o del Imperio Español, en nación con estabilidad política y paz social. Por supuesto que existe una diferencia entre nacionalidad y ciudadanía: ésta última es un vínculo político que une a un individuo con la organización estatal; implica una sumisión a la autoridad y a la ley, por una parte, y por otra, al ejercicio de los derechos.
Ahora bien, nos preguntamos, ¿existía esa situación política en la Nueva España de los tiempos de la insurgencia de Hidalgo? Sencillamente, no, toda vez que la sociedad virreinal estaba organizada en castas, es decir, era una sociedad de tipo estamental.
Ni siquiera se había pensado en el gentilicio que debían adoptar los que bien podían considerarse como súbditos de la corona española. O bien se llamaban novohispanos, y en el mejor de los casos, americanos. La adopción del nombre que tendría el nuevo país en construcción e integración vendría tiempos después de la consumación de la Independencia, que tuvo lugar el 27 de septiembre de 1821, tras un arreglo político entre los criollos y los peninsulares. Y ésta es la gran diferencia que subsiste entre los movimientos independentistas de buena parte de Sudamérica, y el de lo que fuera la antigua Nueva España, pues allá, en muchos casos se obtuvo de manera inmediata y definitiva en el campo de batalla, y aquí, repetimos, fue objeto de una negociación, representado por el Plan de Iguala. La entrada a la ciudad de México del llamado Ejército Trigarante (o sea de las tres garantías: religión, independencia y unión), poco después, marca el fin de la Revolución de Independencia, así como el inicio de otra problemática política.
Pero hay algo más que no se ha difundido debidamente: las revoluciones de independencia de lo que actualmente se llama América Latina, tienen causa o motivo en las repercusiones de las guerras napoleónicas, libradas en buena parte de Europa de principios del siglo XIX, porque se efectuará una disputa por los mercados mundiales, que por entonces tenía bajo su control la Gran Bretaña. Son los tiempos de la expansión del llamado capitalismo industrial, iniciado precisamente en la Gran Bretaña de mediados del siglo XVIII.
A este respecto, es oportuno comentar que, en términos generales, fueron los historiadores de la segunda mitad del siglo XIX, quienes llevaron a cabo la interpretación de la historia de México desde un punto de vista meramente narrativo, pero con el propósito deliberado de ocultar la verdad de los hechos históricos. Por ejemplo, los autores de México a través de los siglos, y tiempo después, una segunda obra que abarcaría todas las variables integrantes del país, México, su evolución social, escrito por el grupo de los “Científicos”, obra aparecida en 1902. Es una síntesis de la historia política de la federación mexicana, de la organización administrativa y militar, de los adelantos en el orden intelectual, de su estructura territorial, población, medios de comunicación y progreso en el ramo industrial, agrícola, minero y mercantil; en donde Justo Sierra sería el abocado para encargarse de la redacción de su libro La evolución política del pueblo mexicano; las dos obras, desde luego, fueron realizadas con el apoyo del régimen porfirista, pues son realmente un panegírico ad hoc de la historia mexicana, muy de acuerdo con los sentimientos del pueblo, con el propósito político de entreverar una versión de sacrificio y de heroicidad a los acontecimientos que integran el sinuoso proceso de la Revolución de Independencia que comprende de 1810 a 1821.
Tiempo después, en los primeros años del siglo XX, el historiador Carlos Pereyra, daría una versión justa, más apegada a la realidad, en su libro México falsificado, en donde de manera crítica desentraña el sinuoso proceso histórico mexicano.
Sin embargo, han sido principalmente los historiadores anglosajones, quienes sin tapujos y con respetable apoyo logístico, diríamos, han esclarecido con objetividad nuestros hechos históricos. Es el caso, verbigratia, del historiador inglés Robert Harvey, quien en su libro Los Libertadores, la lucha por la independencia de América Latina (1810-1830), hace un testimonio objetivo escrito acerca de los siete hombres que según dicho autor, lograron la libertad de América Latina. (Ahí entraría, con calzador, Iturbide.)
Acerca de la independencia de lo que fuera la Nueva España, Harvey dice (p. 443) que “Iturbide es el antilibertador, un engorro, el hombre que hasta hoy los mexicanos prefieren no considerar fundador de la nación. Pero es incuestionable que sí creó la nación mexicana y, cosa notable en un país con historia tan sanguinaria, lo hizo en parte sin derramamiento de sangre. En general los mexicanos adjudican el título de libertadores a dos sacerdotes –Hidalgo y Morelos– que trataron de hacer lo mismo, en medio de una indescriptible carnicería…”
Más adelante, Harvey agrega (p. 444) que “la guerra por la independencia en Nueva España siguió un derrotero singular, casi completamente distinto de cualquier otra experiencia en la América española. No fue una rebelión de la oligarquía criolla contra la explotación de los españoles peninsulares, sino, desde el principio, una guerra de clases…”
Para un mejor entendimiento de lo que estamos tratando de interpretar, vamos a considerar que la Revolución de Independencia consta de tres etapas que serían: Antecedentes (finales del siglo XVIII principios del siglo XIX); Inicio (1810-1811), con Hidalgo, Allende, Aldama, Abasolo y Mariano Jiménez a la cabeza; Organización (1811-1815), en que Morelos lleva adelante la etapa más brillante de la Revolución de Independencia; y, por último, la controvertida Consumación (1815-1821), en donde entran en juego intrincados intereses políticos.
Veamos qué nos dice Carlos Pereyra en su libro citado, en cuya introducción comenta que México fascina y desconcierta. Por legendario, profundo y misterioso, se le reduce a tema poético.
Respecto a su interpretación del movimiento de independencia (Tomo I, p. 27), subraya que dos años después, es decir, posteriores a 1808, fecha de la primera intentona seria provocada por los acontecimientos sucedidos en España por la invasión napoleónica y la caída de Fernando VII, el cura Hidalgo abrió la lucha insurreccional, “que tuvo caracteres deplorables de incompetencia (sic)”. En otros países hispanoamericanos el movimiento fue dirigido por criollos de alta cuna o de capacidad extraordinaria, como el neogranadino don Jorge Tadeo Lozano, el uruguayo Dámaso Larrañaga, O’Higgins, San Martín, Miranda, Bolívar y Sucre; esos criollos establecieron gobiernos independientes, con un territorio, una capital, una cancillería, puertos y tráfico regular que les permitiera mantener ciertas relaciones internacionales, mercantiles y políticas.
Y más adelante agrega, “en Méjico (sic), la revolución fue obra de criollos provinciales y nunca salió del cuadro de las provincias interiores. Jamás organizaron un gobierno con capital fija en un territorio abierto al extranjero. El iniciador Hidalgo, hombre de inteligencia cultivada, no se distinguió en materia alguna, y se desconocen las ideas políticas que profesara. Acaso fueron un arcano para él mismo. Su colega, simple capitán de dragones, Miguel Allende, ignoraba el arte militar y nunca reveló especiales aptitudes para dirigir operaciones de guerra. Hidalgo no formuló un plan de independencia. Como otros insurrectos americanos, aclamó a Fernando VII contra el gobierno virreinal, o ‘el mal gobierno’, fórmula fácil y vulgar de que se valía. La casualidad puso en sus manos una imagen de la virgen de Guadalupe y la tomó por lábaro. En nombre de ella dio el único grito de guerra de su levantamiento: ¡Mueran los gachupines!”
Así, entre clamores y denuestos de sus chusmas de insurrectos, en medio de un formidable baño de pueblo, Hidalgo daría inicio a una ruta, ya inmarcesible, que lo conduciría, al cabo de cuatro meses que dura su lucha, a Baján, paraje desconocido e incierto, cerca de la actual Monclova, en tierras coahuilenses, en donde se enfrentaría a su destino final. La historia ahora lo juzga y lo pondera, lo evalúa y coloca situándolo en donde la decisión del pueblo quiere que permanezca.
Este comentario viene a cuento porque, como decíamos al inicio del presente texto, entre los muchos libros recientemente publicados en referencia a este polémico aniversario, está el del historiador francés, Jean Meyer, Camino a Baján, en el que en forma novelada el autor lleva a cabo una vívida recreación de las batallas y la agitada travesía del cura Hidalgo en la Independencia de lo que es hoy día México.
En efecto, en este texto de Meyer, se iluminan así, con la potencia de las mejores novelas históricas, los años iniciales y decisivos de la guerra, de la caída de Fernando VII en 1808 a la muerte de Hidalgo en 1811. Se iluminan hasta volverlas deslumbrantes, las batallas y también el agitado espíritu de la época. Se iluminan sobre todo los cuerpos de los protagonistas de esta historia: el exaltado Hidalgo y el implacable Calleja; el insurgente Mercado, el amo Torres y el realista Riaño, hasta demostrar que, debajo de su disfraz social, todos ellos eran sencillamente seres de carne y hueso. Este libro de Meyer es una vibrante pieza de imaginación histórica.
Desde este punto de vista, camino a Baján, que se inicia en Dolores, está trazado por una serie de hitos de altas y bajas, es decir, de éxitos y de fracasos. Hidalgo había levantado la bandera de las incompatibilidades políticas entre el hijo de la tierra y el español europeo. Hombre de posición económica desahogada, no sentía odio de clase. A fin de cuentas, los insurrectos no amenazaban el orden social, sino el orden público.
Durante sus cuatro escasos meses de lucha, el caudillo movía masas enormes sin dominarlas, pues antes bien se mostró siempre inferior a la chusma. La anarquía le acompañaba, no había una meta fija a lograr, y así, durante su recorrido rumbo a Baján, tuvo, decíamos, éxitos y fracasos; éxitos que no supo o quiso aprovechar. Se posesionó de Guanajuato y Valladolid, y se movió a su antojo. Hidalgo pudo marchar sin muchos tropiezos hacia la capital del virreinato; pasa por Toluca, por Santiago Tianguistenco, en donde se incorporan miríadas de campesinos y desamparados, prosigue su avance y en el Monte de las Cruces logra aplastar a las tropas del realista Trujillo, y después de esa victoria pírrica, prosigue su avance; llega hasta Cuajimalpa, es decir, a las puertas de la ciudad de México, que sólo la verá en forma panorámica; titubea, tiembla aterrorizado al ver la victoria al alcance de sus manos, vacila y ordena la retirada, hecho que provoca el rompimiento definitivo con sus generales. Este hecho origina, pues, que Hidalgo fuera destituido del mando, que después de la batalla de Puente de Calderón, se haría efectivo.
Por cierto, estos aspectos de la primera fase de la Guerra de Independencia, de acuerdo con el estilo de la época, Juan A. Mateos los evoca en su novela Sacerdote y caudillo, seguramente para justipreciar el ego de la época porfiriana; y con la edición posterior de los Episodios militares mexicanos de Heriberto Frías.
Después de sufrir el choque de las tropas virreinales en Aculco, en lo que es ahora parte del Estado de México, en donde incluso en su precipitada huida perdió sus espuelas,1 se adueñó de Guadalajara, y el 17 de enero del año del Señor de 1811, recibió el golpe definitivo en el Puente de Calderón. De ahí, con muy pocas fuerzas –la masa de su ejército de más de 80 mil hombres se había esfumado– emprende la retirada rumbo al norte del virreinato, pero ya en calidad de rehén, supuestamente para buscar el apoyo de Estados Unidos. La ruta a Baján estaba plenamente definida. Ahí se le interceptó y capturó, por un supuesto traidor, un tal Elizondo. Esto marcó el principio del fin de la primera etapa del movimiento de Independencia.
Sin embargo, en estos hechos persiste un punto crítico que consideramos que no ha sido debidamente examinado o analizado por los historiadores modernos, ya que estos cuentan con elementos más adecuados para este tipo de análisis.
Cuando se inicia la retirada de Hidalgo y los restos de sus fuerzas rumbo al norte, es decir, a las provincias internas del virreinato, sólo se dice que tenían el propósito de llegar a los Estados Unidos en busca de apoyo por parte del gobierno de ese país por entonces relativamente nuevo.
Pero no se agrega nada más, de tal suerte que dicho argumento no explica algo ulterior. Al respecto, consideramos que en principio se pueden señalar varias grandes interrogantes, que podrían ser las siguientes:
Si Hidalgo y los restos de sus fuerzas se dirigían a los Estados Unidos con un propósito bien definido. Hay que tomar en cuenta que la derrota en el Puente de Calderón fue contundente y definitiva por lo que se pude asegurar que no tenían un plan, toda vez que Hidalgo iba ya como rehén de sus generales.2
¿Realmente iban en busca de apoyo político y material?
¿O bien iban a comprar armamento más adecuado?
¿O tal vez iban en busca de exilio político?
Es una cuestión que los historiadores, decíamos, no han definido. Hay que tomar en cuenta, que en esos años, la frontera con Estados Unidos era muy diferente a la actual. Ahora bien, cómo los hubiera recibido el presidente James Madison, en su oficina de la Casa Blanca, en la por entonces recién construida capital de ese país.
Sin embargo, a este respecto, el citado historiador inglés Robert Harvey, en su libro Los Libertadores, considera que Hidalgo y su comitiva se dirigían al norte del país, más bien con el intento de levantar en armas e involucrar en la revolución de Independencia a las provincias del norte. Los historiadores de hoy tienen la palabra.
* Profesor titular de la Facultad de Economía de la UNAM y de la Universidad del Valle de México, Campus San Rafael.
1 Dichas espuelas están en el Museo Regional de Aculco, en la casona que sirvió de cuartel a Hidalgo.
2 A pesar de todo, el pueblo no olvida la gesta de los insurgentes. Una de las principales avenidas de la ciudad de México rememora su sacrificio.
Bibliografía
Harvey, Robert, Los Libertadores. La lucha por la independencia de América Latina (1810-1830), traducción de Carmen Aguilar, Barcelona, RBA Libros, S.A., 2002.
Meyer, Jean, Camino a Baján, México, Tusquets Editores, 2010.